viernes, 18 de septiembre de 2015

ÚLTIMAS LECTURAS: DOS CHASCOS (UNO EN WISCONSIN) Y DOS PRODIGIOS

                                                                                                  Jesús A. Salmerón Giménez

«Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de la lectura, sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera. Los libros que atraviesan nuestras vidas son, para cada uno de nosotros, maravillosamente diversos».
                                                                                            Alberto Manguel

La lectura es un milagro cotidiano (acompañada de reflexión, sin ésta se puede convertir en un vicio estéril). Si escogemos bien lo libros (como advierte Thoreau, “Leed primero los mejores libros, no sea que no tengáis oportunidad de leerlos nunca más”), entraremos en el maravilloso territorio del alma humana (la nave del pensamiento y el río de la vida -y de la muerte- se deslizan por el mar –calmo y tumultuoso- de papel), e iniciaremos un diálogo, en ese espacio íntimo de encuentro que es la lectura, con las mentes más brillantes de la humanidad. Luego, como sostiene mi admirado José Emilio Pacheco, “hay conexión o no circula la corriente”, sin que podamos conocer bien el motivo. En mis últimas lecturas he sufrido dos pequeñas decepciones, dos libros en los que, a pesar de su indiscutible calidad, en un momento determinado ha dejado de circular la corriente, y hallado dos prodigios: uno, pletórico de alegría de vivir y amor a los libros, por el puro placer de la lectura; y el otro por significar el descubrimiento de un autor de esos que suponen nueva epifanía lectora y que se quedan con nosotros ya para toda la vida (en poesía, me pasó hace unos pocos años con José Emilio Pacheco; en prosa, hace algunos más, con Bajo el volcán de Malcom Lowry).
Aquí dejo mi testimonio lector de los cuatros libros, para quien pudiera interesarle.


·         Melodía para feos, de Lorenzo Silva.
La melodía de Música para feos me encantó desde antes que empezara a sonar (porque fue un regalo de unos amigos a los que tengo en gran estima; porque me han hablado muy bien de este escritor -sobre todo de su serie de novelas policíacas, que tiene una pinta estupenda; porque Lorenzo Silva me cae bien, por sus declaraciones, sus artículos, que voy espigando de aquí y de acullá, y porque compartimos fervor por la mejor serie de televisión de la historia: The Wire -¡y esto une mucho!-), y la seguí como un ratón (de biblioteca) a Hamelín y su flauta: un arranque magistral. Pero a medida que avanzaba el libro se iban alejando las escalas, los acordes me parecían más limitados: la historia de amor entre una joven periodista precaria y un enigmático hombre adulto (no revelo su profesión, porque es uno de los secretos mejor guardados de la novela), aunque puede resultar convincente, para mí, no funciona. Su lectura es amable, la novela está bien escrita, pero al final me resultó ajena. Una lástima, lo intentaré otra vez con Lorenzo Silva.


·         Canciones de amor a quemarropa, de Nickolas Butler.
De Lorenzo Silva al escritor Nickolas Butler (Allentown, Pensilvania, 1981). De Madrid a una pequeña ciudad de Wisconsin, en pleno corazón del Medio Oeste. Y, sin embargo, la impresión es la misma: la promesa de una hermosa novela, que va creciendo y expandiendo el alma, y a mitad de la lectura, sin previo aviso, se desinfla y me deja compuesto y sin libro.
En Canciones de amor a quemarropa un grupo de amigos nos narran sus amores y vidas. Y atrapan al lector (a este lector) en la tela de araña de sus historias, que el escritor teje hábilmente con el hilo conductor de las bodas de todos ellos. Les une la amistad y el haber crecido juntos en el ficticio pueblo de Little Wing, Wisconsin.
Sus vidas tomaron caminos distintos: unos se quedaron en el pueblo; otros se  marcharon en busca de algo más y alcanzaron metas diversas (vaquero de rodeo, exitoso agente de bolsa y hasta estrella de rock de fama mundial).
En principio, una novela sobre las cosas que importan: el amor y la amistad, la necesidad de abandonar nuestro entorno y la de volver (siempre volver) para reencontrarnos, la belleza de la naturaleza... Todos los ingredientes para disfrutar de una placentera lectura,  pero  algo rechina en la novela, algo huele a podrido en Wisconsi: los personajes se van aplanando, se hacen previsibles, las historias circulares, sin salida y el lector (este lector) se queda más frío que  Lope leyendo a Cervantes (antes de que lo llamara "Monstruo de la naturaleza"). Y, vaya, otra vez me quedo fuera del libro (¿seré yo, que tengo la cabeza en otro sitio?)
En resumen, al terminar la novela uno tiene la impresión de haber visto una (más) amable película "indie". Y solo queda en la retina la descripción del fascinante escenario natural de Wisconsi, y poco más...


