sábado, 30 de abril de 2016

`BLOW–UP´ Y LAS CARAS DE LA REALIDAD

                                                                                                  Sara Alarcón

                                                 
Blow-Up es una película ítalo-británica realizada en 1966, dirigida por Michel Ángelo Antonioni. El guion, escrito por el mismo director, está basado en el cuento Las babas del diablo (1959), de Julio Cortázar. Tanto en la obra cinematográfica como en la literaria, lo que ambos quieren transmitirnos es una amplitud de miras de lo que está pasando sin que sea imprescindible  un narrador intermediario.
En Las babas del diablo, el protagonista es un traductor aficionado a la fotografía (además de un “diablo” entrometido y burlón) que entiende  que las cosas pueden ser vistas con una objetividad que va más allá de su visión, dejando este poder a su cámara fotográfica, para que sea leído desde tantas subjetividades como lectores hayan. 

La trama  Blow–Up  transcurre en la Inglaterra de los años sesenta en la que el movimiento Mod (modernista, modernist en iglés), surgido en el Londres de finales de los cincuenta y con pleno auge hasta mediados de los sesenta, en un mundo de artistas y publicistas del Pop imperante; sin embargo éste entorno y época no deja de ser solo un marco ilustrativo, estético, que da forma  al tema sobre el que Antonioni quiere hablar: la ambigüedad de la imagen como conocimiento de la realidad y las lecturas que se extraen de la ampliación que puede mostrarnos aspectos que podrían haber permanecido en la invisibilidad. 

Esta película pertenece al cine que hará en los sesenta en el que da un nuevo giro a su trayectoria, rodando su filmografía en color (que inició con El desierto rojo, 1964), sobre este aspecto dirá de Blow-Up: “La mayor dificultad con la que me he encontrado ha sido la de representar la violencia de la realidad. Los colores embellecidos y edulcorados son a menudo los que parecen más duros y agresivos.”  Será el mayor éxito (especialmente en recaudación) de este cineasta a lo largo de su extensa carrera, consiguiendo  la Palma de Oro en Cannes en 1967 y  dos nominaciones a los Oscar, en Dirección y Guion.

Tanto el cuento de Cortázar  como la película de Antonioni hablan de la percepción de la realidad, y del arte, sobre todo de las artes visuales, en especial las silenciosas (pintura, fotografía, pantomima), de cómo la verdad siempre se nos queda incompleta, ya sea en la vida o en el arte, porque siempre permanece algún misterio insalvable. Ambos llegan a toman el objetivo de la cámara como un tercer punto de vista, es decir, que si estuviéramos frente a una película, y la cámara tuviese un tratamiento de personificación, podría aparecer su objetivo como otro punto de vista. Escribe Cortázar en Las babas del diablo: "Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera o en segunda, usando tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada".

Ambas obras  resaltan  la visión que cada individuo tiene de la realidad, la cual es una construcción propia, particular, al igual que cada elemento compone una realidad en base a su contexto.
Al ver una fotografía, por ejemplo, percibimos aquello que "creemos" percibir, tal vez muy lejos de las reales intenciones del artista, si es que tuvo alguna; y si es un retrato de un desconocido, al no saber nada sobre él, solo podemos conjeturar cosas.

En cuanto a los problemas de incomunicación (tema que será objeto  central en toda su obra), Antonioni los plantea de manera soberbia, sobre todo en la escena del tenis de los mimos, gran metáfora cinematográfica, donde el protagonista es apenas un invitado a participar del juego un breve momento, pero en realidad se haya a priori excluido de él, algo que nos recuerda cuantas veces nos quedamos fuera de la sociedad, dependiendo de que alguien nos llame a entrar donde otros deciden, sin rebelarnos, sin decir esta boca es mía.


jueves, 28 de abril de 2016

5 AÑOS DE FORO POR EL PENSAMIENTO Y EL DIÁLOGO


                                                                                                                      Rosa Campos Gómez



Querer hacer es poder, y el poder, el noble y útil, lo tiene la gente que siente la necesidad de transformar las situaciones adversas convocando a la información, al pensamiento y a la actitud dialogante. Con estas premisas un grupo de personas dieron vida al Foro por el Pensamiento y el Diálogo en Cieza. Define a esta organización  sin ánimo de lucro, la independencia de criterio frente al pensamiento único al que, a menudo, se quiere inducir a la sociedad; también la voluntad expresa de  colaboración con entidades y personas que  trabajen por la justicia social, la dignidad para el ser humano, el cuidado hacia el entorno…, escuchando sus propuestas y siendo foco de divulgación de las mismas.

