martes, 29 de marzo de 2016

EL QUINTO CAMINO, DE JESÚS CÁNOVAS MARTÍNEZ


                                                                                                         Rosa Campos Gómez


La novela de Jesús Cánovas Martínez, El Quinto camino (Tres Fronteras, 2016), toma cuerpo en un libro que se inicia con dos citas que nos permiten otear el contenido que entraña en sus trece capítulos.  El primero, rezumando poesía en su título (`Las cornisas del aire´), abre la historia con la voz femenina del personaje protagonista: «Salgo y cruzo la calle. Es bueno pasear bajo este sol de primavera que alegra la mañana de azul, los edificios, los árboles, las cosas todas hacia donde miro. Las misma caras transeúntes parecen iluminadas por un halo de no sé qué belleza», así habla ella,  una mujer de mediana edad, con una hija  pequeña, y con una depresión de la que está saliendo; que ha experimentado una serie de vivencias que nos va contando en un flashbacks que nos despliega parte de su niñez, para pasar a centrase en los tiempos de su relación de pareja (noviazgo y matrimonio) con el hombre que la introdujo en el conocimiento de un religioso y esotérico camino.
Es  un lenguaje que combina expresiones sencillas y actuales con otras más filosóficas y complejas, que en ocasiones nos retrotrae un tiempo medieval, de caballerías, y con una concepción religiosa, de cariz puritano en un principio –hasta un inesperado giro narrativo que se vuelca en una sexualidad que no sospechábamos–,  que ahonda en las impresiones y heridas que el miedo a la muerte y el amor van dejando en ella.

Eros y Tánatos serán las dos pulsiones (enfrentadas) de las que se vale, como eje principal, J. Cánovas Martínez para argumentarnos el contenido  de este camino, el quinto, al que se llega tras superar las fases de los cuatro anteriores, y que conducirá, en una ascensión transformadora, a la unicidad divina de  la pareja; aunque será una búsqueda que desembocará a una vía en la que no se abrirán las puertas esperadas,  serán otras las que se abran, más a ras de suelo y cotidianas, como las que conlleva el vivir de una persona de fe confesa, como es ella,  a la que se asirá para salir del abismo, para sentirse viva y ser («soy», como contrapeso al no ser que entraña la muerte, será el verbo reiterado que remarque la protagonista), para seguir existiendo más allá de la muerte.

 De la mano de la literatura descrita en esta novela que nos ocupa, conocemos más de cerca las inquietudes de una mujer creyente,  los símbolos y rituales de su praxis religiosa, y una particular  vinculación con el esoterismo, a través de Mouravieff, filósofo y escritor ruso (se cita también  a  Gurdjíeff, Ouspensky, Ichazo y Bennett   como «gente estrafalaria y decididamente encantadora» pero con planteamientos que se contradicen con el sentido común); andamos por el paisaje urbano de la ciudad de Murcia recorriendo calles como Maestro Alonso, Platería, Mariano Vergara…,  plazas como la de Santo Domingo, de la Cruz,  Santa Eulalia… ,  avenidas como la Fama,  el   centro comercial Las Atalayas, entramos en  la Catedral,  y viajamos al monasterio de Santa Ana de Jumilla;  hallamos un humor picarón con el que relata la escena en que su madre le cuenta las especulaciones que llevan a cabo amigas con hijas casaderas como ella, en la que se muestra el juego de las apariencias que puede llegar a «nutrir» las vidas de la clase media alta en la que se mueven, y de los que la protagonista se irá alejando; nos acercaremos al morir de gente a la que se quiere especialmente y al amor desde variadas vertientes.


