martes, 29 de septiembre de 2015

MIGUEL DE UNAMUNO

                                                                                  Jesús A. Salmerón Giménez

Don Miguel, bueno y valiente.

Tal día como hoy -al igual que Cervantes, a cuyo Don Quijote dedicó un libro memorable-, hace 151 años, el 29 de septiembre de 1864, el filósofo y escritor veía la luz del mundo, que tanto le fascinó, en Bilbao.

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Miguel de Unamuno contribuyó enormemente a la literatura y a la filosofía con una producción íntima y crítica, consecuencia de una profunda reflexión. Este hombre, con su eterna pinta de viejo profesor, siempre me ha provocado un emocionado respeto. Un gran escritor, por el que siento una admiración y simpatía casi adolescente. Pues, además de ser uno de los más grandes escritores de su generación (de entre su ingente obra destaco San Manuel, bueno y mártir, Niebla o Del sentimiento trágico de la vida), demostró a lo largo de su vida una grandeza espiritual y un coraje moral poco usual en el ruedo ibérico, que culminó con aquel ya legendario zas! en toda la boca al fascista tullido de Millán Astray, en medio de una multitud enardecida y fanática, el 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, donde convergieron la inteligencia más excelsa y la más criminal del momento:

“Éste es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.”

 1. Miguel de Unamuno, pintado por Ignacio Zuloaga.

 © Jesús A. Salmerón Giménez© Jesús A. Salmerón Giménez

sábado, 26 de septiembre de 2015

GEORGETTE AGUTTE


                                                                                                             Rosa Campos Gómez

Recordando a dos mujeres que nos dejaron en septiembre:
Georgette Agutte  y  Zinaida Serebriakova, dos creadoras que no nos llegaron como sí lo hicieron tantos hombres coetáneos, tampoco es de extrañar, debido a los «olvidos» de la mayoría de los que han estudiado y publicado sobre la historia en relación con las mujeres. Pero la investigación histórica,  como la cultura de la que forma parte, nunca duerme, y a cuyos avances podemos acceder; información  de la que estoy agradecida y que brevemente aquí comparto.

Estas dos autoras, como tantas otras, sí fueron valoradas en su momento por el entorno contemporáneo artístico de su tiempo, pero no llegaron a formar parte de las listas de creadores que se estudiaban para ver la evolución del arte,  siempre eran hombres, con excepción (poco frecuente) de algún nombre de mujer. Aunque es posible que ya sí estén  incluidas para explicar su obra en las aulas; así debería de ser.




Georgette Agutte (París, 17 de mayo de 1867 - Chamonix, 5 de septiembre de 1922), pintora y escultora francesa, nos legó una obra  en la que vibran los colores y trazos del impresionismo y del fauvismo, utilizando  especialmente  la técnica del óleo y de la acuarela, para introducirnos en ese instante en el que la emoción  plácida se alza en el interior del ser humano, o en el que la belleza aletea en el paisaje.  Sólo por la jugosa  policromía que consigue con los azules se hace fácil distinguir sus pinturas.


Breves apuntes sobre su biografía

 Georgette Agutte   Su padre, el pintor Jean Georges Agutte,  falleció poco antes de que ella naciera. En 1885 se inició en la escultura con el maestro Louis Schroeder. 

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Se casó tres años después con el crítico de arte Paul Flat,  quien influiría, a través de un amigo estudiante de pintura para que entrara a las clases de pintura que daba Gustave Moreau (las mujeres no tenían acceso a las escuelas de BB. AA.),  siendo la única mujer que entró a L’École Nationale  Supérieure des Beaux-Arts de París, allí conoció a H. Matisse y G. Rouault. En este ambiente fortaleció su independencia y su libertad de criterio. 


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En 1894 se divorció de Flat, casándose con Marcel Sembat tres años más tarde. Sembat tenía amistades con mecenas  relacionados con pintores de vanguardia. Algunos, como Matisse,  ya conocidos por ella desde sus tiempos de estudiante.

A partir de 1904 expuso sus obras en el Salón de Independientes  de París y más tarde en el Salón de Otoño, de cuya creación fue parte activa.
Conoció,  entre otros,   a  los pintores P. A. Renoir, A. Modigliani y P.  Picasso.