Se conmemoran cinco años de significativas conferencias, charlas, mesas redondas, y debates como complemento de todas ellas,  en las que hemos podido escuchar temas absolutamente candentes e importantes para la convivencia social desde una ética imprescindible. Aspectos de determinadas cuestiones en las que se ha facilitado la introspección: educación, economía, política, recursos naturales, globalización, violencia de género, pueblo saharaui, laicismo, religión, utopía, papel de los intelectuales en tiempos de crisis, mirada a los cambios en la Constitución, Europa, inmigración, ética y transparencia frente a corrupción, cooperación internacional, agroecología y desarrollo rural, II República, relación entre el poder y los medios de comunicación…, y un interesante y novedoso  encuentro entre los representantes de todos los partidos políticos locales que abrió un sano camino hacia futuras comparecencias.

Los ponentes, figuras de alto relieve intelectual, que las más de las veces han venido por el mero placer de colaborar, son personas que por sus conocimientos y capacidades han dado a cada tema tratado una dimensión más completa, desde una faz a aprehender, siendo nuestra localidad buena sede para que los asistentes recojamos el contenido transmitido, favoreciendo el diálogo entre emisores y receptores, haciendo de cada encuentro una zona de comunicación fluida y sosegada; baste recordar cualquiera de los actos para ver las preguntas y reflexiones que surgían al hilo de lo expuesto, lo que indica que el pueblo (el interesado por estas cuestiones) recibe con agradecimiento el material que predispone al pensamiento y al diálogo, y que no quiere dormirse ni que lo duerman, actitud que manifiesta la necesidad y validez de trazados de esta envergadura.

Cuando se ve la importante afluencia de público que asiste a estas asambleas que con asiduidad se han ido sucediendo, contando con adultos de todas las edades, siendo entre ellos alto el número jóvenes, se percibe que el anhelo de conocer para comprender y actuar como individuos que formamos parte ineludible del colectivo social está vigente, y que se apuesta por ahuyentar el miedo a la libertad. Dice Erich Fromm que el ser humano “…es libre para elegir su camino, pero debe aceptar las consecuencias de su elección”, y que    “Cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento son mutuamente interdependientes”, palabras que pueden servirnos como ilustración del compromiso adquirido desde quienes dan vida a este Foro, que en este 5º aniversario, a celebrar el próximo 29 de abril, nos invita a escuchar música (Pedro Jesús Rodríguez LucasCelia Aroca Abellán y Quinteto de Laúdes “Manuel López Villalba”)  y poesía (La Sierpe y el Laúd).

 La  esperanza en que un mundo donde el bien común puede ser posible anida en esta empresa de encuentro, donde el pensar se hace atractivo y el dialogar indispensable. La ciudadanía bien informada es más responsable y, en consecuencia,  más libre.

© Rosa Campos Gómez

martes, 26 de abril de 2016

VICENTE ALEIXANDRE: "LA MEMORIA DE UN HOMBRE ESTÁ EN SUS BESOS"





                                                                                                        Jesús A. Salmerón Giménez
                                                                                                          Entre tanta efeméride que celebramos en Notas, faltaría más que no conmemorásemos como es debido el aniversario del nacimiento de ese hombre bueno que fue, y poeta inmenso que era y es, Vicente Aleixandre (Sevilla,1898-Madrid, 1984). Como ha escrito el periodista y poeta Antonio Lucas, "Es uno de esos premios Nobel que tenemos por ahí traspapelados, un poeta que consumió más de media vida tumbado para poner en pie una escritura de profundidades inesperadas e imágenes perdurables, de fecundaciones irracionales con una luz febril de paraíso".

Aleixandre, alto y esencial, extraordinario escritor (y nuestro penúltimo premio Nobel), es el gran poeta surrealista del siglo XX. Su palabra, viva, necesaria, sigue (y seguirá) habitando, sombra y luz del paraíso, la imaginación, la inteligencia, la sensibilidad, de nosotros, los lectores que no dejamos de buscar el fulgor, la pasión de vivir en la poesía.

