domingo, 28 de febrero de 2016

CELEBRACIÓN DE MONTAIGNE EN EL PASEO RIBEREÑO DE CIEZA

                                                                                                     Jesús A. Salmerón Giménez

En memoria
"Cada hombre lleva en sí la forma entera de la condición humana”.
Un día como hoy nació Michel Eyquem de Montaigne (28 de febrero de 1533 -13 de septiembre de 1592 -59 años-).

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Ayer, en un delicioso día que no logró turbar el inmisericorde viento, con el fondo único del mosaico que componen las flores de los árboles frutales (melocotoneros, ciruelos...) de la huerta de Cieza y el rumor de las aguas del río Segura, hablaba con mi amigo Javier Díaz Molina sobre el genial bordelés que se encerró famosamente en su torre circular con las paredes rebosantes de libros y las vigas del techos cubiertas de citas en latín.  Y ambos coincidíamos en que Los Ensayos iluminan nuestro tiempo, y nos siguen proporcionando conocimiento sobre la naturaleza humana. Y es que no se puede comprender la cultura occidental sin el pequeño gran Gascón, pero, lo que para Javier y para mí es todavía más importante, la lectura de sus Ensayos constituye un regalo para el alma del lector, un placer extraordinario. Hoy, en el día del aniversario de su nacimiento, como humilde y emocionado recuerdo dejo aquí espigadas algunas frases y reflexiones que, a lo largo de los años, han ido haciendo mentes (notoriamente) más conspicuas que la mía sobre Montaigne, cuya obra continúa siendo la  base sobre la que novelistas, ensayistas y poetas siguen creando su discurso personal y colectivo:

MUÑOZ MOLINA: "A Montaigne se llega por primera vez en un cierto momento de la vida y ya está volviendo siempre, o llegando siempre, porque siempre tiene algo de inédita bienvenida".

ORSON WELLS: “Lo leo como otra gente lee la Biblia: abro mi Montaigne y leo una página o dos, al menos una vez por semana, por placer, sin más. Para mí, no hay mayor goce en el mundo”.

STEFAN ZWEIG  "Es en esta hermandad de destino cuando Montaigne se convierte en mi hermano indispensable, en mi amigo, mi amparo y mi consuelo, pues ¡qué desesperadamente parecido es su destino al nuestro!”.

JOSEP PLA: «No me canso de leer los Ensayos de Montaign. Paso con ellos horas enteras, de noche, en la cama. Me producen un efecto plácido, sedante, me dan un delicioso reposo. Encuentro en Montaigne una gracia casi continua, llena de incesantes e inagotables sorpresas. Una de ellas proviene del hecho de que Montaigne tiene una idea muy precisa de la insignificante posición del hombre en la tierra».

FLAUBERT: "Leed a Montaigne...Os tranquilizará".  "Leedlo para vivir".

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1. Fotografía  de la torre de Montaigne en Saint-Michel-de-Montaigne.

© Jesús A. Salmerón Giménez

martes, 23 de febrero de 2016

AURELIO GUIRAO, POETA, PINTOR... (AUSENCIA NO AUSENTE)

                                                                                                                 
                                                                                                           Rosa Campos Gómez


20 años se cumplen de la ausencia de Aurelio Guirao (7 de marzo,1940- 23 de febrero,1996), poeta, profesor,  creador polifacético que abarcó, además de los citados, mundos distintos y no distantes de las artes como la pintura, el teatro y el cine. Fue un gran humanista,  integrante del Grupo de Literatura La Sierpe y el Laúd en el que dejó una huella de maestro,  imborrable.


En las solapas de la cubierta de "OBRA COMPLETA(1996) encontramos una concisa  a la vez que bien detallada biografía de su vida y obra.


Nació y murió en Cieza,  vivió más dentro que fuera de esta ciudad amada que guarda tesoros culturales (aunque no siempre sea consciente de ello) como el que envuelve la actividad varia, rica y erudita "aureliana". 

Quien conoce su poesía se descubre ante ella, pero este conocimiento necesita ser más extendido (los buenos poetas   lo son porque  su obra lo es,  porque ésta resiste y persiste en  el tiempo y porque ha tenido la suficiente divulgación  para que su enormidad cale y perdure).