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La mayoría de su obra se encuentra en el  Museo de Grenoble, expuesta en él por primera vez en 1923, un año después de su muerte; Paul Valery,  que acudió a esta cita, dijo de ella: «C’est beau. Cette femme a été magnifique», y tenía razón, su obra es hermosa, Georgette Agutte, fue una artista magnifica.
   
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 1. Jules Guesde (detalle)
 2. Paisaje
 3. Femmes aux oranges
 4. Paisaje
 5. El vestido azul
 6. Marcel Sembat dans son jardin (detalle)
 7. Matin sur le lac de Saint Moritz


Páginas:
http://trianarts.com
http://www.art-expertise.net/spip.php?article1


ZINAIDA SEREBRIAKOVA

                                                                               Rosa Campos Gómez

                    Recordando a dos mujeres que nos dejaron en septiembre                
                       Zinaida Serebriakova  Georgette Agutte


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Zinaida Serebriakova (Neskuchnoye, 10 de diciembre de 1884-París, 19 de septiembre de 1967), fue una pintora rusa que nos dio una obra en la que la pincelada suelta y las tonalidades cálidas predominan,  mostrando escenas con mujeres como protagonistas, sobre todo en los desnudos y en actividades de la vida cotidiana; también trabajó temas relacionados con el mundo agrícola, pesquero y étnico. Entre las técnicas usadas están la pintura al óleo, el dibujo a lápiz y a carbón, la pintura mural y la decoración de escenografía teatral.
Aunque se evidencian épocas en las que el pesimismo aflora en sus pinturas y dibujos, en su trayectoria prevalece una visión optimista de la vida, reflejando la armonía y la belleza de la naturaleza humana y del entorno.

Breves apuntes sobre su biografía

Zinaida Serebriakova nació en el seno de una familia que formaba parte del mundo artístico.  Inició su formación en la Escuela de Arte fundada por la princesa M. K. Tenisheva, entre los años 1901 y 1905, en ella tuvo como maestro a Iliá Repin y a Osip  Braz. En este periodo viajó a Italia y a Francia. Completando un año más tarde sus estudios en la Académie de la Grande Chaumière, París. Tras la Revolución de Octubre su vida y la de su familia sufrió un vuelco.

En 1911 se unió  al movimiento artístico ruso Mir iskusstva (Mundo del Arte), destacando con su obra entre sus componentes.


Tras la Revolución de Octubre de 1917, su familia (que pertenecía a la alta burguesía ucraniana) perdió sus propiedades, y poco después su marido, Boris Serebriakov, murió de tifus (que contrajo durante un tiempo en que estuvo encarcelado), por lo que Zinaida, con cuatro hijos pequeños, una madre enferma  y escasos recursos para subsistir recurrió a la pintura y al dibujo,  trabajando con las técnicas más económicas (pastel, carbón y lápiz).



En 1920 marchó a Petrogrado  donde trabajó creando escenografías teatrales. En 1924 partió hacia París. Recibió el encargo de pintar un gran mural. Viajó a África en 1928, donde retrataría a sus gentes y sus paisajes.

Intentó volver a Rusia para reunirse con sus hijos, pero no pudo hacerlo porque  durante la ocupación de Francia por Hitler tuvo que elegir entre un pasaporte francés y un campo de concentración, ante tal dilema renunció a su ciudadanía soviética.

En 1966 volvió a  su tierra para exponer su obra en Moscú, Leningrado y Kiev, y aunque obtuvo un éxito enorme con estas exposiciones decidió seguir viviendo en París. Sus catálogos se vendieron por miles.

Hay obra suya en Rusia, pero la mayoría está en Francia.