 Jesús Cánovas Martínez, en El Quinto camino,  nos propone entrar en el mundo de una mujer con unas determinadas características y en un determinado contexto y, a través de ella, en el del hombre al que quiso y quiere a pesar de la gran fisura existente, y lo hace desde una concepción filosófica  propia, en la que la búsqueda del amor está presente como núcleo  hacia el que se quiere llegar para permanecer, relegando a la muerte  a un plano de inferior jerarquía: «No puede ser que el amor vivido alguna vez por un ser humano pueda desaparecer con él (…) el amor niega a la muerte (…) un ser, por el amor, salva a otro ser». Amor al que  llega por caminos  con tramos escarpados, no fáciles, que desde lo onírico también transita: «Dejé de soñar con cuchillos pero seguí subiendo y bajando montes por las noches»), en los que va aprendiendo de una vida en la que no  ha vivido todo lo deseado (soñé de adolescente en huir de la casa de mis padres, pero no huí de su casa; soñé con extraños y caprichosos viajes (a Venecia o Katmandú, o a Los Ángeles, California), pero no recorrí el mundo»),  y sí recogido las sombras y las luces, desde las que sondear por  sí misma su particular quinto camino.

Es una novela que nos invita a recorrer todo ese mundo aquí apenas esbozado,  en la que nos encontraremos  poesía en la sonora y rica prosa, tanto en emociones en las que acampa la tristeza: «desaparecieron la gracia y la armonía de la música para ser sustituidas por ruidos (…) los colores, por otro lado, eran tristes y apagados, casi no existían; me vi inmersa en un mundo de grises.», como en las que se esparce la alegría: «Las estaciones se suceden , traen y se llevan, cada una, su belleza (…) El verano se desliza entre música y cigarras, y nos parece todo joven y fiesta, alegría, y la alegría restalla  como el mar en las playas, y suenan las arenas» o el sentido de la vida en una compañía que no caduca, cuando se ha dado y recibido: «Yo no estoy sola porque he amado, he amado y he sido amada.»


© Rosa Campos Gómez



sábado, 26 de marzo de 2016

LA AUTOBIOGRAFÍA COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES


   Jesús A. Salmerón Giménez

                                 Meditación del autobiógrafo
¿Con cuál ficción me quedo para no ver lo que soy?
¿Qué otra mentira invento para justificar mi vacío?

No importan los testigos ni sus reproches:
La falsificación de mi pasado
me saldrá tan absurda que acabaré por creérmela.
                                               José Emilio Pacheco


Ilustración:   fariedesign.tumblr    Pinterest
A pesar del escepticismo de estos versos memorables del gran José Emilio Pacheco, la autobiografía es un género que frecuento a menudo, con fruición, sobre todo si son autores a los que previamente profeso una ferviente admiración, pero también cuando son personas humildes que han vivido hechos extraordinarios (como esa maravilla que es Historia verdadera de la conquista de la nueva España, escrita por el soldado Bernal Díaz del Castillo). En este género magnífico (o deleznable, según el autor, o según lo que nos cuenta) he leído algunos de los libros que más me han fascinado en mi vida. En mi juventud quedé impactado con ese libro inclasificable que es Las Confesiones, de ese hombre lleno de contradicciones que fue Jean-Jacques Rosseau; o el Tiempo amarillo (en honor a un verso de Miguel Hernández) del gran Fernando Fernán Gómez; o Mi último suspiro, las memorias del genial Luis Buñuel

Viene todo esto a cuento porque en las últimas semanas he leído las autobiografías de dos hombres extraordinarios, dos corrientes profundas –poderosas, cada una a su manera  de la literatura, de cuyo impacto todavía me estoy recuperando, y de las que dejo aquí (liviana) memoria:

James Salter (Nueva York, 10 de junio de 1925- Nueva York, 19 de junio de 2015) nos emociona desde una narración sigilosa, átona, casi distante, que despega suavemente y, sin previo aviso, alcanza el vuelo majestuoso de su prosa: se sublima y convierte en un bisturí afilado, preciso, destinado a desvelar su propia alma "hasta los extremos más delicados del pudor".
Como si sobrevolara por encima de ella, nos cuenta una vida pletórica de glamur y talento: militar en West Point, piloto de aviones de caza, viaja por todo el mundo, se acuesta con mujeres hermosas e interesantes, conoce a los tipos más duros, se bebe todo el whisky de USA y los viñedos de su amada Francia. Conoció a William Faulkner, Jack Keruoac, el general McArthur, Saint Exupéry, Bernard Shaw o Robert Redford... Pero también da voz y rememora –“tener memoria sólo de uno mismo es como venerar una mota de polvo”, nos dice a multitud de héroes y perdedores anónimos.
Como en sus maravillosos relatos, su prosa sobria, elegante, adictiva, teñida siempre de negra melancolía por un tiempo y unos hombres legendarios que han desaparecido para siempre, nos deja sin aliento hasta las últimas, luminosas líneas:
"El año termina, arriba las estrellas frías. La rodeo con el brazo. Un sentimiento de valor. Un gran deseo de seguir viviendo".


