lunes, 30 de noviembre de 2015

`EL BALCÓN EN INVIERNO´, DE LUIS LANDERO, PURA VIDA


Luis Landero, con su novela  El Balcón en invierno,  ha sido el ganador  de la X Edición del premio Dulce Chacón de Narrativa Española. Desde Notas revista cultural  le damos la enhorabuena, recordando las palabras que, a cerca de este autor extremeño y de la novela premiada escribió, en 
                 SIETE LIBROS DE ENERO (1) , Jesús A. Salmerón Giménez


Pura vida
Como sostiene nuestro paisano, y sin embargo gran crítico literario, J.M. Pozuelo-Yvancos: más que una novela, pura vida. De Landero leí  Juegos de la edad tardía en los años 90 ("Cuando de casi todo hace ya veinte años..."), y recuerdo que me gustó, pero que no me generó adherencia a su literatura (los caminos del lector son inescrutables...), craso error, sin duda porque sus obras, con poco que se aproximen a ésta, deben de ser magníficas. Con un estilo directo y ligero (pero,  experto alquimista de las palabras, conoce el  peso exacto de cada una de ellas, y cómo multiplican su valor en precisas y sabias combinaciones), nos asoma al balcón de la vida: sus años de aprendizaje entre la remota Extremadura rural de los 50 y el Madrid de los 60 (rompeolas de la emigración masiva del campo a la ciudad de aquellos años). Deja memoria de su vida y de la de sus mayores: gentes sencillas, pero prodigiosas; de unos tiempos sombríos, pero también mágicos: Cada recuerdo que destila su pluma es un portento, por como lo cuenta y por lo contado: debajo de su estilo sobrio y limpio, late la imaginación desbocada de su fantástica abuela Frasca, que le enseñó los arcanos y los ritmos de la narración oral.
Así termina, en uno de los mejores finales de libros que he leído en los últimos años:
"En cada instante, en cada frase, en cada pequeño acontecer, lo trivial y lo misterioso van a partes iguales. Eso es todo, y no hay más que contar. Un grano de alegría, un mar de olvido".

Luis Landero junto a su abuela Frasca


© Jesús A. Salmerón Giménez

sábado, 28 de noviembre de 2015

EL ORIGEN DE `El CAIMÁN´. UN RECUERDO DE JUVENTUD


  Jesús A. Salmerón Giménez
 Cuando los tres nos conocimos al inicio de nuestras vidas y, empujados por una fuerza desconocida, nos agarramos de la mano y juramos no separarnos nunca. Ninguno preguntó por la riqueza y las posesiones de sus nuevos amigos. Lo que buscábamos era el valor del corazón y de la mente y, sobre todo, aquel futuro tan atractivo que nuestra juventud nos ofrecía ante nuestros ojos”.                                                           Zola a Baille, 1860

En el verano de 1975, el dictador no se había convertido todavía en la terminal de una computadora (la lucecita que, en El Pardo, velaba por España sería barrida unos meses más tarde por el ventarrón de la Historia: algún rescoldo queda de aquellos años de infamia); en  el país, la llama del cambio político prendía en todos los corazones limpios y la inmensa minoría seguíamos la poderosa llamada de Blas de Otero, que decía más o menos así: “…recorre España, caminando o en tren, sal y entra en las aldeas, villas, ciudades, acodándote en el pretil de un puente, atravesando una espaciosa avenida, escuchando la escueta habla del labriego o el tráfago inacorde de las plazas y calles populares” (para nuestra generación, fue como el grito de Horace Greeley: “Vete al Oeste, joven”).

Yo, joven comunista, con ínfulas de literato, no me fui al Far West, sino a Orihuela, donde se encontraba la casa en la que nació y vivió el poeta Miguel Hernández, que habría de ser nuestro santo rojo: Allí sufrió Miguel persecución por la justicia e inició a su personal vía crucis: prisión (vejaciones, humillaciones y torturas), enfermedad y muerte.