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1. Autorretrato
2. Blanqueadoras de sábanas
3. Castillo de naipes
4. Zinaida Serebriakova en el tocador
5. Terraza


Páginas: 
http://www.futuropasado.com
http://trianarts.com/
http://www.artinconnu.com/


miércoles, 23 de septiembre de 2015

PABLO NERUDA

Jesús A. Salmerón Giménez

Hoy hace ya 42 años que murió Pablo Neruda. Poeta espléndido, premio Nobel de Literatura en 1971 y creador de una obra torrencial. 
Leí a Neruda por primera vez en mi adolescencia (¿Por dónde andará aquella vieja edición de Círculo de Lectores de mi amigo Félix? ¿Qué se hicieron las llamas / de los fuegos encendidos / de amadores? ). Su estilo diáfano, libre, espontáneo, su arrebato verbal, preñado de luminosas metáforas, nos deslumbró: quedamos hipnotizados, deliciosamente atrapados en el esplendor de sus versos: refugiados en sus metáforas, exilados de la Cieza pacata y áspera del franquismo. Y siempre vuelvo a la opulencia de sus versos en busca del aquel brillo de juventud.

En su recuerdo (también en el de mi amigo), dejo aquí este hermosísimo poema de amor. La “Barcarola” era el canto improvisado de los gondoleros venecianos. Aquí el canto es un lamento por la ausencia, la esplendorosa descripción de un naufragio, el nuestro.

BARCAROLA


Si solamente pusieras tu boca en mi corazón,
tu fina boca, tus dientes,
si pusieras tu lengua como una flecha roja
allí donde mi corazón polvoriento golpea,
si soplaras en mi corazón, cerca del mar, llorando,
sonaría con un ruido oscuro, con sonido de ruedas de tren con sueño,
como aguas vacilantes,
como el otoño en hojas,
como sangre,
con un ruido de llamas húmedas quemando el cielo,
sonando como sueños o ramas o lluvias,
o bocinas de puerto triste,
si tú soplaras en mi corazón cerca del mar,
como un fantasma blanco,
al borde de la espuma,
en mitad del viento,
como un fantasma desencadenado, a la orilla del mar, llorando.

Como ausencia extendida, como campana súbita,
el mar reparte el sonido del corazón,
lloviendo, atardeciendo, en una costa sola:
la noche cae sin duda,
y su lúgubre azul de estandarte en naufragio
se puebla de planetas de plata enronquecida.

Y suena el corazón como un caracol agrio,
llama, oh mar, oh lamento, oh derretido espanto
esparcido en desgracias y olas desvencijadas:
de lo sonoro el mar acusa
sus sombras recostadas, sus amapolas verdes.

Si existieras de pronto, en una costa lúgubre,
rodeada por el día muerto,
frente a una nueva noche,
llena de olas,
y soplaras en mi corazón de miedo frío,
soplaras en la sangre sola de mi corazón,
soplaras en su movimiento de paloma con llamas,
sonarían sus negras sílabas de sangre,
crecerían sus incesantes aguas rojas,
y sonaría, sonaría a sombras,
sonaría como la muerte,
llamaría como un tubo lleno de viento o llanto,
o una botella echando espanto a borbotones.

Así es, y los relámpagos cubrirían tus trenzas
y la lluvia entraría por tus ojos abiertos
a preparar el llanto que sordamente encierras,
y las alas negras del mar girarían en torno
de ti, con grandes garras, y graznidos, y vuelos.

Quieres ser el fantasma que sople, solitario,
cerca del mar su estéril, triste instrumento?
Si solamente llamaras,
su prolongado son, su maléfico pito,
su orden de olas heridas,
alguien vendría acaso,
alguien vendría,
desde las cimas de las islas, desde el fondo rojo del mar,
alguien vendría, alguien vendría.

Alguien vendría, sopla con furia,
que suene como sirena de barco roto,
como lamento,
como un relincho en medio de la espuma y la sangre,
como un agua feroz mordiéndose y sonando.

En la estación marina
su caracol de sombra circula como un grito,
los pájaros del mar lo desestiman y huyen,
sus listas de sonido, sus lúgubres barrotes
se levantan a orillas del océano solo. 
               
                 



 `Barcarola´  pertenece a los poemas que componen
Residencia en la Tierra 2, publicado por primera vez  en Madrid (1935).




 © Jesús A. Salmerón Giménez

lunes, 21 de septiembre de 2015

LUIS CERNUDA

Jesús A. Salmerón Giménez

Luis Cernuda, el  gran solitario, que en palabras de José Emilio Pacheco "Vivió en una arisca soledad, cercada de rencor por todas partes: legítima defensa de un ser vulnerable en extremo, de un caído en el infierno que acepta el mal y, al expresarlo, lo conjura", nació el 21 de septiembre de 1902 en  Sevilla, “El sur es un desierto que llora mientras canta”.