El poema "Se querían" tiene una intensidad que atraviesa eones de tiempo y conturba el universo.

SE QUERÍAN

Se querían. 
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente solo.

Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando… 
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos, 
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos 
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida, 
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida, 
donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal, 
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.
                                     Vicente Aleixandre, de La destrucción o el amor.

 © Jesús A. Salmerón Giménez

sábado, 23 de abril de 2016

AMISTAD Y LIBROS

                                                                                                  Jesús A. Salmerón Giménez

                                                                                          A Parra
No soy yo mucho de celebrar el Día del Libro (continuamente repito, un tanto cansinamente, que el 23 de abril no es el día que murió Cervantes, ni es el día en que murió Shakespeare, ni es el día en que nació Nabokov, ni tenemos vergüenza ni ná…), pero desde hace unos años, un amigo, puntual como el futuro, siempre me trae un libro, dedicado por el autor, de la feria de Madrid. Y este pequeño detalle ha hecho cambiar mi percepción de este día singular.

La amistad, no sé por qué, la asocio siempre a la infancia y a la primera juventud, pero, algunas veces, las amistades que se forjan en la madurez de la edad y del espíritu son las más justas, sólidas, comprometidas  leales…las que dan esplendor y sentido a nuestra vida. Y un ejemplo palmario (y emotivo) es este amigo que me regala libros por primavera, un amigo con el que empecé, por motivos laborales, a tener trato frecuente hará de eso veinte años. Y a partir de aquel momento, se fue cimentando entre nosotros una amistad que perdura hasta el día de hoy, sin que nunca hayamos tenido ni una desavenencia, ni una arista, nada que la haya hecho desagradable, ni un minuto. Es algo raro de encontrar, y sin duda, no es mérito mío, que enseguida echo el carro por el pedregal, como sabe todo el mundo, todo el mundo que me conozca, claro, sino enteramente suyo, pues nunca he conocido a persona tan generosa, tan pendiente de los demás, incluso en perjuicio propio. Nadie de trato tan placentero, tan benevolente. Nunca. Nadie.

Viene esto a cuento porque mi amigo se encuentra, en estos momentos, en horas bajas. Justo cuando avizoraba la jubilación, después de una vida de trabajo (meticuloso, espléndido siempre), en el que nunca regateó esfuerzos, y siempre disimuló su talento: nunca te hiere una corrección suya, ¿se puede decir algo más genuinamente halagador de una persona que ha desempeñado un puesto de alta responsabilidad durante más de 25 años?...el máximo, por otro lado, en el área de Protección a la Infancia, en la que me introdujo, me sedujo, diría yo, después de tantas vueltas y tantos golpes que da la vida (“Hay golpes en la vida tan fuertes…¡Yo no sé!”).

Nuestra amistad se fue fraguando con el trabajo bien hecho, en nuestros viajes, que siempre procurábamos compartir, pues a los dos nos agradaba, desde el principio, la compañía del otro, y un viaje realizado así, entreverando trabajo, conversaciones, gastronomía, en la que también me inició, pues yo he sido más de bocadillo, tabaco y alcohol, se convertía en una experiencia placentera, a pesar de la ardua tarea que nos aguardaba o el tener que aguantar a algún cantamañanas que te ensombrecía el día, y de nadie le escuché nunca una crítica, si no era cargada de humor, de ese humor de campesino sabio y con retranca, que le viene de marca, de ADN, y que igual te ilustra sobre los arcanos de la legislación de adopción internacional (o de alguna trampa artera de la nueva Ley de Presupuestos), que del proceso de control de plagas en la huerta murciana o del laboreo o de los secretos de la uva, y yo aprendía, ignorante de todo, conocedor de nada, solo de libros, de algunos libros, pocos.

Toda una experiencia viajar con él en la vida. Su amistad, nunca he tenido oportunidad de decírselo, o si la he tenido, me ha dado pudor, vergüenza, -terrible esta capa rocosa con la que obliteramos los hombres nuestros sentimientos…hasta fosilizarlos-, es de lo mejor que me ha podido pasar en muchos años. Está enfermo un mes y añoro su compañía, que asome por la puerta de mi despacho, con su perfil de labriego honrado, sus ojos castaños, inteligentes pero siempre cordiales, generosos, su centelleo oscuro y seco, sediento de lluvia y amistad; y desenvuelva, con ese cariño que yo nunca sabré mostrar, el libro que ha seleccionado para mí este año y me lo ofrezca, como un don, como un símbolo inefable de amistad compartida.