Podríamos decir mucho más de Aurelio, mas hay compañeros(1) que lo hacen excelentemente en este aniversario, por lo que aquí, en este mínimo homenaje, mejor escuchamos a través de la lectura lo que él nos dice en esta breve selección  de poemas en los que el dolor y el placer de la carne se enhebran, ya sutil ya estruendosamente, con el placer y el dolor del alma, para ofrecernos un  ardiente y sincero tejido poético de vida:


YO, que te hubiera dado casi todo
porque saborearas los paisajes profundos
que la luz extendía por mi lengua,
 yo, que hubiera abjurado de seguros,
necesarios apoyos de mi vida
por palpar con tus dedos
y tus labios
 el palpitar robusto de unos jóvenes cuerpos,

yo, que hubiera brillado
 un espejismo virgen
en tu diamante turbio,
 envejecido,

 yo, que te hubiera dado quizás hasta mi alma,

avaro de mis dones, cierro ahora la mano.
Mis dedos
en la palma
 aprietan los regalos:
Dispongo de mí mismo, salido finalmente de otra carne,
 dispongo de mis días en mansa luz colgados,
 puedo palparme,
a solas,
 hasta alcanzarme dentro.

 Cierro los dedos. Cuento mis tesoros,
Y herido, por ti herido,
en este puño
 me vivo más que nunca jamás me hube vivido.
 Lo aprieto fuertemente hasta sentir dolor.
                                                          Y nunca
                                                          estuve tan desnudo,
                                                          pobre,
                                                          solo.

                                           Ceguedad de la carne (1982).




CERRADA la ventana,
apagados la luz,
el aire,
 el tiempo,

 la familia,
el decoro,
la honra,
 y Dios.

Ya lo he cerrado todo,
amor,
menos los brazos.

                             Ceguedad de la carne (1982).    




                            De Bussy,
                     “Clair de Lune”.                                                                                                           A orillas del Segura.
                        
Con el peso entregado
 encima de mi pecho,
buscabas por encima de mis hombros
 la luna sobre el río,

 un viaje sin puntas
rielando a nuestro alcance,

una instantánea viva
 para fijar el tránsito de besos.

Oscura estaba el agua
como arena escapada entre sus manos. No advertías
que la luna era un surco rezumado en tu frente,
rielador en los chorros de tu sudor espeso,
que había yo abrazado los ríos de la noche
y por todos viajaban cien lunas en mi boca.

                                        Las horas no enterradas (1990).



PISAD ENTRE MIS HUELLAS

No me hagáis mucho caso
 ni piséis en mis huellas.
Por el mundo he pasado
 siempre rompiendo los búcaros de vidrio,
 las miradas profundas,
los espejos,
 los temblores del agua.
No os rebanéis los pies
en los mismos errores que yo esparcí en la senda
de tejos cortantes.
Ya no podrías ir a ningún sitio.

Pisad entre mis huellas.
Si encontráis algún verso con calas,
si espigáis una imagen hermosa,
desgajadlos del resto cenceño del mensaje
gozadlos sin hartura.

 Pero insisto:
 no le hagáis mucho caso
 a quien ha disfrutado de la desdicha.

                                Revista de literatura La Sierpe y el Laúd nº 11 (1995).





                     “No tenía necesidad de ti,
                                        ni de nadie,                                                                                                                               pues Dios lo tiene todo”
  
Dios lo tenía todo.
Y todo lo que Dios tenía era bueno.
Y, aún teniéndolo todo, hizo al hombre,
 un absceso engreído lustroso de pecados.

Dios lo tenía todo.
 Casi todo.

Le faltaba el aplauso inteligente.

                                     Creación de la culpa  (1980). 





Y escuchamos al autor que nos ocupa a través de la lectura  de los magníficos dibujos y collages que ilustran
 Monografía de Aurelio Guirao (que contiene el poemario Trizas), cuya portada (del ejemplar del que he tomado las imágenes) he querido compartir en su estado actual (es el que deseo para todos los libros buenos) porque nos dice que su dueña, poeta, amiga y compañera de La Sierpe  y el Laúd,  ha sabido leerlo y releerlo…, respirarlo:







                                                                                 

Aurelio Guirao hoy nos sigue diciendo su amor y su dolor, su pasión en y por
 la vida.




...


Esta noche: Charla-Tertulia con amigos del poeta, esperamos que sea un buen momento para el conocimiento de su perfil humano y la reivindicación de su legado literario. Contaremos para dicho acto con la colaboración de quienes lo conocieron y compartieron amistad y tiempo de inquietudes culturales:  Ángel AlmelaCarmen Carrillo, G. TortosaLibanio da Silva y Bartolomé Marcos.