La casa, una edificación sencilla y tradicional de dos plantas, con una pequeña explotación ganadera, está situada en los límites de la ciudad, junto a un risco, que se eriza detrás del patio, en el que nos emocionó ver la higuera que le sirvió de inspiración para su inmensa Elegía, y nuestra imaginación puso lo demás: los altos andamios de las flores y el pastor poeta apacentando sus cabras, ensimismado entre versos de Góngora y Garcilaso. En eso estábamos, cuando nos (este plural –aclaro- no es, desde luego, mayestático: incluyo en él a mis amigos –compañero (s) del alma, tan temprano- Félix y Lorenzo) alertaron unos ladridos, seguidos de unos gritos de Marcelino, el amigo que, junto a su hermano, de quien no recuerdo el nombre ahora (en puridad,  era quien nos había llevado en su coche, y había declinado el acompañarnos a la ritual visita a la casa: mejor distracción encontró en el Simca 1000 con su novia): un perro de dinamita, pequeño pero bravo, se le había anclado en el calcañar del pie derecho y, por mucho que lo intentaba, no soltaba su presa. Finalmente, soslayando los fieros gruñidos del chucho, pudimos separarlo de Marcelino, que, lívido por el susto, ofuscado, sólo alcanzaba a decir: ¿Es éste el perro de Miguel Hernández? El hombre que amablemente nos había franqueado la puerta de la casa (por aquel remoto entonces, la casa era de propiedad particular), le dio un vaso de agua; y así, con el susto de nuestro amigo, terminó nuestra visita. Sin embargo, aquella pequeña aventura habría de dejar indeleble huella en nuestros corazones, y se convertiría en el germen de una publicación mítica: El Caimán, cuyo primer número fue dedicado casi íntegramente al gran poeta oriolano (la revista, sólo tiene ahora cierta fama local, pero ¡esperad!, ¡esperad cien años, amigos, y veréis como alcanza gloria universal!).

Después de aquel viaje iniciático a la ciudad de los templos -de los que, con la ayuda de Neruda, se libró nuestro admirado poeta (“Me libré de los templos: sonreídme,/ donde me consumía con tristeza de lámpara/encerrado en el poco aire de los sagrarios”), para echarse de nuevo al monte (”a las viñas donde halla tanta hermana mi sangre”), tornamos de nuevo a aquella Cieza gris –ala de mosca- de la dictadura, cárcel en la que sentíamos encerrada nuestra juventud, aherrojados nuestros corazones, obliterada nuestra razón y, también, la acuciante sensación de que el tiempo se nos escapaba, para no volver.

El Caimán, en buena medida, fue el arma que utilizamos para despertar de aquella larga y atrabiliaria siesta del franquismo. Y pese a todo, en aquellos años jóvenes, nos creímos inmortales.
Enlace relacionanado: EL CAIMÁN, CUARENTA AÑOS DESPUÉS...

© Jesús A. Salmerón Giménez

jueves, 19 de noviembre de 2015

ACTIVIDADES DE LA P H `EL CARACOL´ ( FOLCLORE TRADICIONAL)


                                                                                                            Rosa Campos Gómez



Francisco Sánchez Ruiz, presidente de una asociación cultural -Peña  Huertana "El Caracol"- que ofrece unas marcadas diferencias con otras asociaciones ciezanas, revitalizando el folclore tradicional, ha tenido la amabilidad de respondernos a unas preguntas. 



    
Mas, antes de dar paso a la entrevista, diremos que entre los integrantes de esta peña y de las que han sido invitadas hay  adolescentes, jóvenes (predominan),  y  gente de más edad, pero con la juventud interior bien arraigada. Verles bailar con vaqueros, con mallas, con camisetas... es uno de los ejercicios  visuales más estimulantes que he apreciado  últimamente. Bailan al ritmo de música de guitarra, laúd, violín, pandereta, castañuelas…, y al ritmo de las voces que dicen letras que movieron, conmovieron o hicieron reír a nuestros antepasados. Verles y escucharles representó para los espectadores una importante carga de energía, generada por la de ellos  que nos  parecía inagotable. 
Recordar la historia de la gente cercana  nos circundaba desde la alegría, dejando claro que vale mucho en la vida el  hacer cosas juntos, tener ese contacto, retomar la esencia de lo que nos une.


