lunes, 15 de mayo de 2017

COMALA, RONDA DE ÁNIMAS

 Jesús A. Salmerón Giménez

(Conmemoramos  en  Notas  el  centenario  de  Juan  Rulfo,  el  autor  de  Pedro Páramo y El Llano en llamas, que nació, en un poblado de Jalisco, el 16 de mayo de 1917).
                                                                         Así ya puedo morir en serio.
                                                                                                    J. RULFO 


La prodigiosa frase inicial de Pedro Páramo: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo", es la primera descarga eléctrica -de alto voltaje- del libro, el majestuoso disparo de salida a un universo literario lleno de misterio, de una belleza tan intensa y desolada, que nos cautiva y paraliza el alma (¡tan temprano!), y del que, el lector, perplejo y asombrado, no puede ni quiere salir jamás.

Este narrador magistral y conciso, creador de atmósferas irrepetibles, de argumentos espléndidos y ejecuciones precisas, abduce al lector a sus paisajes (llanos áridos de polvo seco, sombríos páramos, noches negras como las alas de los cuervos que cruzan el cielo vacío de Comala) por los que transitamos como en un sueño, pues nosotros, sus lectores, somos también sus personajes: Juan Rulfo, "el hijo inconsolable del desaliento", nos ha soñado: hijos de Pedro Páramo, camino de Comala...


Y es que, desde que empecé con este "vicio sin castigo" que es la lectura, la desolada luz de Comala, "el lugar sobre las brasas", alumbra mis días -y noches- en la Tierra, que se mueven al ritmo, el tono, el aliento poético de la prosa irrepetible de ese mexicano de palabra precisa y honda, que deja siempre una huella de luz -y su reverso: un beso negro de sombra- en la inteligencia del lector.        

Cuando entré en Comala (a lomos de uno de los burros de Abundio, el Virgilio de Juan Preciado en su descenso a los infiernos), supe que, de ahí, no saldría nunca, que habitaría para siempre ese territorio detenido en el tiempo, vagando, como un alma en pena más, entre sus casas blancas como huevos prehistóricos y sus calles empedradas de rencor vivo; perdido en la rara eternidad de las ruinas del tiempo, que mece el aullido de las casuarinas: furtivo, solo, en medio de la ronda de fantasmas: las sombras -calcinadas- de los muertos más vivos de la literatura universal.

        © Jesús A. Salmerón Giménez



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