Cubierta extendida   de la plaquette que contiene los  20 poemas elegidos  por amigos y compañeros del poeta.
Entre los colores que gustaban a Aurelio estaban el lila y el blanco (ambos en la cubierta), el blanco con su quieta y elegante luz, el lila derramado  como un buen vino sobre sus apasionadas ideas.


...

(1) Revista La Galla Ciencia:  HOY FIRMA: PASCUAL GÓMEZ YUSTE. "Aurelio Guirao eterno" 

Enlace: Recordando a Aurelio Guirao        

Más información en LA SIERPE Y EL LAÚD

 (Actualizado el 25/02/2016)



© Rosa Campos Gómez



EL 23-F, 35 AÑOS DESPUÉS. UN RECUERDO PERSONAL

                                                                                                
                                                                                      Jesús A. Salmerón Giménez

El día que las fuerzas más oscuras de este país, que se nutren del odio y la destrucción que perduran siempre en la entraña de esta España parda y hosca, como víboras en la charca pútrida, se desataron y otras vez volvieron a aflorar los espadones decimonónicos, los atrabiliarios bigotes y tricornios, y otra vez  tomaron con chulería e impunidad el Congreso, y de nuevo un país entero, con los cojones en la garganta, fue rehén de la intolerancia y el fanatismo…, estaba yo departiendo con mi amigo El Sevillano en la plaza de abastos de Cieza, en la lonja, en la que él trabajaba a sueldo de sus tíos, como aprendiz de asentador de frutas y hortalizas (oficio y negocio al que se dedicaría los próximos treinta y cinco años), como antaño hiciera mi abuelo -el que fue alcalde accidental de Cieza- con el suyo –fundador de la noble dinastía de lonjeros-, según contaba la fuente viva de su padre, que decía emocionarse al vernos hablar como otrora Lorenzo El Marrají y  Pascualico El Pata, prueba irrefutable del mito del eterno retorno, o de la continuidad y repetición del mundo en los pueblos, en los que perduran los mismos oficios y las mismas familias de siempre, desde tiempos inmemoriales, como en la nunca extinguida del todo Edad Media, en la que el ritmo de la vida lo marcaba el paso circular de las estaciones, y el tiempo de cada día  transcurría pausado, manso en las agujas de los relojes de sol o en las campanas de las iglesias, y la gente no se alejaba de sus comunidades si no era en la leva de soldados, como carne de cañón.
 

Allí estábamos los dos, en nuestra tertulia de siempre, que, a pesar del tiempo que transcurriera, reanudábamos invariablemente en el punto donde habíamos dejado la anterior, y ya versara el tema de mujeres o política (los más habituales), siempre punteábamos de risas y chascarrillos la conversación, sin que nos incordiaran la interrupciones de los agricultores o el trasiego de cajas de frutas y verduras, que, ayudándose con la carretilla, llevaba a cabo mi amigo Lorenzo (tan alto como yo -con la misma tendencia a inclinar levemente los hombros: al igual que Félix, también de la misma altura: cuando andábamos juntos, aunque esos tiempos ya habían quedado atrás, dando vueltas en la Plaza de España, centro neurálgico del ligue en Cieza, nos apodaban, en un guiño con mala uva al nombre de un famoso trío musical suramericano, Los Gansos). Pero aquel día todo fue diferente, su padre vino trastornado adonde estábamos: “que han dao un golpe de estao, y han tomao el Congreso, lo acabo de escuchar en la radio. Cierra el puesto y vamos para la casa, hijo. Tú, Jesús, haz lo mismo”. Cuando asomó una media sonrisa irónica en nuestros labios jóvenes, no maleados todavía por la vida: el viejo Marrají, casi colérico, nos dijo: “pero ¿sois tontos? ¿No sabéis lo que estos hjoputas os pueden hacer? Anda, dejadlo ya, y cada mochuelo a su olivo”. Y no sabía la razón que tenía. Según me contaría días después un amigo, que se encontraba en el otro lado de la frontera ideológica pero en el mismo lado del río en la amistad, mi nombre estaba escrito (“temblando en un papel”) en una lista que habían confeccionado (con fruición) los fachas locales, quienes habían sacado sus herrumbrosas pistolas de nadie sabía dónde y  acudido con ellas a la casa cuartel de la Guardia Civil para ofrecer sus (siniestros) servicios.

