miércoles, 8 de marzo de 2017

HOMBRES Y EL EFECTO ESPEJO



 

Rosa Campos Gómez

Hoy, Día Internacional de la Mujer, es necesario escribir también sobre la importante aportación de los hombres a lo largo de la historia a esta cuestión, así como de las verdades del “efecto espejo”: nos vemos en el otro; en el otro podemos encontrar el mejor reflejo de lo que somos o podemos ser o mimetizar.

Hubo personas, varones en este caso que hoy nos ocupa, que observaron que los dos cuencos de  la balanza de la justicia no estaban al mismo nivel –totalmente bajo el de ellas– e hicieron lo que pudieron por remediar esta anomalía. 

Aunque son muchos  los nombres conocidos, y más aún los no conocidos, sólo recordaremos algunos ejemplos que pueden servir de espejo, donde el mirarse puede ser motivo de orgullo y por lo tanto de copia, con consecuencias como relaciones más armoniosas, trabajadores de ambos géneros en los diferentes campos con similar número de empleo, salario equitativo, respeto a la diferencia…, y no habría mujeres asesinadas por violencia machista.

Aristófanes (444 a. C. - 385 a. C.), comediógrafo griego, escribió piezas teatrales como Lisístrata en la que narra la huelga sexual que llevan a cabo las mujeres en pro de la paz, para que los hombres se dejen de guerras –ganan ellas y hay reconciliación de todas las partes; y La asamblea de las mujeres, en ella las mujeres entran en la asamblea –apta sólo para hombres–, ocultando su género, y tratan de convencerles a ellos de que voten una propuesta de igualdad obligatoria ejercida y cubierta por el Estado para mujeres y hombres, tanto  en la economía como en lo social –las mujeres por entonces no tenían derecho a nada–. 

Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro (1676 - 1764), conocido como Padre Feijoo, ensayista y escritor español.  Escribió en el Tomo I del Teatro Crítico, “Defensa de las mujeres”, texto en el que dice:
“[El vulgo] en lo moral las llena de defectos, y en lo físico de imperfecciones. Pero donde más fuerza hace, es en la limitación de sus entendimientos. Por esta razón, después de defenderlas con alguna brevedad sobre otros capítulos, discurriré más largamente sobre su aptitud para todo género de ciencias, y conocimientos sublimes.”

Nicolas de  Condorcet (1743 - 1794), filósofo, científico y matemático francés, fue crítico con la no inclusión de la mujer en la Declaración del Hombre y el Ciudadano de 1789, y defendió para ésta el acceso a la educación y la participación en la política.

John Stuart Mill (1806 - 1873), filósofo, político y economista inglés, escribió  El sometimiento de la mujer / La esclavitud femenina (1869), texto publicado en España prologado por Emilia Pardo Bazán, que desde que lo conoció en Oxford, en una conferencia impartida por el filósofo a la que la escritora acudió como oyente, quedó admirada de la humanidad que desprendía en sus planteamientos. 

Para J. S. Mill el sometimiento que el hombre impone a la mujer tiene su origen en su superioridad física: “Este régimen proviene de que, desde los primeros días de la sociedad humana, la mujer fue entregada como esclava al hombre que tenía interés o capricho en poseerla, y a quien no podía resistir ni oponerse, dada la inferioridad de su fuerza muscular”. En el ámbito familiar le fue fácil asegurar la hegemonía de ese poder machista: “El paleto ejerce o puede ejercer su parte de dominación, como el magnate o el monarca. Por eso es más intenso el deseo de este poder: porque quien desea el poder quiere ejercerle sobre los que le rodean, con quienes pasa la vida, personas a quienes está unido por intereses comunes, y que si se declarasen independientes de su autoridad, podrían aprovechar la emancipación para contrarrestar sus miras o sus caprichos”.  

