martes, 13 de octubre de 2015

ALABARDAS, ALABARDAS, ESPINGARDAS, ESPINGARDAS






Jesús A. Salmerón Giménez

"(…) eso es lo que resulta tan simpático en las palabras sencillas, que no saben engañar".
                            José Saramago

"Con "Alabardas" acaba la obra de José Saramago, el hombre que no quería morir sin haberlo dicho todo".

                                                            Pilar del Río

J. Saramago y P. del Río. Fot. Paco Sánchez

El autor de El canon occidental, Harold Bloom, se refirió a Saramago como "el novelista vivo más talentoso del mundo" y "uno de los últimos titanes". Y como un titán escribió su último libro, Alabardas, su emocionante legado en el que el inmenso escritor portugués dio cuenta por última vez de su inagotable espíritu de lucha.
El origen de esta historia nos deja perplejos: el descubrimiento, durante la guerra civil española, de una bomba arrojada contra el frente popular que nunca llegó a explotar, y que contenía en su interior un papel con la frase, escrita en portugués: "Esta bomba nunca reventará".
Con este deslumbrante punto de partida, el Nobel portugués (Azinhaga, 1922-Tías, Lanzarote, 2010) relata sobre el negocio armamentístico, y, como sostiene el poeta y ensayista Fernando Gómez Aguilera, “hurga en su conciencia, para incomodar, intranquilizar y depositar en el ámbito personal el desafío de la regeneración: la eventualidad, si bien escéptica, de encarrilar la alternativa de un mundo más humano”.


El volumen Alabardas contiene los tres primeros capítulos de la novela inacabada de Saramago (traducidos, en la edición española, por su viuda Pilar del Río), a la que se añaden unas notas del escritor en relación con la redacción de la novela; unas ilustraciones de Günter Grass; y además otros dos textos de Fernando Gómez Aguilera (glosando las notas del propio Saramago), y de Roberto Saviano, que hace una elocuente defensa de la ética de Saramago.

"Por muchos años que viva, y es lo suficientemente joven para vivirlos, artur paz semedo nunca olvidará ese día, el solemne momento en que se levantó de su mesa de contable para bajar a las profundidades del ignoto pasado".

Escrito meses antes de su muerte, José Saramago nos dejó su testamento vital, su última voluntad narrativa a través de esta ficción en la que reflexiona sobre la violencia ejercida sobre las personas y las sociedades, y nos regala una devastadora radiografía del poder y la destrucción. Alabardas, alabardas, espingardas, espingardas (que es el título original) es una novela memorable, pero, a pesar de sus sabias indicaciones sobre el final, por desgracia, no pudo acabarla, lo que lastra inevitablemente el relato y nos deja con la miel en los labios, como si la muerte también nos hubiera robado en el último momento, de un zarpazo fiero, la parte del león del relato, de la prosa admirable y enriquecedora del sabio de Azinhaga (sostenía Saramago, con esa seriedad tan característica suya, tras la que escondía una ironía profunda, que el sabio más grande que había conocido era un paisano suyo de nombre Jerónimo Melrinho, que era analfabeto, y un día le dijo: "Vivimos en el planeta de los horrores, pero no lo queremos saber porque preferimos estar ciegos y ser insensibles al dolor humano. Estamos haciendo del pavor nuestro compañero diario y nos solazamos con él.") Saramago, puro Saramago.

© Jesús A. Salmerón Giménez


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