viernes, 4 de diciembre de 2015

LA FUENTE DEL REY


Pedro Diego Gil López

Hay una historia del agua oculta en la tierra, un relato de nacimientos y fuentes, de encauzamientos y entubados, de albercas y embalses; un discurrir humano, agrícola y provechoso, que ha ido dando luz a la vida y creando aquellas sabias costumbres que el tiempo  se ha ido llevando en la memoria de aquellas generaciones que las adoptaron para su supervivencia.  



No obstante, hablo de hermosos rincones, de huertas ya abandonadas, donde sobreviven prodigiosos vegetales, y no de esos latifundios de monocultivos que han invadido las grandes extensiones, artificialmente creadas, que se irrigan con aguas muy lejanas. Esta historia del agua, es una historia local, casi personal, que se amplía con vivos acontecimientos aún futuros. Es también el cuento de los granados perdidos, es la poesía de los membrilleros solitarios, esos relatos que aún dictan las frondosas higueras con las que soñaron nuestros abuelos en los tiempos del hambre, y sobre todo, son un auténtico compendio de vida capitulado en cada vieja olivera que subsiste, dando cada año su fruto, un mana para las aves. Es un resistir de olmo centenario, de acacias que rebrotan y rebrotan de sí mismas, o de esas carrascas que el hombre olvidó talar.  
                                                        
Es un discurrir de hilillos, un cúmulo de goteos que se van uniendo en la oscuridad a través de las rocas calizas y margas, que bullen entre la tierra hasta que surge el afloramiento, y se crea ese espacio húmedo, imposible ya de apaciguar, porque la vida lo alborotará para siempre. Quiero retener ese caño continuo, inacabable, como la luz, de despertares, soñando entre perspectivas acuáticas. Quiero llenarme las manos de agua, de esa agua recién nacida, y echármela a la cara. Lo haré siempre después de una larga caminata por esos iniciáticos lugares, donde un suave silencio es armonizado por ese chorro de agua dulce, que tamborilea sobre su alegre poza, escapándose por un aliviadero con un sonido de castañuelas, para correr al compás por aquella aflautada cañería de barro antiguo, que llega a un final, con un acorde de alberca. Quiero beber esa sinfonía del agua y saciar mi sed humana.     
                               

Aquí estoy, junto al chorro de agua fresca. Allí me encuentro ya, ¡hace tanto tiempo! Estoy en ese continuo discurrir, en una tierra verde de abundancia, con el objeto de la plenitud en la frente, aclarando la vista para contemplar los duros entornos, a la par que se diluyen las gotas que salpica el agua. Me encuentro con la mente en blanco, esperando una motivación para definir, nada menos, que el trascurrir de la vida, tratando de verle un sentido implícito. Un sentido que solo el agua puede darme, pero que, a la vez, escapa, sin que pueda retenerlo, y como el agua, continua diluyéndose en el inicio de la idea y, así, se lleva mis pensamientos, como una hoja seca que cae sobre la corriente.     
                            

Estoy sentado al borde de esta alberca con un fondo de algas esmeraldas, y esto es lo que presiento, me alegro de ello, soy sincero conmigo mismo, estoy en un manantial eterno. Aquí podría morir y no sentiría la muerte, porque un croar de ranas, perfecto, no para de invitarme a vivir. Estoy en la Fuente del Rey, como suena.
     ¡Fuente, un rey me siento! exclamo.
El enorme murmullo del agua  viene de un pozo en galería con lumbreras, excavado en tiempos inmemoriales, y brota como la más fresca de las fragancias naturales. Surge a unos cien metros, aproximadamente, bajo una viva roca, que escurre el líquido hasta un charco. Este depósito natural se colmata y el líquido no para de emerger. El hombre la canalizó a escuadra, le dio luz, y el agua le dio vida al hombre; a ese yo perpetuo, continuo, que ha saciado su sed milenaria, su angustia primitiva, la avaricia de su alma y con la que ha mitigado sus miedos.
Así discurre el tiempo, aquí, como chorrea el agua, en estos espacios que aún hay que descubrir. Lástima que no podamos acumularlo el tiempo cómo las albercas hacen con el agua. Se nos va de las manos, vuela. Solo podemos beberlo, como el agua, hasta ahogarnos en él. 

¿Cuánta agua bebí de estas fuentes? Chorros de agua que discurren por mí  como yo por la vida. Aquí sentado en el borde de esta alberca, junto a la encina inspiradora.  ¡Cómo pasa el tiempo! Aquí estaré hasta que la tierra lo oculte todo y todo se vuelva del revés. Cuando este manantial se oculte, yo estaré aún aquí para volver a escavar y descubrirlo. Un hecho repetitivo, uniforme, prolongándose en el tiempo y en la vida de los hombres que se perpetúan a sí mismos, uno tras otro, aquí sentados, en los siglos, contemplando quizás el mismo paisaje y pensando lo mismo, mientras el agua armoniza la vida con sus murmullos.       
Aquí beberán esos asnos cíclicos que llevan en sus grupas el mundo, se saciaran con el agua las cabras del futuro, se empancinarán los ciervos mientras ven la Luna reflejada en su alberca eterna. Todos los animales mitológicos tendrán aquí su idílico abrevadero del tiempo.  Y los pastores, sesgados por las costumbres del agua, seguirán remontando la vida, llevando a cuestas todas las voluntades humanas entre los pinares de la sierra. Soñaran, quizás, con un beso de agua, con  el agua de los besos que habrán de beber.



Esta es la fuente, de aquí salen los suspiros de las más naturales creencias sobre la vida, porque aquí se producen las mejores vinculaciones con el pensamiento, en forma de  connotaciones  esotéricas, y se fabrican las provocaciones humanas donde la imaginación consigue despegar de la oscuridad y volar. Es la fuente que habla, que dice que los sueños son esos ríos que el agua que bebemos genera, los que transitan en nuestra sangre, y de su riqueza se nutre nuestro cerebro. No puede ser de otra manera. ¿Qué porcentaje de agua hay en nosotros?... Seamos entonces del agua más pura. Habrá que respetar esas surgencias de agua que tan voluntariosamente demandamos. La gran calidad de nosotros mismos y nuestra pureza están en juego.     

Hoy he saltado de fuente en fuente, como en un juego, pero ha sido un juego truncado. Al llegar a una de ellas he sentido dolor, porque estaba muerta, tan muerta como su caño que baja de la sierra, tan agotada como el agua de su alberca, y no le he podido encontrar explicación. No hace tanto tiempo que sentí el chorro de vida de la sierra del Oro caer entre mis manos. No hace tanto que vi su gran alberca rebosando. Y el recuerdo, que aún ve brotar la frescura de unas aguas sin igual, hace que la realidad sea el producto más amargo de un presente, verdaderamente, preocupante. La fuente del Madroñal ya no produce su música, ni nos entrega tan bondadosamente su sinergia vital, y las causas tendré que buscarlas entre el cúmulo de desidias, enquistadas en nuestra absurda localidad, en nuestro fatal evolucionismo y nuestra inaptitud colectiva. Este es el reproche que empaña la visión de las fuentes y su historia, la pena de los entornos en este insensato presente. Sin embargo, vuelvo a saltar, para sentir la alegría del día, la necesito, y la Fuente del Rey prevalece, resiste y cierra aún ese círculo de vida, llegando al kilómetro diez de la carretera de Cieza a Mula, entre las curvas de un asfalto de otra época. Y podrá prevalecer dependiendo de nuestras manos, de nuestro tesón y solo de nuestro respeto, durante el tiempo que deseemos. 

© Pedro Diego Gil López 
   

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