Per Olov Enquist (Hjoggböle, Skellefteå, 23 de septiembre de 1934)
"Digámoslo a lo grande: aunque en 2015 solo se hubiera publicado 'Otra vida', el año sería uno de los mejores de los últimos tiempos".
                                                                                     Javier Rodríguez Marcos 

Escritas en tercera persona, las memorias del novelista y dramaturgo sueco Per Olov Enquist te atrapan en su tremenda vida desde la primera línea. Es la historia más conmovedora que he leído en muchos años: una infancia de huérfano en una remota aldea sueca, educado por una madre pietista, obsesionada con la religión; en su juventud, fue deportista de élite, con casi dos metros de altura; periodista deportivo y autor teatral de renombre mundial (su obra La noche de las tríbadas se representó en Brooklin: la narración de su estreno –y fracaso- es memorable); trabajó en el cine con Bergman; fue comunista y alcohólico profundo (de los abismos del alcohol sólo logró salir con la escritura de esa obra memorable de la resurrección que es La biblioteca del capitán Nemo, que le regaló Otra vida, felizmente para él y para nosotros, sus lectores).
La autenticidad y talento de Per Olov Enquist nos deja perplejos. Un retrato de segunda mitad del siglo XX desde una óptica inaudita (las magistrales páginas dedicadas al mundo desde Nueva York a Berlín --Enquist vivió en Berlín la tensión de la Guerra Fría, en California las protestas contra Vietnam, y en Múnich el asesinato de los atletas israelíes durante los Juegos Olímpicos de 1972 --, están escritas con una sinceridad que nos deja confusos, desconcertados, no estamos preparados para ese aluvión de crudeza y autenticidad): la de un hombre nacido en septiembre de 1934 en Hjoggböle, una aldea a mil kilómetros al norte de la capital sueca, cuyas grandes influencias han sido Carlos Marx y su madre:
 "Hubo quien dijo que era valiente, pero solo estaba siguiendo el consejo de mi madre: ‘Si dices la verdad, Jesucristo te perdonará’. Dije la verdad y no sé si Jesucristo me perdonó, pero mucha gente me comprendió”.

 La deslumbrante inteligencia de estos autores, su honestidad, reluctantes a cualquier forma de vanidad o cinismo; su genuina generosidad, la agudeza y autenticidad de sus observaciones y retratos nos atrapan sin remisión: compartimos aprendizajes, reflexiones y experiencias sobre el oficio de vivir: “el más fascinante de los relatos, al que volvemos una y otra vez, en todos y cada uno de los libros”.

© Jesús A. Salmerón Giménez


jueves, 17 de marzo de 2016

VERSOS PARA EL DÍA... A DÍA


                                                                                                                     Rosa Campos Gómez


Paisaje de Cieza.      Fot.: Pedro Diego Gil López 

Podrían haber sido tantos,  pero hoy, DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA, se han acercado estos versos para compartir:

Josefina Soria
ES MI FIESTA Y LLORARÉ SI QUIERO 

Soñar es mi gran fuerza.
Mis sueños me protegen
con muros de coraje
para que no me rinda
o se alzan simulando
que en mi defensa acuden.
¡Ellos son tan dichosos!
Les basta
con una hebra de luna,
con un temblor de viento enajenado
para hacer que yo vuelva a enamorarme,
Dicen que ésta es mi fiesta
pero les he advertido
 que lloraré, si quiero.


Walt Whitman
HOJAS DE HIERBA (fragmento)

Creo que una brizna de hierba no es inferior a la jornada de los astros
y que la hormiga no es menos perfecta ni lo es un grano de arena...
y que el escuerzo es una obra de arte para los gustos más exigentes...
y que la articulación más pequeña de mi mano es un escarnio para todas las máquinas.
Quédate conmigo este día y esta noche y poseerás el origen de todos los poemas.
Creo en ti alma mía, el otro que soy no debe humillarse ante ti
ni tú debes humillarte ante el otro.
Retoza conmigo sobre la hierba, quita el freno de tu garganta.