P. Asociación  Cultural "El Caracol"…  ¿Qué historia envuelve a la organización?
R. Desde hace años  nos mueve el interés por la divulgación del folclore de Cieza y de la Región de Murcia; la investigación de las tradiciones que están en el olvido, la participación en fiestas populares y tradicionales; y fomentar todo lo relacionado con la huerta y las costumbres. Estos son los principios sobre los que se basa la Asociación Cultural  Peña Huertana "El Caracol", una agrupación que nació en el año 2009 en Cieza. Su fundación respondía a la necesidad de recuperar tradiciones que se estaban perdiendo. Es una asociación sin ánimo de lucro y con carácter solidario, estamos ubicados en Cieza, Murcia.

 

P. ¿Con cuántos grupos o asociaciones  ponéis en pie todas estas actividades?
R. En cuanto a la organización somos nosotros los que la llevamos a cabo, luego participan once Asociaciones de Cieza (Bolilleras, Bordadoras, Artesanos del Esparto,) y de fuera como: Yecla, Santomera, Albacete, Riopar, Las Torres de Cotillas, Alicante…


P.  Cada año crecéis en admiración de espectadores, como hemos podido comprobar también en este VI Encuentro. La alegría y el asombro han llenado el espacio exterior  y el Aula Cultural de Cajamurcia. Ha sido una muestra nutrida y variada… Este año habéis incluido la presentación del libro  El BANDOLERISMO: incursiones carlistas en el Reino de Murcia.

R. Empezamos el día 7 con la presentación del libro, de  José Francisco  García Cerdán, miembro de esta asociación y Mª Jesús Ortiz López,  ambos de Fuente Álamo, Albacete. Está escrito sobre datos históricos y quiere reflejar las multitudes de historias y la vida de los bandoleros. Todos los años hacemos una jornada dedicada a las tradiciones como no podía ser de otras manera, el año pasado fue dedicada a dar un repaso sobre la música tradicional a lo largo de la historia.

Hemos hecho una exposición de enseres antiguos en la cual han participado los miembros de esta asociación mostrando objetos de sus familiares más antiguos.

Un encuentro de cuadrillas de música tradicional, que consiste en tocar por la calle y plazas agregándose a ellas todo el que quiera participar, después una actuación en el escenario donde dan muestra del folclore de su zona.
Juegos tradicionales, los más antiguos que jugaban nuestros antepasados, para los niños.



Concentración de coches antiguos a cargo del Automóvil Club Valle de Ricote, al que pertenecen coches de distintos pueblos de la comunidad y de fuera de ella.

Concentración de Bicicletas antiguas donde dos Asociaciones una de Yecla y otra de Santomera, nos mostraron una gran variedad de las mismas ataviados los conductores con ropa típica de esa época.
Varios artesanos del esparto de la localidad nos mostraron su gran habilidad en el hacer de los distintos enseres.
Las Bolilleras y Bordadoras de la Universidad Popular de Cieza nos hicieron una gran demostración y exposición de sus trabajos.

P.  ¿Cómo sufragáis los gastos que todo esto debe conllevar?
R. Con aportaciones de empresas de la localidad, entidades, Ayuntamiento y aportaciones de los socios.

P. Cuadrilla,  un nombre que asociado a la música nos es casi desconocido  a la mayoría de los ciudadanos,  y vosotros lo estáis actualizando  con estos encuentros ¿Hay alguna actividad  que, como cuadrilla,  tengáis pendiente además de las muestras anuales de folclore tradicional?
R. Nosotros actualmente no tenemos cuadrilla y aquí en Cieza tampoco existe, pero si pertenecemos a una de Albacete, donde tenemos muchas salidas, además acudimos y participamos en numerosos encuentros que se celebran tanto en Murcia como fuera de ella, así hemos estado en Segovia, Cuenca, toda la provincia de Albacete y Murcia.


P. ¿La asociación está abierta a nuevas  incorporaciones, o sois un grupo cerrado?
R. Esta asociación, como buena asociación cultural, está abierta a todo aquel que quiera contribuir con su trabajo a rescatar y fomentar todo lo relacionado con lo tradicional. Desde aquí hago un llamamiento para todo aquel que quiera unirse a nosotros que sepa que  tiene las puertas abiertas.

