sábado, 18 de julio de 2015

`A LA SOMBRA DE UN ÁNGEL NEGRO´, DE FULGENCIO CABLLERO


En su  nueva novela, A la Sombra de un Ángel Negro (Insomnio Editorial, 2015), Fulgencio Caballero, con su buen y particular estilo, en el que confluyen varios géneros o subgéneros narrativos (histórico, negro y epistolar), nos introduce en un tema desde varios enfoques: la historia reflejada en  libros y en periódicos de la época, la historia que se va descubriendo con el paso del tiempo y la intrahistoria, siempre sugerente, y que en este caso nos ilustra sobre los sentimientos  y las condiciones en que vivieron quienes hicieran lo que hicieran siempre salían perdiendo: los pobres.

Más de 10.000 cadáveres en una fosa común del cementerio melillense, corresponden a las vidas truncadas de unos jóvenes que fueron arrojados a una guerra por la sed de  poder y la irresponsabilidad de quienes gobernaban. Tragedia que se generó en España cuando  se decidió ampliar por un lado el territorio y el poder  que se perdía por otro, lo que condujo a enviar a estos soldados, la mayoría de ellos de familias que se veían abocadas a una vida de miseria por las políticas  que se hacían a principios del siglo XX. La insurrección de esta clase obrera, a la que siempre le tocaba perder, condujo  en el verano de  1909 a una huelga y revueltas que marcaron nuestra historia todavía reciente, especialmente en Barcelona, durante  lo que conocemos como la Semana Trágica.  Las negras consecuencias fueron sumando víctimas en el Desastre del Barranco del Lobo y más tarde en el de Annual.

¿Qué leemos en A la Sombra de un Ángel Negro? Buena parte del contexto de lo que someramente acabamos de citar, una historia  que acece geográficamente  en un eje  lineal bañado por el Mediterráneo, que surge en Barcelona, pasa por Murcia y termina en Melilla (abriéndose que a zonas que actualmente pertenecen al norte de Marruecos y que podemos encontrar en el mapa que se incluye en el libro, y a distintos lugares peninsulares  como Almería y Madrid); que se despliega con un procedimiento anacrónico que permite ir desde el presente a diferentes tiempos pasados  para adentrarnos en la trama en la que se conjugan realidad y ficción, ofreciéndonos con ello,  además de una novela, un texto documental sobre cuestiones que no debemos ignorar.

La indagación y el conocimiento de los hechos conduce a un hambre de justicia que  inunda a todas las personas que van teniendo acceso a ellos, desde los personajes que han sufrido las injusticias a los lectores que se adentran en el contenido, hambre para la que el autor  (no dispuesto a dar cobijo al silencio ni al olvido), se permite, muy meticulosa y creativamente,  diseñar el alimento que la sacie.

Hay una frase contundente (que se convierte en máxima nada más ojearla) que se nos muestra al poco de iniciar la lectura: «no es justo rendirse»,  desde la que F. Caballero nos adelanta y alerta sobre el contenido de la trama que parte de una insidia que abre un tiempo duro, vergonzoso.

El dolor, la venganza y la fraternidad se filtran por cada una de las páginas, en las que encontramos  estampas bien definidas de la vida que llevaban los que trabajaban la tierra de los caciques en el noroeste murciano y en tierras catalanas; riqueza a la hora de describir  todo lo que rodeaba a la producción avícola y al embalaje, transporte y venta de huevos en aquellos años; introducción a las costumbres domésticas, por ejemplo la apreciada en Melilla, donde se nos habla del porqué del azul en suelos y techos; el viaje que conlleva, como toda lectura que se precie,  a los diferentes lugares de sus escenarios, con nombres de localidades y parajes que quizá no conocíamos y de los que nos gustará saber; el desenmascaramiento de los corruptos y la descripción, exenta de prejuicios, de una revancha; el horror de una guerra, otra más, orquestada por las élites del poder, en la que «son los pobres los que mueren»… 
Un argumento sagazmente  entretejido, para impedir que se pierda la memoria de estos hombres que se dejaron la vida cuando la tenían en todo su esplendor, es lo que nos entrega con su propuesta de calidad Fulgencio Caballero en  A la Sombra de un Ángel Negro;  un compromiso y una invitación, desde el conocimiento, al no olvido a través de la literatura.
Más sobre el autor en Blog personal de Fulgencio Caballero

© Rosa Campos Gómez



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Rosa Campos Gómez  (Calasparra, Murcia), reside en Cieza. Estudió Historia del Arte. Ha publicado varios libros  y  colaborado  en diferentes antologías colectivas. Por el trabajo de investigación Las Pinturas del Paseo de Cieza, recibió el Primer Premio ex aequo III Memorial Mariano Camacho (2014) y,  por Gaspara, el Premio-Selección para Antología en el II Certamen Ángeles Palazón de Cuentos de Navidad (2015). Es miembro del Grupo de Literatura La Sierpe y el Laúd. Blog: Palabras en imagen

sábado, 11 de julio de 2015

LOS LIBROS SON PARA EL VERANO, ¿NO?