Gabriela Mistral
CREO EN MI CORAZÓN (fragmento)

(...)
Creo en mi corazón, el que en la siembra
por el surco sin fin fue acrecentando.
Creo en mi corazón, siempre vertido,
pero nunca vaciado.
 (...)


Ana Ajmatova
LA TIERRA NATAL

No la llevamos en oscuros amuletos,
ni escribimos arrebatados suspiros sobre ella,
no perturba nuestro amargo sueño,
ni nos parece el paraíso prometido.
En nuestra alma no la convertimos
en objeto que se compra o se vende.
Por ella, enfermos, indigentes, errantes
ni siquiera la recordamos.

Sí, para nosotros es tierra en los zapatos.
Sí, para nosotros es piedra entre los dientes.
Y molemos, arrancamos, aplastamos
esa tierra que con nada se mezcla.
Pero en ella yacemos y somos ella,
y por eso, dichosos, la llamamos nuestra.



Miguel Hernández
CANCIONERO Y ROMANCERO DE AUSENCIAS (59)

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes. Tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes. Tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes. Tristes.



Francisca Aguirre
DESDE FUERA

¿Quién sería el extraño que quisiera
conocer un paisaje como éste?
Desde fuera, la isla es infinita:
una vida resultaría escasa
para cubrir su territorio.

Desde fuera.

Pero Ítaca está dentro, o no se alcanza.
¿Y quién querría descender al fondo
de un silencio más vasto que el océano?
Silencio son sus habitantes,
silencio y ojos hacia el mar.

Desde fuera
las aguas son caminos
—desde la playa son sólo frontera—.
¿Y quién sería el torpe navegante
que entraría en un puerto sin faro?

Desde fuera, los dioses nos contemplan.

Desde aquí, no hay un pecho
capaz de cobijarlos:
los dioses son palabras; con el silencio, mueren.
¿Alguna vez la isla fue distinta?

Quién lo puede saber desde el aturdimiento.

Sin palabras, sin dioses, Ítaca es sólo el mar.



martes, 15 de marzo de 2016

PIDO LA PAZ Y LA PALABRA. Mi recuerdo en el centenario del nacimiento de Blas de Otero.


                                                                                                      Jesús A. Salmerón Giménez

Yo doy todos mis versos por un hombre en paz.
                                                          Blas de Otero

                       No todo se ha perdido;
                               vienen
                       a mi memoria siempre tus palabras
                       —claras, afines, sonoras—
                       trayéndola, llevándola.
                                    Ángel González


 Han pasado cien años (15 de marzo de 1916-29 de junio de 1979), del nacimiento -en Bilbao, ¡Cuánto Bilbao en la memoria!- del poeta Blas de Otero, uno de nuestros más queridos líricos y quizás también de los más olvidados. Sin embargo, en estos tiempos convulsos -en una sociedad que vive procesos de regresión en materia de derechos humanos, de protección social, de servicios públicos...-, necesitamos reivindicar al poeta implicado en esas preocupaciones, al poeta que estuvo ahí en los tiempos más duros, en la edad de hierro, en los días de plomo..., Necesitamos reivindicar su figura más que nunca: Blas de Otero,  uno de los más grandes poetas en español del siglo XX, el que pidió  dos cosas esenciales para el hombre, y que ha acabado siendo la divisa de su obra poética: la paz y la palabra. Como escribió Umbral: «Porque tú has conseguido meter a todo el pueblo en un endecasílabo y meter en un puño a los de siempre».

El lenguaje de Blas de Otero, sencillo, claro, conmovedor, sostiene una poesía lúcida y profunda, que obra el milagro de convertir el relato lírico y desgarrado de sus recuerdos en nuestra memoria, fundiendo literatura y vida (“yo quiero averiguar cómo se salva la distancia entre la vida y los libros”) y lograr que los paisajes de la patria  (¡pura y terrible!) se queden tatuados en la mente del lector: sus versos (broncos, sonoros, auténticos) atraviesan (y conturban) de costa a costa -desde el Atlántico al Mediterráneo- las venas abiertas de España.