Espero, necesito que se ponga bien, pronto, ya… (“Hay golpes en la vida tan fuertes…¡Yo no sé!”)



 © Jesús A. Salmerón Giménez

viernes, 22 de abril de 2016

LA ALEGRÍA EN CERVANTES


                                                                          Jesús A. Salmerón Giménez


Este que veis aquí de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; este digo que es el autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo El Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA. Fue soldado muchos años y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia de las adversidades; perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlos V, de felice memoria.

      Autorretrato de Miguel de Cervantes, prólogo de las Novelas Ejemplares.


Miguel de Cervantes, obra de Eduardo Balaca
Como es costumbre entre nuestros mejores poetas (en este sentido, se equivocó al lamentar que “el cielo” no hubiera hecho de él un poeta), murió don Miguel de Cervantes casi en la indigencia, pero conservará hasta el final su optimismo socarrón y la ironía, esa ironía que impregna e ilumina la maravillosa obra cervantina. Hasta el final, continúa entregado a la literatura como escritor –su gran proyecto es acabar el Persiles- y lector – “como yo soy aficionado a leer aunque sea los papeles rotos de las calles(…)” Aun cercado por la pobreza y los problemas familiares, habiendo padecido desgracias sin cuento (“sé que es más versado en desdichas que en versos”) –en la Guerra, en el cautiverio…-, escasamente reconocida su obra en su país, nada de esto pesa en el ánimo del viejo Cervantes. "Con todas las dificultades, no pierde el humor", dice Trapiello; "no hay nada de amargura en él. Hay algo en su literatura que es un alma pura; por mal que la hubiera tratado le vida. Jamás levantó un falso testimonio contra ella, por decirlo con la frase de Nietzsche”).

Cervantes es uno de los ejemplos más hermosos, a pesar de las numerosas y ásperas adversidades, de amor a la vida. Este inmenso escritor que, a pesar de los pesares –¡tantos!-, conservó siempre el ánimo alegre y enamorado de la vida. Como escribió en el prólogo y dedicatoria del Persiles (la prosa más espléndida que se ha escrito en español, nos recuerda el académico Francisco Rico): "Puesto ya el pie en el estribo,/ con las ansias de la muerte,/ gran señor, ésta te escribo/. Ayer me dieron la extremaunción y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir". Y más adelante, al final del prólogo: "¡Adiós, gracias; adiós, donaires; adiós, regocijados amigos! Que yo me voy muriendo y deseando veros presto contentos en la otra vida".

La inmensa riqueza de Cervantes son los libros que nos ha dejado, para que los leamos y amemos: su lectura no acaba nunca, siempre hay nuevos descubrimientos, giros inesperados e inéditos en su obra, que nos renuevan el placer extraordinario de leerlo. Y sobre todo, como ningún otro autor, nos regala la dicha de la risa:
Quien no ríe leyendo el Quijote es porque no entiende la novela o porque tiene la desgracia de no poseer la facultad de reír, que es la que distingue al hombre de los animales”. (Martín de Riquer).

En Cervantes, en sus libros habitan el amor, el asombro, la amistad, la alegría…Y esto es lo más revolucionario de toda su obra. Como escribió Azorín: “Sepan los que pretenden reconstruir un pueblo que el primero, el más hondo y fundamental de nuestros deberes es la alegría”.

© Jesús A. Salmerón Giménez

martes, 19 de abril de 2016

LITERATURA Y LIBERTAD EN OCTAVIO PAZ




                                                                                                                 Rosa Campos Gómez

«Cada poema es único. En cada obra late, con mayor o menor grado, toda la poesía. Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre: Ya lo llevaba dentro.»



Octavio Paz (Ciudad de México, 31 de marzo de 1914-19 de abril de 1998), poeta, ensayista y diplomático, Premio Cervantes (1981) y Nobel de Literatura (1990).  Este coloso de las letras mejicanas dijo: «Pronto descubrí que la defensa de la poesía era inseparable de la defensa de la libertad»,  frase que nos va a servir de hilo conductor en este  breve acercamiento a su trayectoria literaria, como particular y sencillo homenaje  al combativo y controvertido escritor que trató temas prolíficos desde la poesía y el ensayo. En cuanto a la libertad, apuntó lo siguiente en una de sus conferencias sobre literatura: «La prueba de la libertad no es filosófica sino existencial: hay libertad cada vez que hay un hombre libre, cada vez que un hombre se atreve a decir No al poder. No nacemos libres: la libertad es una conquista, y más: una invención».