Escribió que la mujer ha sido educada “desde la niñez, en la creencia de que el ideal de su carácter es absolutamente contrario al del hombre; se le enseña a no tener iniciativa, a no conducirse según su voluntad consciente, sino a someterse y ceder a la voluntad del dueño”.  Y continuó: “los mismos enemigos de los derechos de la mujer son los que más la encomian, dándola por superior al hombre, y esta confesión ha acabado por llegar a ser fastidiosa fórmula de hipocresía, destinada a cubrir la injuria con un floreo ridículo”. 

Y sobre él hombre dijo: “representaos la perturbación moral del mocito que llega a la edad viril en la creencia que, sin mérito alguno, sin haber hecho nada que valga dos cuartos, aunque sea el más frívolo y el más idiota de los hombres, por virtud de su nacimiento, por ley sálica, por la potencia masculina, derivada de la cooperación a una función fisiológica, es superior en derecho a toda una mitad del género humano sin excepción, aun cuando en esa mitad se encuentren comprendidas personas que en inteligencia, carácter, educación, virtud o dotes artísticas le son infinitamente superiores”.

Hace siglos que estos hombres veían la necesidad de la igualdad y trabajaron por ella con los métodos que conocían –arriesgándose ante una sociedad, donde el patriarcado predominaba y no aceptaba cambios en sus posiciones de poder establecido–, sabiendo  que su voz podía ser escuchada,  sumándose a las de las mujeres que, por el hecho de serlo, les costaba más ser oídas… a menudo la vida. Hoy son muchos los hombres que se suman a esta causa, hombro a hombro junto a las mujeres, aprendiendo porque el lastre histórico ha calado en toda la sociedad desde tiempos ancestrales y no es fácil la transformación, aplicando la práctica además de la teoría, aunque sí posible, por supuesto.

La Educación para la Igualdad es necesaria ya, sin postergarla más, con una asignatura en las aulas desde los primeros cursos; debió de instaurarse hace tiempo cuando se veía la costosa factura que pasaba a las mujeres, y con ellas a la sociedad entera, porque lo que daña a cualquiera de quienes la componemos, en el fondo y en la forma nos hiere a todos.

                                                              ...

Hoy, 9 de marzo, amplio el texto (doy las gracias a los comentarios recibidos): 

Todo lo que se ha avanzado en la conquista de la igualdad es gracias a las luchas de las mujeres  desde todos los tiempos, y especialmente –por el mayor número de ellas–  desde el pasado siglo.  

En este artículo lo que trato de decir es que los hombres que aman, y por lo tanto respetan y valoran, a las mujeres también han estado y están ahí –los citados y los de nuestro entorno más cercano–, y reconocérselo en “voz alta” es importante, ya que son “espejo humano” en el que es bueno que se miren los hombres que se están construyendo: los niños de pocos años y los de más edad que necesiten aprender a amar y a respetar a las mujeres.

Por poner un ejemplo fácil de reconocer y de equiparar a otros casos,  pensemos que cuando Fernando Vázquez –atleta ciezano que logró ser un corredor de marcha destacado y, si mal no recuerdo, el primer deportista local que participó en unas olimpiadas (Montreal, 1996)–, consiguió movilizar a un alto número de vecinos, siendo por entonces muy corriente ver todas las carreteras y vías del entorno local frecuentadas por gente que practicaba esta disciplina, algo que, a partir de entonces, contribuyó a que el deporte en general experimentara un auge en el pueblo. Considero que esta es una prueba empírica de “efecto espejo” de entre las muchas que podríamos citar. 


Reconocer los hechos de los hombres que aman a las mujeres, reconocer a los que apoyan el movimiento del Feminismo, única revolución -hecha por mujeres- no sangrienta1 de la historia, e imparable,  pienso que es hacer crecer las ganas de transformar esa parte nociva –que perjudica a todas, a todos–, hacia la necesaria igualdad en derechos y la no violencia, y que conste en la vida de nosotras, de nuestras hijas y de todas las mujeres descendientes.


1. La sangre derramada en los asesinatos que las mujeres sufren es algo demoledor, agónico, que tenemos que detener YA. Su erradicación es una de las razones por las que trabaja el Feminismo.


  © Rosa Campos Gómez



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