martes, 28 de febrero de 2017

LA GENIALIDAD DE MARUJA MALLO


Rosa Campos Gómez



Maruja Mallo (Vivero, 5 de enero de 1902 - Madrid, 6 de febrero de 1995) –continuamos con las anotaciones de su vida vinculada a su obra, inabarcable por la extensa producción y riqueza–, cuarta de catorce hijos de una familia pudiente y viajera –su padre era inspector de Aduanas– que se estableció en Madrid en 1922, lo que le permitió acceder a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando –única mujer que pasó las pruebas exigidas ese año–. Su amistad con Salvador Dalí la llevó a conocer a los jóvenes de la Residencia de Estudiantes que brillaban en la cultura madrileña de aquellos años. Federico García Lorca le propició el bautizo simbólico con el que entró en “La Cofradía de la Perdiz”, nombre humorístico del grupo integrado por Luis Buñuel, Dalí y él mismo, pasando ella a formar parte de esta “asociación” donde el surrealismo  emergía; así que los tres nombres que los medios de comunicación y los libros  de cultura artística recogían eran en realidad cuatro, porque Maruja era una compañera  a los mismos efectos empíricos. 

Mujer nueva, moderna, divertida y diestra en saltarse las prohibiciones de género: cuando a Margarita Manso –pintora, amiga y compañera de estudios– y a ella no las dejaron entrar al monasterio de Silos a escuchar canto gregoriano, se les ocurrió ocultarse el pelo con gorra y ponerse las chaquetas de Lorca y Dalí con las mangas a modo de pantalones pitillos, siéndoles permitido el acceso  así, “vestidas de hombre”; también como ya hemos dicho en la primera (y mínima) parte, fue impulsora de lo que hoy conocemos como el “sinsombrererismo”. Y a estas provocaciones, happenings o performances, se suman las fotos que su hermano le hizo en 1929 en la localidad madrileña de Cercedilla y que le servirían de tema para el radical giro que dio su pintura; por entonces Maruja formaba parte del grupo conocido como "Escuela de Vallecas".
 
                   



Pero volvamos a 1928, año en que José Ortega y Gasset le abrió las puertas de los salones de la Revista de Occidente para que expusiera, siendo la primera vez que se hacía un acto así y que lo hacía una mujer. Ambos salían ganando, Mallo por la divulgación que aquello suponía, y que siempre reconoció como crucial en su vida, y Ortega y Gasset por el impulso que aquella fuerza vanguardista y genial representaba para su centro.



En este tiempo vivía una relación sentimental con Rafael Alberti en la que ambos se retroalimentaban artísticamente.  La serie (surrealista) Cloacas  y  campanarios, de Mallo, y el poemario Sobre los ángeles, de Alberti, dan cuenta de ello, sumándose los dibujos para ilustrar poemas y decorados para escenografías de textos  del poeta gaditano que ella realizó, y añadiendo otra  escenografía que tenía proyectada y que no llegó a cuajar porque la relación entre ambos, que se inició en 1925, fue cortada en 1931.


Era amiga de la escritora Concha Méndez, frecuentaban los actos culturales que se prodigaban, recorriendo Madrid sin sombrero y con ganas de comerse el mundo como mujeres, abriendo puertas de libertad a futuras generaciones. El vínculo entre ambas también pasó a lo artístico: las Verbenas de Mallo tienen su faz literaria en la poesía de Méndez:
 
            
           VERBENA (1928)
                 Desconcierto de luces y sonidos.
       Dislocaciones.
       Danzas de juegos y de ritmos.
       Los carruseles giróvagos
       entre los aires dormidos.
                    






Concha, además, fue modelo en sus pinturas, ella es la Ciclista (imagen incluida en la  primera parte) y suya es la Raqueta, óleos que representan la revolución que estaba iniciando la mujer también en el deporte.



Conoció a Pablo Neruda, cuya amistad seguiría allende los mares, como muestra la siguiente fotografía tomada en la Isla de Pascua (Chile) en 1945:



En la madrileña "casa de las flores", donde Neruda vivía, fue donde Miguel Hernández y ella se conocieron e iniciaron su relación –por la que años después de muerto Franco, cuando se podía hablar libremente del poeta oriolano, ella fue introducida en conferencias, y no por su obra; así es (era) la vida–. El sentimiento de M. Hernández hacia Mallo paece estar presente en poemas de El rayo que no cesa.
Maruja y Miguel colaboraron en las Misiones Pedagógicas y tenían proyectos –culturales y políticos–  en común, algunos realizados y otros no, como una escenografía de ella para una obra de él, –truncado por el golpe de estado del 36–. En estos años comienza su etapa constructiva, que dará vida a la serie La religión del trabajo (iniciada en 1929), de la que será pintura simbólica La sorpresa del trigo (1936), poseedora de un rico lenguaje poético y de cercanía con el pueblo trabajador. De ella no se separará nunca, llevándola consigo en su exilio y a la vuelta de éste.