·         La librería ambulante, de Chirstopher Morley.
[“La librería ambulante” es un clásico de las letras norteamericanas. La editorial Periférica (si no existiera, habría que inventarla) publicó en 2102 esta inmortal obra que, inexplicablemente, nunca se había editado en nuestro país.]
De repente, la luz al final del libro. Una novela corta, deliciosa, ligera (de una hermosa levedad: “amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”), que nos pasea en un carromato legendario (¡espléndida road movie!), cargado de libros, por los rurales Estados Unidos de principios del siglo pasado.
Se trata de la aventura de una mujer a pique de la cuarentena que lleva años dedicada a su hermano y a la granja de ambos. Un buen día, un extraordinario personaje, se presenta en la puerta de su casa con su Parnaso: un carromato-librería ambulante que tiene en venta, junto con su yegua y su perro. Con estos mimbres, Christopher Morley escribe con sencillez y talento (en la solapa se lee “fue un escritor de éxito y al mismo tiempo un escritor de culto”) una historia llena de encanto y de alegría. El cariño con el que trata a Helen y Roger (¡cómo dota de alma a estos personajes!), su apasionada y heroica defensa de los libros, impregnan de color e intensidad a una trama sencilla (que no simple), cargada de contenidos: amor a los libros, amor por la vida, el maravilloso paisaje de Nueva Inglaterra, el enamoramiento entre adultos, el cariño por los animales…Y atrapan a este lector totalmente rendido desde las primeras páginas.
Esta historia optimista, vibrante, es un bálsamo para el alma. Se lee con una sonrisa y se degusta despacio, como los buenos vinos: las frases, los carismáticos personajes, los paisajes idílicos, las (surrealistas) situaciones en una América rural de principios del XX donde, como en Granada, todo es posible. La lectura de un clásico en siempre un descubrimiento: lejos de envejecer, nos sigue conmoviendo, nos toca de lleno, aun pasados cien años, como es el caso de esta pequeña joya de la literatura.
Una novela inteligente, amena e imprescindible. Una de esas historias que te deja el sabor y el gusto de los buenos libros, que transmiten optimismo y buen humor. Una lectura fresca para los ardientes días de verano, sobre todo en mi caso que, tras salir del túnel de algunos libros indolentes y grises, necesitaba ver la luz al final del libro, recuperar el bendito placer de leer.


·         La biblioteca del capitán Nemo, de Per Olov Enquist
No conocía al autor, pero el libro relucía en el expositor de novedades de la Biblioteca Regional y su título no podía ser más sugestivo: La biblioteca del capitán Nemo. La palabra biblioteca, como la campana al perro de Pavlov siempre me hace salivar y Nemo es un personaje mítico en cuya misteriosa nave encontró refugio mi infancia. Sin embargo, el libro me iba a enganchar por otros (oscuros) derroteros...

La novela nos cuenta que un día, en una sala de un hospital, dos mujeres de una misma aldea dan a luz a un niño. Seis años después se descubre que por un error, las madres se llevaron a casa el recién nacido equivocado…
Este punto de partida le sirve a Per Olov Enquist para elaborar, como un orfebre de la palabra, esta joya literaria: un perfecto ensayo narrativo sobre los sentimientos, sobre el sentido de la vida, sobre la infancia (es difícil contar las infancias, "porque no tenemos una sola infancia, felizmente varias, y ahí están todas para gozo del lector"). Un retrato profundo, desolador, auténtico, hermoso, de la condición humana.
No creo que haya leído a lo largo de mi vida muchos libros tan conmovedores como La biblioteca del capitán Nemo, pura literatura, literatura con mayúsculas lejos de las mediocridades pseudoliterarias que embotan nuestros sentidos. Su escritura elíptica nada tiene que ver con la prosa fofa y pegajosa, que se lee como quien hace ganchillo: su maravillosa prosa está elaborada con frases cortas (y cortantes) que avanzan como líneas sesgadas y tejen redes invisibles en las  que queda atrapado el lector.
 Su lectura ha supuesto para mí una revelación, una experiencia singular, única. Y me pregunto, ¿cómo es que he descubierto imperdonablemente tarde a este grandísimo escritor (en el sentido genuino de la palabra), después de leer a tantos nórdicos y nórdicas que han anegado nuestras librerías en los últimos años y cuya lectura me han dejado más frío que un cubito de hielo de un iceberg noruego?  Acabé de leerlo una noche tórrida de este eterno verano murciano, y al cerrar el libro añoraba ya su lectura, como a esa aurora boreal que se desvanece al final de La biblioteca del capitán Nemo.
Sospecho que voy a seguir leyendo a Per Olov Enquist, a perpetuidad.

            © Jesús A. Salmerón Giménez


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