No puedo contar, como tantos españoles, nada heroico de aquella sórdida noche. Cometí el error (o tal vez fuera una suerte) de acudir a mi casa, pues ya no pude salir de allí: mi madre se atravesó en la escalera, aún recuerdo su noble rostro, en ese momento desencajado, como una heroína de cine mudo, impidiendo que partiera su hijo a una muerte segura; y a pesar de mi decidida oposición (estoy imaginando algunas sonrisas), me dijo que sólo saldría a la calle por encima de su cadáver. Y al final di mi brazo a torcer, y llamé por teléfono a algunos amigos que se habían quedado también en sus casas -otros, más valientes, se encontraban merodeando por las calles, aunque también desorientados y temerosos, sin saber bien qué hacer; y algunos de los concejales socialistas del Ayuntamiento se habían ido a enterrar los archivos a la Atalaya, otro tesoro inhumado en la montaña sagrada. Ahora, muchos años después, recuerdo esa noche funesta, que estuvo poblada de tantas incertidumbres, con restos de terror y angustia, pero también con un asco extremo, visceral, por todos los salvapatrias, los canallas que, armados de sus pistolas y su rancia ideología, han pisoteado secularmente a las gentes de este país, enemigos sempiternos de la libertad y de la alegría. Y soy consciente de que, si se llega a triunfar el golpe, en este país se hubiera producido una nueva masacre, otro de los terribles holocaustos que tan regularmente anegan de sangre el árido y devastado suelo de nuestra patria.

  © Jesús A. Salmerón Giménez


lunes, 22 de febrero de 2016

IN MEMORIAM: “ ESTOS DÍAS AZULES, Y ESTE SOL DE LA INFANCIA”

 Jesús A. Salmerón Giménez

Antonio Machado (Sevilla, 26 de julio de 1875 - Colliure, 22 de febrero de 1939) 

La fatalidad del destino le llevó, en aquellos últimos días de la vida del poeta Antonio Machado, a morir en el exilio y a convertirse en símbolo de aquella terrible diáspora española. En Collioure, aquel hombre esencialmente bueno y extraordinario poeta, fue acogido por la gente sencilla con una conmovedora generosidad y calidad humana (¡qué lejos de la deplorable actitud de los dirigentes franceses de aquella época, que nada hicieron para ayudar al gobierno legítimo de la República española!). Su hermano José sería el mejor cronista de aquellos último días, “Él desveló su último verso —escrito a lápiz en papel arrugado: “Estos días azules y este sol de la infancia…”—, su último deseo (“Me dijo señalando a una de las humildes casitas de los pescadores que había en la playa: Quien pudiera vivir tras una de esas ventanas, libre ya, de toda preocupación”) y acaso su última voluntad: ser enterrado en aquel pueblo marinero mientras continuase la guerra”. Setenta y siete  años después de su muerte  el inmenso poeta está más vivo que nunca y nos dejó mucho para celebrar: un espejo de los españoles íntegros, un ejemplo humano (y político) imborrable, y un modelo literario (“que nos enseña que el mejor modo de ser profundos es ser comprensiblesPrados), sin el que no se entendería la lírica contemporánea y, lo más importante, unos libros que se leen con perdurable emoción.

Como modesto homenaje, dejo aquí un florilegio en el que algunos poetas expresan líricamente los sentimientos que les inspiró la muerte del poeta exiliado.


CAMPOSANTO EN COLLIOURE
Ángel González

Aquí paz,
y después gloria.

Aquí,
a orillas de Francia,
en donde Cataluña no muere todavía
y prolonga en carteles de «Toros à Ceret»
y de «Flamenco's Show»
esa curiosa España de las ganaderías
de reses bravas y de juergas sórdidas,
reposa un español bajo una losa:
paz
y después gloria.

Dramático destino,
triste suerte
morir aquí
—paz
y después...—
perdido,
abandonado
y liberado a un tiempo
(ya sin tiempo)
de una patria sombría e inclemente.
Sí; después gloria.
Al final del verano,
por las proximidades
pasan trenes nocturnos, subrepticios,
rebosantes de humana mercancía:
manos de obra barata, ejército
vencido por el hambre
—paz...—,
otra vez desbandada de españoles
cruzando la frontera, derrotados
—...sin gloria.

Se paga con la muerte
o con la vida,
pero se paga siempre una derrota.