                                                           Jesús A. Salmerón Giménez
No sé si el verano es el mejor tiempo para la lectura (Vila-Matas sí parece tenerlo claro: “Idóneo el verano para leer no lo es en absoluto. Basta recordar lo que les pasa a los libros que llevamos a la playa y que acaban destrozados por el viento y la arena”. Ahora que, también es cierto, nuestro irónico escritor no parece albergar grandes expectativas con esta estación del año: El verano es tiempo “de recibir turistas que se tiran de los balcones de sus cuartos de hotel. Y tiempo de ver cómo si uno no piensa como los que no piensan, acaba siendo señalado por ellos”).

En cualquier caso, pedir recomendaciones para elegir los libros que se meterán en la maleta durante las vacaciones es un clásico en estas fechas, y yo no podía dejar a mis lectores de NOTAS (me ha dicho Rosa que, haberlos, haylos) ayunos de ellas (sea para seguirlas o para todo lo contrario: saber que libros no tiene usted que leerse este verano). Como comprobará -generoso lector que ha aguardado hasta el final-, es una propuesta heterogénea, tanto en lo que a temáticas como a autores se refiere, que condensa las mejores referencias de mis últimas lecturas, de las que, aseguro, he aprendido mucho (como dijo don Quijote: "El que lee mucho y anda mucho, vee mucho y sabe mucho" ).


  * Blitz, de David Trueba. En la jornada de reflexión de las últimas elecciones, siguiendo los consejos de un amigo de facebook, leí este libro - pintiparado para la ocasión: la han definido como una novela de la crisis -económica, social, de identidad, y hasta de la crisis de pareja-. Y realmente mereció la pena. Es una obra breve, en la que un joven arquitecto que llega a Munich, invitado a participar en un concurso, conoce a una sexagenaria con la que mantendrá una relación sexual. Escrita con un lenguaje directo, coloquial, pero preciso y ameno, con un humor inteligente que recorre todo el relato, nos cuenta una historia turbadora -con varias capas de lectura: un envoltorio de comedia para un retrato de la soledad y el fracaso- que nos engancha desde las primeras líneas (desternillante el fragmento sobre los móviles: el mensaje delator que desencadena toda la historia: el naufragio vital y profesional del paisajista en tierras bávaras). No había leído nada de Trueba (sólo los artículos de El País), pero había visto la excelente Vivir es fácil con los ojos cerrados (para mí, junto a La isla mínima, una de las mejores películas españolas de los últimos años), y sabía que es un tipo inteligente, honesto, y un creador de talento. Todo esto se refleja en esta excelente novela, que se lee de un tirón, y que nos deja la sensación feliz que te dejan los buenos libros, como dice Prado: algo que te hace recordar lo mejor del ser humano.


Añadir leyenda
  * La vida perenne, de José Luis Sampedro. Dos años después de la muerte de José Luis Sampedro, su viuda, Olga Lucas, publica un libro del maestro,  referente moral de todas las personas de bien de este país (disculpad que me incluya), que seguimos necesitando de sus enseñanzas, parte de las cuales ha reunido en La vida perenne, una obra que es, nos dice, "un antídoto contra la prisa".
La vida perenne  es un viaje a través de la filosofía vital del autor fallecido el 8 de abril de 2013, en el que los pensamientos y sentimientos de Sampedro se mezclan con las voces de los sabios de Oriente y Occidente de los que aprendió, desde San Juan de la Cruz a los maestros sufíes o del taoísmo, acompañados por las imágenes del fotógrafo Chema Madoz.


* Mis chistes, mi filosofía, de Slajov Žižek. De muy distinta traza es el libro Mis chistes, mi filosofía, del esloveno Slavoj Žižek, a quien se ha calificado del «filósofo más peligroso de Occidente», y que aquí parece el cómico más ácido y chocarrero del club de la comedia.
«El presente libro reúne 107 chistes, desperdigados por toda la obra de Žižek, en un volumen que parece dar la razón a la frase de Wittgenstein: «Una obra filosófica seria debería estar compuesta enteramente de chistes


* Monasterio, de Eduardo Halfon. El escritor Eduardo Halfon, guatemalteco por equivocación (sus antepasados, que huían en barco dejando atrás una Europa en llamas, desembarcaron en Guatemala por error creyendo que era Panamá, adonde se dirigían por tener allí un pariente judío), nos deslumbra con Monasterio, una novela breve, de corte testimonial, a mitad de camino entre la ficción y la autobiografía, en la que nos relata, con talento narrativo, con un lenguaje sencillo y eficaz, pero también intenso y sutil, un viaje a Jerusalén para asistir a la boda de su hermana (ultraortodoxa), que se convierte en un búsqueda febril de la identidad: «Monasterio es un viaje conmovedor e intenso a las profundidades de la identidad, la intolerancia religiosa, y los límites y ficciones que el hombre usa para entenderse y sobrevivir.»
Quizá leer sea una forma de redimirnos. Como sostiene Eduardo Halfon, ‘cada persona elige cómo quiere salvarse'.