Cuando estalló la guerra la pintora estaba en Galicia cumpliendo con su compromiso socio-político de apoyo a las misiones. Horrorizada y temerosa por lo que veía pasó a Portugal; Gabriela Mistral, embajadora de Chile en Lisboa, le tendió la mano, facilitándole posteriormente el vuelo al continente americano.


En Buenos Aires, donde fue acogida como la gran creadora que era, vivió –desplazándose desde allí a distintos puntos del continente americano– desde 1937 hasta 1961, año  en que por primera vez, tras el exilio, pisó tierra española. 


Pero volvamos a los años treinta. Maruja Mallo llega a París en 1932, becada por la Junta de Ampliación de Estudios, donde expuso y fue admirada por personalidades señeras de las vanguardias que acudieron a ver sus trabajos. André Breton le compró Espantapajaros (1929), hoy considerada una de las obras capitales del surrealismo,


y  Paul Éluard le dedicó unas hermosas palabras: "Las creaciones extrañas de Maruja Mallo, entre las más considerables de la pintura actual, revelación poética y plástica, original, Cloacas y campanarios, son precursores de la visión plástica informalista". Posteriormente expuso en Londres.


 A partir de estos años de importante reconocimiento  los amigos con los que había compartido tanto,  celosos de su éxito, y   molestos porque ella, una mujer, se desenvolvía en igualdad de aptitudes y actitudes que ellos, dejaron de mostrarse con la misma camaradería que antaño. Digerir aquello no debió de ser fácil, pero tampoco supuso un freno para su quehacer.



Durante la II República, tras ganar la cátedra de Dibujo, ejerció como profesora en el instituto de Arévalo, también de la Escuela de Cerámica en Madrid.

Las series de Arquitecturas minerales y Arquitecturas vegetales, se inician en esta época, prosiguiendo más tarde con Arquitecturas vivas, en ellas expresa sutilmente las proporciones matemáticas y áureas que la naturaleza imprime en cada una de sus obras, dentro de los reinos animal, vegetal y mineral, expresión manifestada de pleno en los bocetos que previamente realiza,


Pasando a concretarse en figuras donde la geometría y lo armónico están detrás de toda la sencillez que destilan.


En 1939 publicó Lo popular en la plástica española a través de mi obra, libro de teoría donde expresa su vocación geométrica, las representaciones de la naturaleza y los retratos, conceptos  perennes en su obra.
 


En 1948 consigue el Primer Premio de Pintura de la XIII Exposición de Nueva York por La cierva negra. Sus series de mágníficas Cabezas marcan este periodo.



En Argentina  fraguó amistad con Victoria Ocampo y siguió frecuentando la amistad de Ramón Gómez de la Serna, amigos desde la vida madrileña antes del exilio de ambos; él dijo en el libro monográfico que sobre ella escribió:
"Esta Maruja Mallo, ante la inmensidad del retrato -ventanas de ojos hacia galerías de almas, que se corresponden en laberinto y, en este momento, como El Greco, como los grandes retratistas italianos-, medita en la soledad de la figura humana, la única fórmula condigna de la vida, la que merece estudiar su resolución (…) dada la vuelta a la pobreza de símbolos que le quedan al mundo, ha encontrado que siempre será rica una diferencia de fisonomías interpretadas por su arte ya emancipado…"


En su extensa producción  –pinturas, dibujos,  crerámicas, litografías, murales, collages, foto-pintura, literatura teórica y numerosas colaboraciones en revistas culturales y periódicos– podemos ver distintas fases, en la primera se puede apreciar la alegría y desenvoltura que la habitaba (1925-1930) el realismo mágico donde lo popular y lo nuevo se reúnen, en la segunda (1930- 1933), surrealista,  se percibe una premonición de lo que estaba larvado en la sociedad, lo putrefacto y escatológico.  En una tercera que arranca antes de 1936, comunica lo social y la búsqueda del equilibrio armónico, que ya no la abandonaría. Hay una etapa final, a partir de 1979 –cuenta con 77 años–, en la que compone la serie Los moradores del vacío donde podemos apreciar que, junto a la creatividad, la armonía en la forma y  en los colores sigue vigente.



Cuando volvió a Madrid, nadie la recordaba, pero eso no la arrinconó, pintando, como hemos dicho, con bríos renovados. 

Expuso, se le concedieron condecoraciones,  dio conferencias, la movida madrileña la tuvo como referente cultural…  Parte de su obra la podemos ver en el Museo Reina Sofía.


Canto de las Espigas (1929) pertenece a la serie La religión del trabajo. M. Mallo dijo que es una de sus obras más emblemáticas y quería que perteneciera al pueblo. La podemos ver en el Museo Reina Sofía, Madrid, donde se halla desde 1988.


Maruja Mallo fue libre, algo que eligió y disfrutó –aun con su ración de sin sabores–, factor que resulta inevitable cuando se tienen unas perspectivas de acción y de vida como las que ella tenía, donde la genialidad tenía cabida…, la luz del talento no concibe barreras que lo impidan.

 LA VISIVILIDAD DE MARUJA MALLO  (I parte)

 © Rosa Campos Gómez