P.  Sé que por navidades hacen algo que les llena mucho, cuéntanos   sobre esta actividad.
R. Mi hija, mi mujer y yo pertenecemos a la Cuadrilla del Pelibayo, de Albacete, con la que salimos de “cuadrilleo” a hacer actuaciones por toda la provincia, también vamos a Segovia, Cuenca, Ciudad Real… En el mes de diciembre, todos los años la Diputación de Albacete organiza los Aguilanderos, cada año en  dos pueblos de los más pequeños al mismo tiempo, invitan a esa fiesta a todas las cuadrillas de Albacete y a alguna de Murcia, se canta y baila por las calles, pero lo más emotivo es cuando vamos a cantar y a bailar a la residencia de ancianos y lo hacemos junto a los más viejos y enfermos que nos lo agradecen con una sonrisa (hay que vivirlo). Otro plato fuerte es cuando visitamos las casas de las mujeres y hombres más ancianos del pueblo (algunos impedidos), les cantamos y bailamos en sus casas, sólo por verles las caras felices merece la pena. Ese día volvemos a casa llenos de felicidad y cariño, el que nos dan.



Rosa Ríos organizó la "Exposición de Enseres", en el Aula Cultural de Cajamurcia de Cieza
...




Vídeos, imágenes e información en:

jueves, 12 de noviembre de 2015

PAULINA REAL

Rosa Campos Gómez 



Se puede decir con precisión que es profeta en su tierra Paulina Real, pintora ciezana, licenciada en Bellas  Artes por la Facultad de Pontevedra, con estudios de  doctorado (UMC), y con una trayectoria de becas y de exposiciones tanto individuales como colectivas (Florencia, Gante, Nueva York, Miami, México DF, Cuba, Tánger y numerosas provincias españolas) que avalan su obra.

Y si es profeta en su pueblo, se debe sin duda alguna a que desde su pintura, que emana abstracción,  nos comunica algo que nos conmueve sumergiéndonos en los sentimientos más conectados a esa visión de lo interior del mundo que proyecta, alejándose de las representaciones miméticas de lo que entendemos por realidad de la naturaleza, utilizando un lenguaje plástico en el que el color, con formas absolutamente subjetivas,  es el  principal emisor.

Acrílicos y acuarelas son las técnicas principalmente utilizadas por esta creadora que, entre pinturas y diseños,  nos va dejando una estela personal y de primera y excelente línea artística en distintos fueros culturales locales (además de en otros más alejados) que enriquecen la visión de la expresión artística al alcance de todos, también en ámbitos religiosos que han tenido el buen gusto de incluir obra vanguardista en sus espacios.


Paulina Real no ha dejado de trabajar desde que  empezó a explorar el terreno artístico, en el que sigue abriendo horizontes, transmitiendo la energía de las formas, desde su concepción abstracta, a través de los juegos poéticos,  armónicos unas veces, transgresores otras, que el color, elocuentemente aplicado, pone de manifiesto. 

1
2
12
1 y 2. Una de las vidrieras de la iglesia de Santa Clara, Cieza (la otras fueron realizadas por distintos artistas locales), junto a la autora. Detalle de la vidriera.


3
3. Cartel del XXIV Festival Internacional de Folklore en el Segura, Cieza.



4

   4. Vidriera para la  iglesia de San Juan Bosco, Cieza. 


5

   5. Cartel anunciador del XVIII Premio de Poesía Aurelio Guirao, Cieza.



6.