* Ya no es tarde , Benjamín Prado. Un espléndido poemario, un viaje -como sostiene el poeta- entendido como un modo de alejarse hacia sí mismo.
Un libro de amor (llega María, acaba el invierno, sale el sol, la nieve llora lágrimas de gigante vencido / y de pronto la puerta no es un error del muro / y la calma no es cal viva en el alma / y mis llaves no cierran y abren una prisión.), y lecturas (He aprendido a nadar en los libros de Conrad; / a huir en los poemas de Vallejo y Rimbaud. / Hablo cualquier idioma. Vivo en todas las épocas. / Me llamaban Machado: / mi tumba está en Colliure ), y denuncia social ("Mira como funciona el negocio de la desigualdad: para que sigan llenas algunas cajas fuertes, tiene que haber millones de neveras vacías"); y la experiencia de la muerte ("guardaré sus palabras, custodiaré sus huellas; y jamás voy a darla por perdida: la memoria es el margen de error del olvido").
 Sus poemas emocionan y hieren, porque son sinceros. Sus versos son relámpagos en los que aletea el frágil pájaro de la vida.  ¿Quién da más?


* Cuentos de horror , de Horacio Quiroga. No es el mejor título (como sostiene Manguel, el terror y el horror son sentimientos opuestos: "El primero agudiza nuestras facultades. El segundo las apaga"), pero recoge un puñado de cuentos magistrales de Horacio Quiroga, un consumado maestro del escalofrío (Quiroga es considerado un modelo de cuentista en castellano y uno de los mejores narradores latinoamericanos de todos los tiempos).
Sus relatos (ambientados en Misiones, el duro y selvático territorio argentino fronterizo con Brasil y Paraguay) están perfectamente estructurados, con tensión narrativa y siempre cuentan con un cierre perfecto, impactante.
Aunque no suelo frecuentar la literatura de terror -a pesar del placer que me suele deparar su lectura-, en mi memoria ocupan un pequeño rincón algunos títulos conocidos de la imaginación aterradora: Los mitos de Cthulhu, de Lovecraft (esas formas 'imposibles de describir'...); Bestiario, de Cortázar, y el inexplicable acoso de Casa tomada ; la pesadilla de El Proceso, de Kafka; esa prodigiosa vuelta de tuerca al mito de los vampiros que es Soy leyenda, de Richard Matheson; el insuperable Frankenstein, de Mary Shelley; El doctor Jekyll y Mr. Hyde, de Stevenson; La Isla del doctor Moreau, de Wells; y quizás el más terrorífico de todos, El Horla, de Maupassant...
A partir de ahora, 'La gallina degollada' y 'El almohadón de plumas', de Horacio Quiroga; tendrán un sitio en ese rincón deliciosamente oscuro de mi memoria.