QUISIERA ESTAR SOLO EN EL SUR

Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
de ligeros paisajes dormidos en el aire,
con cuerpos a la sombra de ramas como flores
o huyendo en un galope de caballos furiosos.

El sur es un desierto que llora mientras canta,
y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
hacia el mar encamina sus deseos amargos
abriendo un eco débil que vive lentamente.

En el sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.



Cernuda es uno de los más grandes poetas en castellano y, sin duda, el más actual de la brillante generación del 27. Sus poemas bellos, perfectos, los leemos siempre con una honda emoción contenida.

Murió el 5 de noviembre de 1963 en la Ciudad de México y fue enterrado pocos días después en la sección española del Panteón Jardín.

La Realidad y el Deseo  recoge la obra completa de L. Cernuda 

Luis Cernuda                     
              por Octavio Paz

Ni cisne andaluz
ni pájaro de lujo
Pájaro por las alas
hombre por la tristeza
Una mitad de luz Otra de sombra
No separadas: confundidas
una sola substancia
vibración que se despliega en transparencia
Piedra de luna
más agua que piedra
Río taciturno
más palabra que río
Árbol por solitario
hombre por la palabra
Verdad y error
una sola verdad
una sola palabra mortal

Ciudades
humo petrificado
patrias ajenas siempre
sombras de hombres
En un cuarto perdido
inmaculada la camisa única
correcto y desesperado
escribe el poeta las palabras prohibidas
signos entrelazados en una página
vasta de pronto como lecho de mar
abrazo de los cuatro elementos
constelación del deseo y de la muerte
fija en el cielo cambiante del lenguaje
como el dibujo obscenamente puro
ardiendo en la pared decrépita

Días como nubes perdidas
islas sepultas en un pecho
placer
ola jaguar y calavera
Dos ojos fijos en dos ojos
ídolos
siempre los mismos ojos
Soledad
única madre de los hombres
¿sólo es real el deseo?
Uñas que desgarran una sombra
labios que beben muerte en un cuerpo
ese cadáver descubierto al alba
en nuestro lecho ¿es real?

Deseada
la realidad se desea
se inventa un cuerpo de centella
se desdobla y se mira
sus mil ojos
la pulen como mil manos fanáticas
Quiere salir de sí
arder
en un cuarto en el fondo de un cráter
y ser bajo dos ojos fijos
ceniza piedra congelada
Con letra clara el poeta escribe
sus verdades obscuras
Sus palabras
no son un monumento público
ni la Guía del camino recto
Nacieron del silencio
se abren sobre tallos de silencio
las contemplamos en silencio
Verdad y error
una sola verdad

Realidad y deseo
una sola substancia
resuelta en manantial de transparencias.

     © Jesús A. Salmerón Giménez

viernes, 18 de septiembre de 2015

ÚLTIMAS LECTURAS: DOS CHASCOS (UNO EN WISCONSIN) Y DOS PRODIGIOS

                                                                                                  Jesús A. Salmerón Giménez

«Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de la lectura, sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera. Los libros que atraviesan nuestras vidas son, para cada uno de nosotros, maravillosamente diversos».
                                                                                            Alberto Manguel

La lectura es un milagro cotidiano (acompañada de reflexión, sin ésta se puede convertir en un vicio estéril). Si escogemos bien lo libros (como advierte Thoreau, “Leed primero los mejores libros, no sea que no tengáis oportunidad de leerlos nunca más”), entraremos en el maravilloso territorio del alma humana (la nave del pensamiento y el río de la vida -y de la muerte- se deslizan por el mar –calmo y tumultuoso- de papel), e iniciaremos un diálogo, en ese espacio íntimo de encuentro que es la lectura, con las mentes más brillantes de la humanidad. Luego, como sostiene mi admirado José Emilio Pacheco, “hay conexión o no circula la corriente”, sin que podamos conocer bien el motivo. En mis últimas lecturas he sufrido dos pequeñas decepciones, dos libros en los que, a pesar de su indiscutible calidad, en un momento determinado ha dejado de circular la corriente, y hallado dos prodigios: uno, pletórico de alegría de vivir y amor a los libros, por el puro placer de la lectura; y el otro por significar el descubrimiento de un autor de esos que suponen nueva epifanía lectora y que se quedan con nosotros ya para toda la vida (en poesía, me pasó hace unos pocos años con José Emilio Pacheco; en prosa, hace algunos más, con Bajo el volcán de Malcom Lowry).
Aquí dejo mi testimonio lector de los cuatros libros, para quien pudiera interesarle.


