domingo, 15 de mayo de 2016

EL BARRANCO DEL APIO


                                                                                                                     Pedro Diego Gil López

Un barranco es un espacio abierto en la superficie de un terreno erosionado, algo tan simple como dejar correr el tiempo, el trascurrir de las estaciones climáticas, la evolución de la vida. Un fluir de agua y tierra, arrastre, abrasión. Estratos, sedimentos, depósitos horadados con capricho matemático de menor a mayor, hasta que un nuevo cataclismo lo revierte todo. Nuestra tierra es de barrancos que se agrandan y desembocan en ramblas, hasta las grandes depresiones de los ríos.    


El barranco del Apio forma parte de un legado que la naturaleza concedió a la sierra del Oro. De él nacen hilos de agua que se juntan y afloran en un pequeño chorro donde el hombre pone sus manos para llenárselas. Agua que se echa a la boca para refrescarse los labios, bañarse la frente sudorosa y seguir con ímpetu su camino. Hoy es el espacio, la situación, la pureza que genera, la intención que me hace hablar sobre este rincón del mundo. Las flores de las jaras son pequeños detonantes, sus pétalos rosas con tonos magenta se proyectan al cielo, sedosos y dulces, en contraste con las diminutas inflorescencias de las coscojas. Es primavera y son las flores señales que siguen mis pasos por la senda que se interna en el barranco elegido.  Del suave rosa de la jara a la sedosa blancura de la estepa pringosa, de la briosa flor del jaguarzo al repentino rojo de la amapola; de la fragante flor del tomillo a los amarillos botones de la cerraja. 


Así, bajando por el encrespado barranco hasta la pista forestal, llego a lo que queda de una vieja balsa, que en tiempos olvidados debió ser la alberca madre de algún vergel, un resto arqueológico investigable, cuya arquitectura está definida por una historia hídrica ya olvidada. Aún no existían las motobombas ni las tuberías de presión, el agua afloraba por su propia fuerza, y llegaba a irrigar estos espacios preservados por el propio clima que generaban.                               


Continúo la senda que baja por el pinar y alcanzo los primeros bancales perdidos que se adaptan al perfil del barranco. Percibo la evapotranspiración de infinitos cloroplastos que componen las hojas de vetustos olivos, de almendros retorcidos y de higueras carcomidas, que quedaron en un estado latente. Fibras verdes y nervios que sostienen la carnosa aspereza de hojas supervivientes, que aún le dan impulso al reloj de las estaciones, de una agricultura ya solo retenida en la memoria de viejos medieros que, si no han muerto ya, hoy son seres que nunca ya serán reconocidos ni valorados como los artífices del único mundo que pudo haber sido sostenible. Hombres que, encorvados, andan perdidos en sus recuerdos.


Hay algunos de ellos que solo se acuerdan de su constante trasegar por  los parajes que los acompañaron toda la vida, de los sonoros nombres de los animales que criaron o de los apodos de sus entrañables vecinos, como si se sentaran aún bajo esa parra que daba sombra al humilde portal  donde nacieron, como si aún pudieran señalar ese pino entre miles donde pasaron una agradable siesta de juventud, o aún recordaran una a una esas hitas de los lindes de las propiedades que en justicia debieron ser suyas. Hombres que hicieron valer un pacto muy antiguo entre ellos y la tierra, para tener dominados a los barrancos y sus violentas avenidas. Ellos eran los que sentían propios los cambios que afectaban a la naturaleza, respetándola como se respetaban a sí mismos, con honestidad, con humildad.        

                                                           
En la tierra retenida entre las abigarradas olmas de piedra aún perduran las raíces de aquellos resistentes plantones, ahora ya una sucesión de viejos troncos con ennegrecidas cortezas, repletos de ramas secas, de los cuales aún brotan por sus copas hojas de débil apariencia, que sin embargo tienen la fuerza de la subsistencia más poderosa.          
La senda es grata y salir de ella es dificultoso. Se crea el silencio, la calma, solo aves canoras en un cielo oculto entre las ramas, ojos verdes, más allá de todo sigue la historia, una historia personal, aun inquietante, en la propia naturaleza, en cada piedra, en cada espiga, en cada tallo o en cada hoja, el camino permanente, el barranco ahora, dividido, soñando que hay un dibujo nuevo en el aire. En el viejo horizonte llegaran millones de noches nuevas como tesoros, ideas de novedades que se infravalorarán por su abundancia, al regazo de los pinos.     
                                
El barranco es un circo que se alarga, que se sucede  en pistas donde actúan los elementos que forman la vida, y sin embargo no hay público, está desierto, vacío. Se oye el eco retomar la única voz que se puede oír a sí misma, una energía débil, como una fuerza débil, como un débil latir en un corazón que no siente porque es solo un órgano que es solo vital, apenas algo necesario, mecánicamente útil a un cerebro que no para de pensar y dilucidar qué corresponde o qué encaja en cada forma, en cada olor, en cada ilusión reafirmada, con un sentir cada vez imprevisible. Ya en lo más hondo del barranco no llegan los rayos directos del sol, la sombra calma los delirios que provoca la redundancia de los colores, el barro, la arena, las gredas y las lascas de sílex, el mármol y el yeso, materiales que corren con el agua y provocan la grava. Ese sonido que dejan los pasos. El arrastre de los pasos, el silencio de su eco; la objetividad de desplazarse por un tramo imprevisto, vivo y repentino, enmarcado por paredes donde la historia de la tierra escribió en cada pliegue un relato de lo que aconteció en el pasado.  
                                      

Sigo la senda hasta los cultivos que aún son productivos. El barranco los atraviesa, zigzagueando entre las tonalidades que la tierra ofrece con sus pigmentos minerales, ocres que se mezclan con los óxidos de hierro y con los blancos yesos, punto intermedio entre los altos de la sierra del Oro y los llanos de Las Lomas, donde aún perduran las tendidas de solear el esparto; un producto vivo de dura fibra que subsiste como negocio de pobres en contra de un olvido institucional, despreciado por la industria y la tecnología, que no llena el ojo de quién podría dar con él un revulsivo a la economía local, viviendo como vivimos en tierras de la vieja Espartaria. (Por poner un ejemplo, no hace tantos años que aún se hacía papel de máxima calidad con el esparto, sobre todo para la litografía, cuya fibra da una extraordinaria estabilidad dimensional ante las tiradas a color.)                     




El barranco del Apio, después de dejar atrás su ámbito indomable,  bordea las tendidas de esparto, la balsa de cocción, la ruinosa caseta de los aperos por un lado y lindando con la finca de La Halconera con su cultivo de nuevos olivos, atraviesa la tortuosa carretera de Mula bajo un estrecho puente, adentrándose en las huertas de regadío, camino de morir en el río Segura, donde su ámbito acaba domesticado por la misma mano del hombre que a veces muerde, casi sin querer.  

© Pedro Diego Gil López


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