¿Qué precio es el peor?
Me lo pregunto
y no sé qué pensar
ante esta tumba,
ante esta paz
—«Casino
de Canet: spanish gipsy dancers»,
rumor de trenes, hojas...—,
ante la gloria ésta
—...de reseco laurel—
que yace aquí, abatida
bajo el ciprés erguido,
igual que una bandera al pie de un mástil.

Quisiera,
a veces,
que borrase el tiempo
los nombres y los hechos de esta historia
como borrará un día mis palabras
que la repiten siempre tercas, roncas.



ONDAS DE RADIO (fragmento)
Raymond Carver

Entonces, Machado, ¡su poesía!
Era como un hombrecillo mayor que se vuelve
a enamorar. Una cosa digna de observar,
y embarazoso, además.
Y llevo tu libro a la cama conmigo
y me duermo con él a mano. Un tren pasó
en mis sueños una noche y me despertó.
Y lo primero que pensé, el corazón acelerado
allí en el dormitorio a oscuras, fue esto:
Todo es perfecto, Machado está aquí.
Entonces me volví a dormir.
Hoy llevé tu libro conmigo cuando salí
a dar mi paseo. «¡Presta atención!» -decías,
cuando alguien preguntó qué hacer con su vida.
Conque miré alrededor y tomé nota de todo.
Luego me senté al sol, en mi sitio
de junto al río desde donde puedo ver las montafias.
Y cerré los ojos y escuché el sonido
del agua. Luego los abrí y me puse a leer
«Abel Martín».
Esta mañana pensé mucho en ti, Machado.
Y espero, incluso cara a lo que sé de la muerte,
que recibirás el mensaje que pretendo enviarte.
Pero está bien aunque tú no lo recibas. Que duermas bien.
Descansa. Antes o después espero que nos veamos.
Y entonces yo podré decirte estas cosas directamente.


EL “WINNIPEG” Y OTROS POEMAS
Pablo Neruda

La guerra civil –e incivil- de España agonizaba en esta forma: con gentes semiprisioneras, acumuladas por aquí y allá, metidas en fortalezas, hacinadas durmiendo en el suelo sobre la arena. El éxodo rompió el corazón del máximo poeta don Antonio Machado. Apenas cruzó la frontera se terminó su vida. Todavía con restos de sus uniformes, soldados de la República llevaron su ataúd al cementerio de Colliure. Allí sigue enterrado aquel andaluz que cantó como nadie los campos de Castilla.


COLLIURE, FEBRERO
Francisco Giner de los Ríos

Detrás del Canigou de azul y nieve
me llamaban los cerros españoles
y yo soñaba aviones en Toulouse
o barcos por las costas de Levante
que llevasen a tierras de Castilla.

Pesaban la amargura y la derrota,
las horas del Perthus y la frontera,
pero aún no era desierto aquel desierto
de Vernet con sus prados y pinares,
sino tregua en la lucha no acabada.

Y de repente una mañana supe
-y su luz toda se nubló en los ojos-
que en Colliure, frente al mar, en el silencio,
se apagaba la sien de don Antonio
y el corazón de España se callaba.



AGONIA D’ANTONIO MACHADO
Salvador Espriu

Arran de l’amplitud vinc a morir,
en un tranquil rompent del mar antic.

Arribo de la por d’enllà dels cims,
d’on gossos folls rabent baven la nit.

S’emmirallaven alts cels cristal.lins
en el nascut a la vora d’un riu.

A frec d’un altre t’atures, respir,
just quan et pensen somnis massa prims.

Els teus cabells no semblaven de lli,
però ferien, amor, de tan fins.

Aviat ventres tous quedaven tips
de les engrunes de magres bocins.

Rengleres d’àlbers m’obren llarg camí,
em vaig perdent atret per llunyans brills.

Ocell d’abismes, fuig del vesc de nius,
de la foscor d’olives i raïms.

Jo, l’home bo, senzill, contemplatiu,
enmig de gent somric amb ulls petits.

Em llencen, en captar, paraules vils:
les torno d’or, cançons d’un poble trist.

Després de tant esforç, què vols de mi?
Sóc dalt del bot sense rems ni proís.

Anem-nos-en avui ones endins,
alliberats de carn i d’esperit.

No triguis, mare. Solcarem perill,

veurem el llot de l’ànima, la fi.


 © Jesús A. Salmerón Giménez