miércoles, 23 de septiembre de 2015

PABLO NERUDA

Jesús A. Salmerón Giménez

Hoy hace ya 42 años que murió Pablo Neruda. Poeta espléndido, premio Nobel de Literatura en 1971 y creador de una obra torrencial. 
Leí a Neruda por primera vez en mi adolescencia (¿Por dónde andará aquella vieja edición de Círculo de Lectores de mi amigo Félix? ¿Qué se hicieron las llamas / de los fuegos encendidos / de amadores? ). Su estilo diáfano, libre, espontáneo, su arrebato verbal, preñado de luminosas metáforas, nos deslumbró: quedamos hipnotizados, deliciosamente atrapados en el esplendor de sus versos: refugiados en sus metáforas, exilados de la Cieza pacata y áspera del franquismo. Y siempre vuelvo a la opulencia de sus versos en busca del aquel brillo de juventud.

En su recuerdo (también en el de mi amigo), dejo aquí este hermosísimo poema de amor. La “Barcarola” era el canto improvisado de los gondoleros venecianos. Aquí el canto es un lamento por la ausencia, la esplendorosa descripción de un naufragio, el nuestro.

BARCAROLA


Si solamente pusieras tu boca en mi corazón,
tu fina boca, tus dientes,
si pusieras tu lengua como una flecha roja
allí donde mi corazón polvoriento golpea,
si soplaras en mi corazón, cerca del mar, llorando,
sonaría con un ruido oscuro, con sonido de ruedas de tren con sueño,
como aguas vacilantes,
como el otoño en hojas,
como sangre,
con un ruido de llamas húmedas quemando el cielo,
sonando como sueños o ramas o lluvias,
o bocinas de puerto triste,
si tú soplaras en mi corazón cerca del mar,
como un fantasma blanco,
al borde de la espuma,
en mitad del viento,
como un fantasma desencadenado, a la orilla del mar, llorando.

Como ausencia extendida, como campana súbita,
el mar reparte el sonido del corazón,
lloviendo, atardeciendo, en una costa sola:
la noche cae sin duda,
y su lúgubre azul de estandarte en naufragio
se puebla de planetas de plata enronquecida.

Y suena el corazón como un caracol agrio,
llama, oh mar, oh lamento, oh derretido espanto
esparcido en desgracias y olas desvencijadas:
de lo sonoro el mar acusa
sus sombras recostadas, sus amapolas verdes.

Si existieras de pronto, en una costa lúgubre,
rodeada por el día muerto,
frente a una nueva noche,
llena de olas,
y soplaras en mi corazón de miedo frío,
soplaras en la sangre sola de mi corazón,
soplaras en su movimiento de paloma con llamas,
sonarían sus negras sílabas de sangre,
crecerían sus incesantes aguas rojas,
y sonaría, sonaría a sombras,
sonaría como la muerte,
llamaría como un tubo lleno de viento o llanto,
o una botella echando espanto a borbotones.

Así es, y los relámpagos cubrirían tus trenzas
y la lluvia entraría por tus ojos abiertos
a preparar el llanto que sordamente encierras,
y las alas negras del mar girarían en torno
de ti, con grandes garras, y graznidos, y vuelos.

Quieres ser el fantasma que sople, solitario,
cerca del mar su estéril, triste instrumento?
Si solamente llamaras,
su prolongado son, su maléfico pito,
su orden de olas heridas,
alguien vendría acaso,
alguien vendría,
desde las cimas de las islas, desde el fondo rojo del mar,
alguien vendría, alguien vendría.

Alguien vendría, sopla con furia,
que suene como sirena de barco roto,
como lamento,
como un relincho en medio de la espuma y la sangre,
como un agua feroz mordiéndose y sonando.

En la estación marina
su caracol de sombra circula como un grito,
los pájaros del mar lo desestiman y huyen,
sus listas de sonido, sus lúgubres barrotes
se levantan a orillas del océano solo. 
               
                 



 `Barcarola´  pertenece a los poemas que componen
Residencia en la Tierra 2, publicado por primera vez  en Madrid (1935).




 © Jesús A. Salmerón Giménez

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