En aquel tiempo de silencio, no calló (¿Quién puede hacer callar a un poeta?): alzó la voz que había perdido en la maleza y logró con su palabra el prodigio anhelado de  "parar a un hombre en medio de la calle", de habitar en el corazón del pueblo y hacerlo andar al ritmo poderoso e implacable de sus versos, de alentarlo en su lucha diaria, en la defensa de su dignidad, su libertad, su vida.

La palabra de Blas de Otero está tan viva como siempre y, a través de poemas impresionantes, permanece e ilumina (¡fieramente humana!) nuestra memoria, el transfondo poético, político y sentimental de la vida, nuestra vida.

A la inmensa mayoría

Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre
aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos su versos.

Así es, así fue. Salió una noche
echando espuma por los ojos, ebrio
de amor, huyendo sin saber adónde:
a donde el aire no apestase a muerto.

Tiendas de paz, brizados pabellones,
eran sus brazos, como llama al viento;
olas de sangre contra el pecho, enormes
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.

¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces
en vuelo horizontal cruzan el cielo;
horribles peces de metal recorren
las espaldas del mar, de puerto a puerto.

Yo doy todos mis versos por un hombre
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso,
mi última voluntad. Bilbao, a once
de abril, cincuenta y uno.
                                         Blas de Otero


© Jesús A. Salmerón Giménez



lunes, 14 de marzo de 2016

MURALLAS ALIENANTES Y DISTOPÍAS

 Rosa Campos Gómez

«El retirarse no es huir, ni el esperar es cordura cuando el peligro sobrepuja a la esperanza.»
                    Miguel de Cervantes


1
Ni muertos por fanatismos religiosos  de cualquier signo, ni muertos por hambres  de poder de cualquier sigla  quiero. Y no quiero que los políticos que me representan  decidan actos  que vayan contra la dignidad del ser humano, permitiendo que pase hambre y no tenga techo que le refugie del frío y de las inclemencias del tiempo. No lo quiero.

Hay unas palabras que me vienen en forma de canción escritas por el poeta cubano Nicolás Guillén:

LA MURALLA
Para hacer esta muralla,
tráiganme todas las manos:
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Ay,
una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte.
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—Una rosa y un clavel…
—¡Abre la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—El sable del coronel…
—¡Cierra la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—La paloma y el laurel…
—¡Abre la muralla!
—¡Tun, tun!
—¿Quién es?
—El alacrán y el ciempiés…
—¡Cierra la muralla!
Al corazón del amigo,
abre la muralla;
al veneno y al puñal,
cierra la muralla;
al mirto y la hierbabuena,
abre la muralla;
al diente de la serpiente,
cierra la muralla;
al ruiseñor en la flor,
abre la muralla…
Alcemos una muralla
juntando todas las manos:
los negros, sus manos negras,
los blancos, sus blancas manos.
Una muralla que vaya
desde la playa hasta el monte,
desde el monte hasta la playa, bien,
allá sobre el horizonte…


Me temo que no es la muralla que anhelaba N. Guillén la que se está construyendo; la poesía de la vida… qué desgracia si la relegamos al olvido. Y si convenimos con María Zambrano, cuando dice que «las utopías nacen solamente dentro de aquellas culturas donde se encuentra claramente diseñada una edad feliz que desapareció», qué tragedia si vamos cercenando el espacio donde edificarlas.
Sí a las murallas «juntando todas las manos». No a las murallas alienantes, no a las distopías. 

...