6. Cartel Descenso del Cañón de Almadenes, 2015, Cieza.



Más en su web Paulina Real


© Rosa Campos Gómez

domingo, 8 de noviembre de 2015

ESTA LIBRERÍA ESTÁ ENCANTADA


                                                                                 Jesús A. Salmerón Giménez


Esta librería está encantada
por los espectros de tanta gran literatura
como hay en cada metro de estantería.
No vendemos baratijas, aquí somos sinceros.
Amantes de los libros: seréis bienvenidos
y ningún dependiente os hablará al oído.
¡Fumad cuanto queráis, pero usad el cenicero!
Busque, amigo, busque cuanto guste,
pues bien claros están los precios.
Y si quiere preguntar algo, hallará al dueño donde
el humo del tabaco se torne más espeso.
Compramos libros en efectivo.
Tenemos eso que usted busca,
aunque usted no sepa aún cuánto lo necesita.
La malnutrición del órgano lector es una enfermedad seria.
Permítanos prescribirle un remedio.
R. & H. MIFFLIN,
propietarios.
***
Después de haber leído hace unos meses (aún con el regocijo y la gratitud intactos en el recuerdo) La librería ambulante, me dispongo a leer la continuación de aquella delicia, debida también a la máquina de escribir de Christopher Morley. La primera fue publicada en 1917 y la segunda en 1919 (en los años de plomo  de la Primera Guerra Mundial, que pesan en la novela: «una causa realmente buena no debería exigir el sacrificio de millones de vidas inocentes»).

Y voy pasando las páginas de este prodigio de libro que ama los libros, que destila una inteligente y sensible continua incitación a la lectura: «mi librería es encantada por los fantasmas de los libros que no he leído...y solo hay una forma para poner a descansar a esos fantasmas de los libros: leyéndolos».

Las aventuras de Helen y Roger en La librería ambulante, road movie en la que los protagonistas viajan en el carromato «El Parnaso» (¡eso si que es una segunda residencia…con ruedas!) rebosante de libros, vendiéndolos por la campiña del suroeste norteamericano, en esta segunda entrega regentan la librería encantada, un «Parnaso en casa», situada en Brooklyn, con una actitud ética a prueba de libros: «Mi negocio, como puede ver, es muy distinto de la mayoría. Sólo vendo libros de segunda mano. Sólo compro libros que considero que tienen una razón honesta para existir. Mientras el juicio humano sea capaz de discernir, intentaré mantener mis estanterías libres de basura. Un médico nunca comerciaría con remedios de curandero. Yo no comercio con libros de charlatanes».

En esta ocasión además gravita poderosamente la Gran Guerra sobre la historia: Morley introduce en el argumento elementos de novela de espionaje en torno a la desaparición de uno de los libros de la librería, Cartas y discursos de Cronwell de Carlyle...


Y de nuevo caigo en el campo magnético de esos seres maravillosos que son Roger y Hellen: y de repente, el encanto, y ,aunque ya no estoy deslumbrado y la novela no alcance siempre el vertiginoso ritmo de cuando el Parnaso iba sobre ruedas, el amor  a la naturaleza y a la cultura, a los libros y a la humanidad, siguen ahí perdurables y asombrosos, esperando a que el lector abra el libro para regalarle un gramo de alegría, un mar de entretenimiento.

© Jesús A. Salmerón Giménez

jueves, 5 de noviembre de 2015

EL CASÓN DEL MOJÓN BLANCO


                                                                                                                  Pedro Diego Gil López

El casón del Mojón Blanco es otro lugar donde el abandono humano ha logrado crear un espacio singular. Esta vivienda soterrada, se encuentra a orillas de una poderosa rambla y tiene  una fachada vertical, como la de un edificio, escavada una cuña en la ladera del monte que la alberga. Presenta una holgada puerta, algo descabalada, con una hoja de gruesos tablones, donde se incrusta una cerradura de hierro, cuya llave está desaparecida, quizás olvidada en algún lugar lejano. A cada lado del vano de la entrada se sitúan dos ventanas enrejadas. A un lado del casón, hay escavado un aljibe, y al otro se horadó una cuadra.  La puerta principal permanece entreabierta, atrancada en la hinchazón del marco, afectada por la humedad de sus viejas maderas. 


Estoy pensando en la idea, no exenta de contradicciones, que sugiere aclarar, que no estoy describiendo el casón en sí, su obra, su tamaño o su forma. Estoy iniciando la descripción del momento, en el cual accedo a él. Me encuentro hoy mismo en la pequeña era que hay alrededor de la fachada del casón. Mis botas pisan la hierba y en la espalda noto la tibieza del sol. Tengo la mirada fija en ésta vivienda desierta y siento cierta intranquilidad, mientras percibo la invitación de entrar en su interior, como un acto que temo por un instante.
El viento sopla frío, el cielo se está encapotando, pero las nubes aún dejan escapar algunos rayos de sol que inciden en la puerta, sobre la ladera donde se escavó la fachada, sobre el ocre y duro sedimento. Un silencio que se concreta alrededor aumenta mi curiosidad por acercarme. Me atrevo, pongo la mano en la puerta.   