·         Melodía para feos, de Lorenzo Silva.
La melodía de Música para feos me encantó desde antes que empezara a sonar (porque fue un regalo de unos amigos a los que tengo en gran estima; porque me han hablado muy bien de este escritor -sobre todo de su serie de novelas policíacas, que tiene una pinta estupenda; porque Lorenzo Silva me cae bien, por sus declaraciones, sus artículos, que voy espigando de aquí y de acullá, y porque compartimos fervor por la mejor serie de televisión de la historia: The Wire -¡y esto une mucho!-), y la seguí como un ratón (de biblioteca) a Hamelín y su flauta: un arranque magistral. Pero a medida que avanzaba el libro se iban alejando las escalas, los acordes me parecían más limitados: la historia de amor entre una joven periodista precaria y un enigmático hombre adulto (no revelo su profesión, porque es uno de los secretos mejor guardados de la novela), aunque puede resultar convincente, para mí, no funciona. Su lectura es amable, la novela está bien escrita, pero al final me resultó ajena. Una lástima, lo intentaré otra vez con Lorenzo Silva.


·         Canciones de amor a quemarropa, de Nickolas Butler.
De Lorenzo Silva al escritor Nickolas Butler (Allentown, Pensilvania, 1981). De Madrid a una pequeña ciudad de Wisconsin, en pleno corazón del Medio Oeste. Y, sin embargo, la impresión es la misma: la promesa de una hermosa novela, que va creciendo y expandiendo el alma, y a mitad de la lectura, sin previo aviso, se desinfla y me deja compuesto y sin libro.
En Canciones de amor a quemarropa un grupo de amigos nos narran sus amores y vidas. Y atrapan al lector (a este lector) en la tela de araña de sus historias, que el escritor teje hábilmente con el hilo conductor de las bodas de todos ellos. Les une la amistad y el haber crecido juntos en el ficticio pueblo de Little Wing, Wisconsin.
Sus vidas tomaron caminos distintos: unos se quedaron en el pueblo; otros se  marcharon en busca de algo más y alcanzaron metas diversas (vaquero de rodeo, exitoso agente de bolsa y hasta estrella de rock de fama mundial).
En principio, una novela sobre las cosas que importan: el amor y la amistad, la necesidad de abandonar nuestro entorno y la de volver (siempre volver) para reencontrarnos, la belleza de la naturaleza... Todos los ingredientes para disfrutar de una placentera lectura,  pero  algo rechina en la novela, algo huele a podrido en Wisconsi: los personajes se van aplanando, se hacen previsibles, las historias circulares, sin salida y el lector (este lector) se queda más frío que  Lope leyendo a Cervantes (antes de que lo llamara "Monstruo de la naturaleza"). Y, vaya, otra vez me quedo fuera del libro (¿seré yo, que tengo la cabeza en otro sitio?)
En resumen, al terminar la novela uno tiene la impresión de haber visto una (más) amable película "indie". Y solo queda en la retina la descripción del fascinante escenario natural de Wisconsi, y poco más...