   Fundó varias revistas culturales, iniciándose a los diecisiete años con Barandal,  donde publicaría su primer poema –Vuelta, la última, recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (1993)–.  En 1937 viaja a Yucatán como miembro de las misiones educativas, impulsadas por el General Lázaro Cárdenas, donde se fundó una escuela para hijos de obreros y campesinos, de aquella experiencia cuenta: «Yo era un muchacho de la burguesía, que tenía ideas revolucionarias, pero que no tenía un contacto real y verdadero con la gente, de pronto  lo tuve,  y conocí lo que era realmente el hambre  cuando en los primeros días uno de los chicos se desmayó  y cayó al suelo. Esto fue muy importante en mi vida, saber que hay gente que no come o que come mal». Ese mismo año fue invitado a venir a España a intervenir en el II Congreso de Escritores Antifascistas. Simpatizó con la causa republicana, tomando contacto con quienes  colaboraban en la revista cultural Hora de España, sintiéndose influido por los autores de su literatura –dirá: «Descubrí la poesía moderna en los poetas españoles» –,  y por su ideas políticas, pero en los años cuarenta  la afinidad política fue perdiendo fuerza por algunos actos que reprobaba. En 1950 escribe un texto en el que  denuncia lo que está sucediendo en la URSS gobernada por Stalin.  Fue difícil su publicación –lo haría Sur, revista literaria argentina– convirtiéndolo en uno de los primeros que denunciarían lo que más tarde  se evidenciaría. Todo esto, y su cambio hacia pensamientos liberales –de los que también llegó a distanciarse más tarde, criticando los abusos del  mercado neoliberal– le granjearía rechazos. Ante lo que le provocaban las situaciones con las que se iba encontrando   ejerció el pensamiento crítico, sin miedo al choque con el que se encontraría por su posicionamiento ideológico y por  sus textos, como le sucedió al publicar El laberinto de la soledad (1950), considerado un magnífico e innovador  ensayo, escrito  para entender  el pensamiento y la realidad de su país, y cuya lectura no cayó bien a algunos paisanos.

   En 1943 una beca le permitirá ir a estudiar a Berkeley; después se quedará en Nueva York, teniendo para comer, pero no para abrigarse: «Gracias a Ciro Alegría pude doblar una película y con eso me compré un abrigo y me salvé de la pulmonía que me esperaba».   Es tiempo en el que escribe y sigue siendo libre, mas la literatura no le da para vivir; un amigo de su padre, y ministro de exteriores de México, le persuade para que se presente a examen para diplomático, lo aprueba. Será destinado a París, donde se viven los últimos años del surrealismo, en el que verá espiritualidad, y del que su obra literaria tiene connotaciones. En París  defenderá a Buñuel de la intelectualidad mexicana que lo ataca por Los olvidados, película que cuenta una historia trágica y realista sobre la vida de unos niños en un barrio marginal de Ciudad de México –premio al mejor director en Cannes–. Paz, eslabonando de nuevo los dos conceptos, escribió un texto que repartió personalmente a la salida de aquella exhibición, en él decía que «era un hecho poético, que se acercaba a las pinturas de Goya en la medida en que se acercaba a una realidad adolorida, herida, pero no lo hacía para cuestionarla ni denigrarla, sino para superarla a través del arte». 
  
 En 1968, tras la matanza de Tlatelolco –el ejército mejicano asesinó a un número todavía desconocido de estudiantes– dejará su cargo de embajador en la India. Sobre su trabajo como diplomático del gobierno dirá: «Fue una contribución más bien dudosa y que en cierto modo no me siento orgulloso de ella, creo que los escritores debemos permanecer lejos de los partidos políticos, y de las iglesias».