      
–¡¿Hay alguien?! –grito con cierta timidez.
Por supuesto que nadie contesta. En esos segundos que transcurren mientras espero una respuesta, el viento incide, soplando como si lo hiciera en la boca de un instrumento, construido a su capricho entre las rendijas de la puerta, recreando en el vacío una música aflautada. Empujo hasta abrirla del todo y mi vista penetra como trabada por las vibraciones del viento. Un remolino juega con el polvo. Aclaro mis ojos y observo con precaución. El interior permanece en un estado casi incólume, con sus espacios envueltos en la dualidad de la luz, desde sus iniciales estancias, iluminadas por la intensidad de la orientación al mediodía, hasta la penumbra de sus últimos cubículos. Un encalado interior reviste las terrosas paredes y los techos, tan solo dejando leves desconchados, con una blancura austera entre densas telarañas. El suelo de ladrillo aún perpetua la nivelación de su superficie, a pesar de su desgaste, y parece invitar a ser barrido y fregado para que se le devuelva todo su lustre.   Una vez dentro noto la calidez de la morada y la sencillez de la distribución de las piezas que lo componen. Un amplio pasillo hace de recibidor. Una puerta a cada lado del mismo, da acceso a las habitaciones que miran al exterior, a través de las ventanas. Entro en las dos y me asomo al exterior para saber qué se siente al ver el paisaje desde allí. Todo se ve acotado por las retamas que pueblan la rambla y la cercana plantación de almendros, pero el cielo, enmarañado de nubes, es un aliciente sobrado para dar por buenas las vistas de las ventanas.  
                                                                            
Vuelvo a la entrada y veo, al fondo, una alacena escavada en la pared y un vano que da a una estancia, a donde la luz no consigue llegar. Aún inquieto por trasgredir el ámbito del lugar, avanzo con precaución, temiendo encontrar algún extraño habitante del casón, con intenciones de defender su intimidad, de una forma impredecible, ante mi intrusión. La imaginación bulle y acciona mi capacidad de temer lo peor, hasta que la razón se impone y una ligera valentía me hace continuar. El ancho pasillo llega al recodo que ofrece la pared de la alacena. La estancia que aparecía inmersa en la oscuridad, ahora se ofrece levemente iluminada y recorro los objetos que guarda con curiosidad. Viejos cestos de esparto, serones confeccionados con la misma fibra, un viejo colchón de muelles, botellas vacías y otras cosas sin importancia se distribuyen, sin orden, por el suelo, cubiertas de polvo. El pasillo gira a la izquierda aumentando su amplitud. Un viejo espejo pegado con yeso a la pared refleja mi cara, sin que apenas me reconozca en él. Ya con la vista hecha a la penumbra, descubro el hogar de la morada. Una gran chimenea señorea el interior. Las cenizas son como un recuerdo del fuego que allí crepitó calentando la estancia, quizás haciendo hervir algún caldo en el viejo puchero de barro que yace a un lado, ennegrecido y roto, como un vestigio del que no se supiera ya su utilidad. Una pequeña mesa y una silla de anea son los únicos muebles que subsisten. La silla parece aguantar aún el peso de la última persona que se sentó en ella, con su asiento hundido. Un olor a aceite rancio perdura en el lugar, mezclado con ese otro olor a lugar cerrado, que el olvido y el abandono intensifican. Además, ese silencio acumulado, preservado con la quietud del soterramiento del espacio, parece que pertenece a otra época, reteniendo un sentido enigmático, algo capaz de sugerir toda esa clase de pensamientos, propicios a intuir cosas pasadas. Incluso parece que sería posible rememorar hechos que pasaron allí, pequeñas historias cotidianas de la vida en el hogar, como si esa sensación que causa quisiera demostrar que el lugar aún está vivo, al menos, hasta que uno se da cuenta de que está demasiado sugestionado. La realidad, de repente, es tan palpable que toda esa cortina de humo, que ha parecido brotar del interior de la chimenea, se disipa, tan solo con descubrir una vieja factura, emitida por una empresa de transporte, que yace en el suelo, medio enterrada por el polvo, junto a un paquete de sal casi vacío y a un viejo encendedor. La evidencia de su abandono es plena. Constato que está deshabitado hace mucho tiempo. Sin embargo, el vacío que presenta es como si estuviera lleno de ausencias, de hechos que acaecieron bajo sus techos y que ahora, todavía, siguen disipándose en la realidad presente, dejando restos invisibles capturados en las telarañas, en huellas tapadas por el polvo, o en sonidos y voces que parecen perpetuarse en las corrientes de aire que recorren las estancias.
En el ámbito de su morada, su cálido ambiente motiva, sugiere e incita a imaginar, a indagar; pero, sin embargo, no es suficiente para poder hacerte una idea de porqué quedó abandonado y de porqué, en él, ya no vive nadie.                                
Aun así, la capacidad de este casón de albergar la vida humana se encuentra intacta. Dan ganas de aislarse del mundo, habitándolo, dándole vida, saboreando la soledad del entorno, con el deseo de respetar su integridad, sin alterar lo más mínimo el accidentado camino que accede hasta su puerta, para que nadie sepa de él ni de ti, dejándolo todo tal y como esta, plenamente inmerso en la tierra y en el paisaje.          