·         La librería ambulante, de Chirstopher Morley.
[“La librería ambulante” es un clásico de las letras norteamericanas. La editorial Periférica (si no existiera, habría que inventarla) publicó en 2102 esta inmortal obra que, inexplicablemente, nunca se había editado en nuestro país.]
De repente, la luz al final del libro. Una novela corta, deliciosa, ligera (de una hermosa levedad: “amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”), que nos pasea en un carromato legendario (¡espléndida road movie!), cargado de libros, por los rurales Estados Unidos de principios del siglo pasado.
Se trata de la aventura de una mujer a pique de la cuarentena que lleva años dedicada a su hermano y a la granja de ambos. Un buen día, un extraordinario personaje, se presenta en la puerta de su casa con su Parnaso: un carromato-librería ambulante que tiene en venta, junto con su yegua y su perro. Con estos mimbres, Christopher Morley escribe con sencillez y talento (en la solapa se lee “fue un escritor de éxito y al mismo tiempo un escritor de culto”) una historia llena de encanto y de alegría. El cariño con el que trata a Helen y Roger (¡cómo dota de alma a estos personajes!), su apasionada y heroica defensa de los libros, impregnan de color e intensidad a una trama sencilla (que no simple), cargada de contenidos: amor a los libros, amor por la vida, el maravilloso paisaje de Nueva Inglaterra, el enamoramiento entre adultos, el cariño por los animales…Y atrapan a este lector totalmente rendido desde las primeras páginas.
Esta historia optimista, vibrante, es un bálsamo para el alma. Se lee con una sonrisa y se degusta despacio, como los buenos vinos: las frases, los carismáticos personajes, los paisajes idílicos, las (surrealistas) situaciones en una América rural de principios del XX donde, como en Granada, todo es posible. La lectura de un clásico en siempre un descubrimiento: lejos de envejecer, nos sigue conmoviendo, nos toca de lleno, aun pasados cien años, como es el caso de esta pequeña joya de la literatura.
Una novela inteligente, amena e imprescindible. Una de esas historias que te deja el sabor y el gusto de los buenos libros, que transmiten optimismo y buen humor. Una lectura fresca para los ardientes días de verano, sobre todo en mi caso que, tras salir del túnel de algunos libros indolentes y grises, necesitaba ver la luz al final del libro, recuperar el bendito placer de leer.


·         La biblioteca del capitán Nemo, de Per Olov Enquist
No conocía al autor, pero el libro relucía en el expositor de novedades de la Biblioteca Regional y su título no podía ser más sugestivo: La biblioteca del capitán Nemo. La palabra biblioteca, como la campana al perro de Pavlov siempre me hace salivar y Nemo es un personaje mítico en cuya misteriosa nave encontró refugio mi infancia. Sin embargo, el libro me iba a enganchar por otros (oscuros) derroteros...

La novela nos cuenta que un día, en una sala de un hospital, dos mujeres de una misma aldea dan a luz a un niño. Seis años después se descubre que por un error, las madres se llevaron a casa el recién nacido equivocado…
Este punto de partida le sirve a Per Olov Enquist para elaborar, como un orfebre de la palabra, esta joya literaria: un perfecto ensayo narrativo sobre los sentimientos, sobre el sentido de la vida, sobre la infancia (es difícil contar las infancias, "porque no tenemos una sola infancia, felizmente varias, y ahí están todas para gozo del lector"). Un retrato profundo, desolador, auténtico, hermoso, de la condición humana.
No creo que haya leído a lo largo de mi vida muchos libros tan conmovedores como La biblioteca del capitán Nemo, pura literatura, literatura con mayúsculas lejos de las mediocridades pseudoliterarias que embotan nuestros sentidos. Su escritura elíptica nada tiene que ver con la prosa fofa y pegajosa, que se lee como quien hace ganchillo: su maravillosa prosa está elaborada con frases cortas (y cortantes) que avanzan como líneas sesgadas y tejen redes invisibles en las  que queda atrapado el lector.
 Su lectura ha supuesto para mí una revelación, una experiencia singular, única. Y me pregunto, ¿cómo es que he descubierto imperdonablemente tarde a este grandísimo escritor (en el sentido genuino de la palabra), después de leer a tantos nórdicos y nórdicas que han anegado nuestras librerías en los últimos años y cuya lectura me han dejado más frío que un cubito de hielo de un iceberg noruego?  Acabé de leerlo una noche tórrida de este eterno verano murciano, y al cerrar el libro añoraba ya su lectura, como a esa aurora boreal que se desvanece al final de La biblioteca del capitán Nemo.
Sospecho que voy a seguir leyendo a Per Olov Enquist, a perpetuidad.

            © Jesús A. Salmerón Giménez