Elena Poniatowska y Octavio Paz 
en Atlixco, Puebla (1970)
Foto: Héctor García
 La literatura y la libertad  fueron  ejercidas  por el poeta de Piedra de Sol –su obra  maestra–, quien, según Elena Poniatowska, solía decir a sus amigos y compañeros de oficio:  «El escritor no tiene la obligación de mejorar directamente la situación del país, el escritor tiene otra obligación: decir la verdad, por lo menos su verdad, aunque resulte escandalosa o desagradable. Que alguien se atreva a sacudir a la burguesía mexicana, a los políticos en su poder, los banqueros en su dinero, los líderes en sus mentiras. Toda esa gente está sentada en la pobreza del pueblo». Literatura y libertad, qué gran combinación para el discernimiento.
                                                                                         ...

Este artículo fue escrito para ser publicado por el Grupo de Literatura la Sierpe y el Laúd (al que pertenezco) en el periódico El Mirador de Cieza, en conmemoración del centenario del nacimiento del poeta, y actualizado hoy, 19 de abril de 2016, día en que se cumplen 18 años de su muerte.

© Rosa Campos Gómez

lunes, 18 de abril de 2016

LA POESÍA SIEMPRE ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO





                                                                      Jesús A. Salmerón Giménez


Otra efeméride en Notas, lo que viene a ser ya como un subgénero literario, un recorrido (liviano) sentimental y crítico por la obra de los escritores que más nos han conmovido.




Hoy celebramos a Gabriel Celaya (Hernani, 1911-Madrid, 1991), en el 25 aniversario de su fallecimiento: poeta comprometido, vasco “de piedra blindada”, que nos enseñó que la poesía es siempre “un arma cargada de furturo”.

Poeta social, sus versos incendiaron los años ominosos del franquismo de reivindicaciones, luchas y esperanzas. Celaya maldijo la poesía “ de quien no toma partido hasta marcharse”, disparó versos cargados de futuro y de poesía necesaria, y nos ayudó a varias generaciones a conjurar el miedo con la palabra. Hizo con su poesía lo que pedía María Zambrano ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas”.

El poema se hace grito de libertad, aullido que atraviesa la noche. “La emoción es su arma”.



LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO

(De "Cantos iberos", 1955)

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque a penas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.


Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.



© Jesús A. Salmerón Giménez




domingo, 17 de abril de 2016

DOS AÑOS SIN GABO: PALABRAS EN LA TUMBA DE GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ


                                                                                Jesús A. Salmerón Giménez


Cuando era joven e indocumentado, en una tarde remota de los inicios de los años setenta, descubrí en un anaquel de Multimueble, que tenía mi hermano Paco, unos libros de relatos de García Márquez, en ediciones de bolsillo, que habría de cambiar mi percepción de la literatura y del mundo: La hojarasca, Los funerales de Mamá Grande, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, Ojos de Perro Azul…De repente, en mi pequeña habitación, sitiada la atmósfera cerrada y acre del franquismo, entraron el olor de la guayaba y de la papaya verde, la luz violenta de los trópicos, los nombres de personajes -relatos en sí mismos pletóricos de magia- misteriosos y rotundos (Eréndira, Aureliano Buendía, Amaranta Úrsula y Gastón...), un territorio mítico (Macondo) y unos poderosos malvados (United Fruit Company). Y ya nada volvió a ser lo mismo.

                                                                              Gracias, Gabo.

© Jesús A. Salmerón Giménez

viernes, 15 de abril de 2016

CÉSAR VALLEJO: "PROLETARIO QUE MUERE DE UNIVERSO"

                                                                              Jesús A. Salmerón Giménez


Me moriré en París con aguacero, / un día del cual tengo ya el recuerdo

 Hoy, 15 de abril, se cumplen 78 años del fallecimiento de César Vallejo, uno de los más grandes poetas en lengua castellana. Precisamente, me ha sorprendido el aniversario (cómo no!!) leyendo un excepcional libro sobre el gran poeta andino Vallejo en los infiernos, de Eduardo González Viaña, espléndidamente editado por Alfaqueque ediciones.

Este poeta, cuyos versos hieren como espadas de dulzura, y de cuya lectura nadie sale ileso, frecuentó, de manera notable, otros géneros literarios, pero es en la poesía donde alcanza su grandeza ("su poesía es superior a nuestras fuerzas, no cabe en el diccionario", escribió Ortega"). Entre su libros, destacan: Los Heraldos Negros, Piedra Negra sobre una Piedra Blanca, Paco Yunque, El Tungsteno, España, aparta de mí este cáliz, Poemas humanos...No obstante, para mí, siempre será el autor del vanguardista poemario, tristísimo y dulce, Trilce.