1. De El Roto. Viñeta publicada en el  periódico El País (13/3/2016).
...
Para pensar:

Una activista danesa, multada con 3.000 euros por ayudar a refugiados a llegar a Suecia,                                                                                                                                                    en el siguiente enlace: http://www.europapress.es/internacional/noticia-activista-danesa-multada-3000-euros-ayudar-refugiados-llegar-suecia-20160312031828.html


© Rosa Campos Gómez

lunes, 7 de marzo de 2016

LA VERDAD DE BERTA CÁCERES

                                                                                Rosa Campos Gómez

«La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua.»                                                                                                                       Miguel de Cervantes
                                                                                                    


Duele la vida que han truncado de Berta Cáceres, como la de todos sus compañeros que defienden su tierra y su identidad (muertes que la activista hondureña denunció pocos días antes de que fueran a por ella). Como la de quienes han sido víctimas de tanta ignorancia, de la mala,  mortífera, que no se queda en su recinto sino que sale a aniquilar cuanto toca, como si fuese dueña de los latidos de los corazones sanos.

Escribió  Freud que «el amor y el trabajo son los pilares de nuestra humanidad», y en otra ocasión,  en respuesta a una pregunta que le hicieron a cerca de donde estaba la constatación de la cordura, vino a confluir en lo mismo, que  la única medida que conocía para saberlo  estaba en si la persona amaba y trabajaba.

Amar y trabajar, en sus máximas expresiones  y conceptos, fue lo que hizo esta gran mujer, llena de arrojo, defensora de comunidades indígenas que han sido tradicionalmente empobrecidas y excluidas. Que trabajó arduamente y sin tregua porque se oyera la demanda de justicia, respeto y dignidad de su pueblo.   La cordura  habita en quien defiende los Derechos Humanos y  los de la Naturaleza, la locura (en el sentido más alienante, y excluyente de toda poesía) está en quienes destruyen la vida, las vidas, como han hecho (a un día de cumplir los 43 años), con la de esta necesaria líder indígena, mas seguirá entre nosotros con una presencia indestructible y perenne, amando y enseñando a amar con esa verdad que nos vincula y nunca se quiebra.




Berta Isabel Cáceres Flores (4 de marzo de 1973 - 3 de marzo de 2016, La Esperanza, Honduras),  perteneciente a la comunidad Lenca, activista del Medio Ambiente y feminista, cofundó en 1993 el Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), para luchar contra la privatización de los ríos y los proyectos de presas hidroeléctricas de privatización de los inversores internacionales.

Quería la paz (rechazó la creación de bases militares extranjeras en territorio hondureño), y defendió que a las gentes de su pueblo les perteneciera el suelo de su pueblo (denunció la expropiación de sus territorios y las carencias en los sistemas de salud y agrícola). Sabía el valor de la tierra en libertad.




En abril de 2015 recibió el Premio Medioambiental Goldman, el máximo reconocimiento mundial para activistas del Medio Ambiente (conocido también como el «Nobel Verde»), y al recogerlo dijo:

«En nuestras cosmovisiones somos seres surgidos de la tierra, el agua y el maíz. De los ríos somos custodios ancestrales el pueblo Lenca, resguardados además por los espíritus de las niñas que nos enseñan que dar la vida de múltiples formas por la defensa de los ríos es dar la vida para el bien de la humanidad y de este planeta.

El COPINH, caminando con otros pueblos por su emancipación, ratifica el compromiso de seguir defendiendo el agua, los ríos y nuestros bienes comunes y de la naturaleza, así como nuestros derechos como pueblos.

¡Despertemos! ¡Despertemos Humanidad! Ya no hay tiempo.

Nuestras conciencias serán sacudidas por el hecho de solo estar contemplando la autodestrucción basada en la depredación capitalista, racista y patriarcal.

El Río Gualcarque nos ha llamado, así como los demás que están seriamente amenazados. Debemos acudir.

La Madre Tierra militarizada, cercada, envenenada, donde se violan sistemáticamente los derechos elementales, nos exige actuar.

Construyamos entonces sociedades capaces de coexistir de manera justa, digna y por la vida.

Juntémonos y sigamos con esperanza defendiendo y cuidando la sangre de la tierra y los espíritus.

Dedico este premio a todas las rebeldías, a mi madre, al Pueblo Lenca, a Río Blanco y a las y los mártires por la defensa de los bienes naturales.»

Que la fuerza de su amor a la Naturaleza, a todo lo bueno que contiene, cale en cada una de las personas que la habitamos, para construir «sociedades capaces de coexistir de manera justa, digna y por la vida».


© Rosa Campos Gómez