martes, 15 de marzo de 2016

PIDO LA PAZ Y LA PALABRA. Mi recuerdo en el centenario del nacimiento de Blas de Otero.


                                                                                                      Jesús A. Salmerón Giménez

Yo doy todos mis versos por un hombre en paz.
                                                          Blas de Otero

                       No todo se ha perdido;
                               vienen
                       a mi memoria siempre tus palabras
                       —claras, afines, sonoras—
                       trayéndola, llevándola.
                                    Ángel González


 Han pasado cien años (15 de marzo de 1916-29 de junio de 1979), del nacimiento -en Bilbao, ¡Cuánto Bilbao en la memoria!- del poeta Blas de Otero, uno de nuestros más queridos líricos y quizás también de los más olvidados. Sin embargo, en estos tiempos convulsos -en una sociedad que vive procesos de regresión en materia de derechos humanos, de protección social, de servicios públicos...-, necesitamos reivindicar al poeta implicado en esas preocupaciones, al poeta que estuvo ahí en los tiempos más duros, en la edad de hierro, en los días de plomo..., Necesitamos reivindicar su figura más que nunca: Blas de Otero,  uno de los más grandes poetas en español del siglo XX, el que pidió  dos cosas esenciales para el hombre, y que ha acabado siendo la divisa de su obra poética: la paz y la palabra. Como escribió Umbral: «Porque tú has conseguido meter a todo el pueblo en un endecasílabo y meter en un puño a los de siempre».

El lenguaje de Blas de Otero, sencillo, claro, conmovedor, sostiene una poesía lúcida y profunda, que obra el milagro de convertir el relato lírico y desgarrado de sus recuerdos en nuestra memoria, fundiendo literatura y vida (“yo quiero averiguar cómo se salva la distancia entre la vida y los libros”) y lograr que los paisajes de la patria  (¡pura y terrible!) se queden tatuados en la mente del lector: sus versos (broncos, sonoros, auténticos) atraviesan (y conturban) de costa a costa -desde el Atlántico al Mediterráneo- las venas abiertas de España.

En aquel tiempo de silencio, no calló (¿Quién puede hacer callar a un poeta?): alzó la voz que había perdido en la maleza y logró con su palabra el prodigio anhelado de  "parar a un hombre en medio de la calle", de habitar en el corazón del pueblo y hacerlo andar al ritmo poderoso e implacable de sus versos, de alentarlo en su lucha diaria, en la defensa de su dignidad, su libertad, su vida.

La palabra de Blas de Otero está tan viva como siempre y, a través de poemas impresionantes, permanece e ilumina (¡fieramente humana!) nuestra memoria, el transfondo poético, político y sentimental de la vida, nuestra vida.

A la inmensa mayoría

Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos su versos.

Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
a donde el aire no apestase a muerto.

Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.

¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.

Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y uno.
                                         Blas de Otero


© Jesús A. Salmerón Giménez



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