César Vallejo no murió en jueves como tenía planeado (sería en la mañana del Viernes Santo de 1938), pero sí en París (allí está su tumba,en Montparnasse, sobre ella figura el epitafio (todo un poema): "He nevado tanto, para que duermas") y llovió (aunque no fue aguacero, sino llovizna).

La causa de su muerte fue un enigma (el médico dijo: "Este hombre se muere, pero no sé de qué"). Hace un cuarto de siglo, el alemán Hans Magnus Erzensberger dictaminó: "Las enfermedades de que sufrió Vallejo eran desconocidas en la medicina. Una se llamó España, y la otra, una enfermedad muy vieja y muy venerable: el Hambre".

Aquí dejo, en su memoria, como homenaje a uno de los poetas más notables y honestos que he leído, este inmenso poema de José Emilio Pacheco.

"BIRDS IN THE NIGHT"
(Vallejo y Cernuda se encuentran en Lima)

Al partir de las aguas peruanas, la anchoveta ha puesto en crisis a la industria pesquera y ha provocado, en las ciudades del litoral, la invasión de las hambrientas aves marinas.

"Excélsior", 1972

Toda la noche oigo el rumor alado desplomándose
y como en un poema de Cisneros
albatros cormoranes y pelícanos
se mueren de hambre en pleno centro de Lima
bodelerianamente son vejados

Aquí por estas calles de miseria
(tan semejante a México)
César Vallejo anduvo fornicó deliró
y escribió algunos veros

Ahora sí lo imitan lo veneran
y es "un orgullo para el Continente"

En vida lo patearon lo escupieron
lo mataron de hambre y de tristeza

Dijo Cernuda que ningún país
ha soportado a sus poetas vivos

Pero está bien así
¿No es peor destino
ser el Poeta Nacional
a quien saludan todos en la calle?

© Jesús A. Salmerón Giménez

jueves, 7 de abril de 2016

EL PEÑÓN DE ANTONIO

 Pedro Diego Gil López

Hay lugares que al desconocido, de inmediato, le despiertan la necesidad de recorrerlos con un ansia repentina. Ha bastado llegar  por casualidad, realizar un esfuerzo que no parece tanto, cuando se ha conseguido que los pensamientos que se arrastran suelten esas razones anodinas que no valen para nada. El afortunado, se ve de repente invitado a seguir un nuevo camino, diáfano y atractivo, sintiendo el alivio de notar la mente en blanco, mientras inicia una agradable cadencia en una dirección ilusionante. 
Mirar el horizonte hasta donde la vista ya no alcanza, mirar el cielo en su profundidad y mirar la tierra que hay a nuestros pies provoca un torrente de sentimientos, incitados por todo lo que se cuela en nuestros sentidos. Es como entrar en un mundo insospechado que sorprende por su cercanía, mostrando extraños vínculos con el lugar común donde pululamos de forma habitual y rutinaria. Olores, formas, aires nuevos. Pero yo ya no puedo caer en la misma trampa.        

                                 

Vuelvo a andar estos parajes que quizás sean ya una reclusión inducida por la propia amplitud, una  dificultad exponencial, y atravesarlos se vuelve cada vez más difícil, como si se interpusieran extrañas barreras, como si los barrancos y las crestas se movieran y se apartaran cada vez más de una forma reseca y áspera, o se levantaran repentinas paredes de margas y arcillas torneadas por el sol alfarero, y se adelantaran a mis pasos, acompañándome, como si a la vez me arroparan, como si quisieran protegerme, y sin embargo ya solo me cansan. A veces creo que ando por un barro espeso donde se hunden mis pies a cada paso. Otras veces puedo ejercitar mi cuerpo y huyo del entorno para fugarme de él, corriendo sin mirar atrás, pero es un imposible. Todo vuelve a girar, las atalayas rotan, los morrones giran a mi alrededor, se combinan las lomas, los cabezos y los pliegues, para envolverme, en aras de dirigirme a los austeros caminos, áridos y polvorientos, por donde los accidentes quieren que vaya, encadenado con mis propios recuerdos. Y así voy con esa cadencia y solo llego a encontrarme conmigo mismo, como alejándome, cerca ya de ese duro risco, donde el viento, austero labrador de piedras, tiene su megalítica cantera.                                                              
Solo hoy, como si hubiera encontrado momentáneamente una salida a este laberinto, he podido alzarme, casi sobrevolar mi mundo, gracias a que he trepado a lo alto de un pedestal pétreo y he podido encaramarme a lo alto de una gran roca y contemplar el paisaje; sobre el mismo espacio que se repite, reinando sobre esta tierra, hecho de etapas edificadas con duras barreras. He alcanzado un peñasco despedazado que se yergue como un faro iluminado por el sol del amanecer y que refleja a la vez la Luna llena. Eso de momento me ha salvado. He podido recapacitar, dejar de obsesionarme, y ha sido como liberarme de un peso que parecía llevar en los bolsillos, arrojando pequeñas cosas, de repente innecesarias y dañinas. Y lo he hecho sintiéndolo de verdad, recibiendo la energía que supone estar solo. Y sobre esta altura, contemplo las aristas a mis pies, que definen, como extraños signos, verdaderos mensajes, de los cuales se pueden extraer distintos pronósticos sobre la vida, tan solo porque hacen recapacitar, aunque sea un arrebato más de locura.
      