                                      
Cojo la silla, la situó en el umbral de la puerta y me siento en ella. El aire ha amainado y las retamas de la rambla permanecen inmóviles. Las nubes se han disipado y todo se ve soleado. Imagino que, en esta silla, se sentó alguien para leer un cuento, para contarlo en voz alta, como quisiera hacer yo ahora: Contar un cuento para que este casón se poblara de vida.    


Hoy es como si ya viviera aquí, como si esta fuese desde ahora mi residencia secreta. Me he convertido en el ocupa de una morada que el tiempo dejó en herencia a la soledad y al silencio, a esa familia tan bien avenida, propia en habitar los lugares más desiertos.  

© Pedro Diego Gil López 

martes, 3 de noviembre de 2015

LA "CASA TRISTE" DE MANUEL AZAÑA

                                                                          Jesús A. Salmerón Giménez


«He comprobado una vez más que vuelvo siempre de Alcalá con los humores revueltos, sobre todo si me asomo a la casa triste y desolada»



Hoy se cumplen 75 años de la muerte de Manuel Azaña, presidente de la Segunda República española entre 1936 y 1939 (murió en el exilio, en Montauban,  el 3 de noviembre de 1940. Como escribió Santo Juliá: Amortajado por la tristeza y la nostalgia, recordó El Escorial y sus campanas, y quizá Alcalá y sus monjas).

Sin embargo, este demócrata radical y convencido europeísta (siempre mantuvo la idea de que la solución de los problemas de España pasaba por su incorporación a Europa), ha sido arrojado al muladar del olvido (lugar, por cierto,  muy concurrido por la inteligencia española). Nacido en Alcalá de Henares a finales del siglo XIX, el recuerdo del político republicano todavía es conflictivo incluso en su lugar de origen, como he podido comprobar en un reciente viaje. Su casa, inadvertida para  muchos turistas, da testimonio de ello: en pleno casco histórico –un imponente edificio de fachada amplia, con balcones y ventanales, con  una mínima placa conmemorativa…-,  mira con cierta envidia la casa de Cervantes, situada a la vuelta de la esquina y convertida en museo, en la que se arremolinan colegiales de excursión y turistas procedentes de los cuatro puntos cardinales.  La casona familiar de los Azaña, un noble edificio del siglo XVI -¡una propiedad particular!-,  trasera de un convento de carmelitas, visitada acaso por las sombras de los pájaros, se encuentra en una soledad infinita. Como la figura y el pensamiento de este político y excelente escritor (Los Diarios de Azaña, rebosantes de lucidez, inteligencia y talento literario, debían ser obligada lectura en este país iletrado y amnésico):
«No puede llegarse normalmente a la cumbre del poder político y conservar la integridad y entereza del propio ser, con la vitalidad de los veinte años, si ha ido uno sufriendo las mutilaciones de una larga ‘carrera’. Yo no he hecho carrera, y estoy interiormente tan recio y tan en mi ser como hace veinte años».

© Jesús A. Salmerón Giménez