Inclinándome sobre el vacío, en estas paredes de arrugada caliza, labradas por la erosión del viento y la lluvia, se aprecia el abismo de la tierra. Palpando la dura roca, siento la huella que han dejado aquí los astros. Este peñón está coronado de líquenes amarillentos, que ciñen como de oro viejo su cabeza. Cerca de su cúspide, casi en lo más alto de él, las cucalas mineras trasegaron en sus intestinos semillas de higos chumbos,  estratificadas con sus excrementos, para poblar su frente con un adorno de paleras, brillantes como esmeraldas.    
                                 

Este peñón es como un viejo rey, pobre, enrocado sobre sí mismo, que se viste con un traje de paño roído para cubrir la base de sus laderas, hecho en el telar del monte, con el verde de las sabinas, y el único tesoro de su reino es un pedazo de espacio inerte capaz de sugestionar la mente humana, hasta hacerla poseedora del patrón con el que medir la nada. Lejos le quedan las floraciones del valle, de la vega del Segura, aislado como está entre su corte de pinos, entre áridos bancales de almendros y olivares perdidos.                                         
Su imagen monolítica, hoy me sirve para indagar de forma distinta, que es como liberarme, en cierto modo, de la opresión que está dispuesta en mis caminos, por todo lo que ya he referido, todo eso que me vuelve loco, o que me paraliza. Y con él defino mi tristeza, como si se desplomara para señalar a toda nuestra geografía junta, que nuestra vida en el mundo, tarde o temprano se acaba. Se acaba todo, como señalado por un solo dedo alzado al cielo, cuya sombra dibuja un itinerario, una vuelta.


 Luego se turna la Luna para con su luz continuar su sombra y que todo vuelva a dibujarse, a dar casi la vuelta sobre sí mismo, como yo pretendo imaginar mi vida.    
                                                                            
Repto como la serpiente para llegar a rincones imposibles. Animales que se pierden en la tierra donde nacieron. 


Sentidos que se ocultan en nieblas que no desaparecen, y el sol, en el suplicio cíclico de las estaciones, prodiga la misma tierra, como si los espacios se volvieran solo imágenes planas, sin capacidad de mostrar la suficiente perspectiva para que exista un final necesario. Lejos queda la realidad, largada como el ancla de un barco fondeado en una bahía imposible. Tierra y mar, en este caso, la tierra como el mar, ondulante aún, evaporándose toda agua existente bajo condiciones futuras y los caminos dirigiéndose a un horizonte donde los pliegues rocosos sacan a la luz los fósiles marinos de las épocas más remotas, como la señal de la inocencia del tiempo. Y me vuelvo o desciendo, para añadir nuevos espacios, multiplicando nuevamente el número de pasos a dar, alejándome o acercándome a un nuevo sentimiento, hasta la próxima derrota, hasta un nuevo aprendizaje, para sumar otra incertidumbre en el debe que contabiliza la memoria, hasta un necesario olvido, en una nueva distracción humana.




El peñón de Antonio se eleva sobre la depresión que causa la rambla del Cárcabo, junto al Almorchón, casi sobre las aguas del pantano y la presa que las contiene. Una pista forestal los separa, por la cual se puede acceder a su tramo más alto.


© Pedro Diego Gil López