*El vuelo de la razón, de Vicente de Muñoz Puelles.  Nada relacionado con Goya me es ajeno. Para mí, el pintor aragonés es el artista español por excelencia y uno de los más grandes creadores universales que en el mundo han sido. Por lo que, entenderéis, que todo lo relacionado con este sordo genial lo lea con fruición, y más si está bien escrito y aporta algo nuevo al siempre magro caudal de mis conocimientos sobre el artista y su obra. Ese es el caso de "El vuelo de la razón (Goya, pintor de la libertad)", de Vicente Muñoz Puelles, escritor que no conocía y quien - según he descubierto- tiene otro libro sobre nuestro pintor -que pienso leer pronto, claro-, en el que aborda la misteriosa desaparición del cráneo de Goya (pero esa es otra historia...). En este libro es el mismo pintor el que repasa su vida a partir de tres cuadros emblemáticos: "La familia de Carlos IV" (obra realista y nada complaciente con los personajes retratados); "Los fusilamientos del 3 de mayo de 1808" (Goya se convierte en un reportero de guerra: usa los pinceles como un fotógrafo usa su cámara para denunciar lo que ocurre); y "La lechera de Burdeos", realizado en el exilio con un nuevo estilo, más libre y suelto. Y esta última etapa de Goya es  la que más me interesa, la que siempre me ha producido una profunda fascinación.
El gran Moratín, exiliado en Burdeos, le acucia -esa eterna llamada española, vente a Alemania, Pepe- :"Vente a Burdeos -me escribía, y con tus ahorros vivirás como un sátrapa. Vente, y no me envidiarás. Vente antes de que te coja el carro. Vente, que, si aguardas más, cuando quieras ya no será tiempo..."
Y ahí que va el anciano Goya: un viejo de 78 años que emprende una nueva vida, con renovado brío, como si disfrutara de una segunda juventud. Un Goya desafiante y cabezón hasta el final, que se encuentra y transforma en la hermosa ciudad de Burdeos (todo le gusta: las calles anchas y limpias, el campo próximo, el clima, la comida, los vinos, la tranquilidad de que disfruta) y deja atrás el infierno de su patria,  la feroz represión de Fernando VII, un pueblo cruel que se revuelve contra sus mejores hombres. Atrás también la pintura violenta, a golpes, utilizando cuchillos y dedos, como si matara (las maravillosas y terribles pinturas negras, que realizaría -abismado en la soledad y la locura- en su exilio interior de la Quinta del Sordo; y descubre la pincelada suelta, luminosa ("...me falta todo menos mi fuerza de voluntad y esa la tengo en exceso") con la que, anticipándose al impresionismo, pinta su última obra maestra: La lechera de Burdeos, un vibrante lienzo en el que Goya se expresa con total libertad y optimismo ("La serena delicadeza que envuelve a la joven, y el recuperado entusiasmo por el color, por la luz y la belleza, parecen revelar una reconciliación con la vida, una nueva juventud de Goya en la bella ciudad de Burdeos").


Por último, el clásico recordatorio de la lectura de un clásico. Como saben todos aquellos que hayan seguido estas colaboraciones en Notas,  Los ensayos de Montaigne representan para mí una guía para la vida: es una lectura continua y atemporal, con la que paso horas enteras. Os digo: Leed a Montaigne...Os tranquilizará. Pero también: Leedlo para vivir.

     Feliz Verano, amigos. (Leyendo y, al tiempo, caminando).

Ilustración de Quint Buchholz

© Jesús A. Salmerón Giménez


Jesús A. Salmerón Giménez (Cieza, Murcia, 1959). Sociólogo, desarrolla  su labor profesional en la Comunidad Autónoma de Murcia, en el área  de Protección a la Infancia. Buen lector, con cincuenta años de prácticas, impulsó la revista literaria El Caimán y es colaborador ocasional en las publicaciones de`La Sierpe y el Laúd´.  El origen del Universo ha recibido el primer premio en el IV Certamen Microrrelatos Libres - Memorial Isabel Muñoz (Diciembre, 2014).


sábado, 4 de julio de 2015

LA SIERRA DEL ORO

Pedro Diego Gil López

No sé cuántas veces he subido a la Sierra del Oro (o del Lloro, como prefieren llamarla muchos amigos; nombre que a mí también me gusta utilizar), han sido muchas y aún pienso que han sido pocas, porque es un verdadero placer andar por sus entornos. Los parajes que esconde son espacios que permanecen austeramente desiertos, es como si fuese imposible encontrarse con alguien. Una realidad absoluta que tal vez entrañe algún peligro. Superficies, distancias y cantidades son parte de un todo capaz de aislarte en tu propia creación, dando de sí percepciones exclusivas, en un disfrute propio que se va enriqueciendo a través de tu visión única, subjetiva y maximalista. 


A pesar de tantos aficionados al senderismo, fuera del fin de semana, la sierra del Oro es un espacio intrincado para perderse. La sierra se hace grande y boscosa, para guardar su propio tiempo y su propia vida, esconde sus secretos micológicos para que los descubran los amantes de las setas, en un espacio aumentado por los jabalíes, a base de sendas y trochas, entre los barrancos cuajados de coscojas. La sierra se hace altiva con el avistamiento de algún viejo arruí, se detiene el orden establecido entre los riscos con su silueta.  Una sierra que en los últimos años es hábitat también del ciervo, que no sorprende con su presencia, enseñándonos su cornamenta como si nos brindara un instante inolvidable, que recalcará en nuestra mente el sentido de su largo devenir animal.             


Empecé a subir a esta sierra muy joven, con los amigos. El Madroñal, con su balsa esmeralda, los huertos de oliveras y granados; y su último madroño, de inmortal recuerdo, longevo y triste, como encerrado en una jaula de tierra, entre su olma ya en ruinas y el cielo, siempre azul, sobre su copa dorada de verde. 


La senda de la Médica, empinada, abriéndole a nuestros pies la umbría, en una primavera de orquídeas y tomillos, con los restos olvidados de lo que pareció ser una casa hecha con troncos de madera. Al otro lado el Refugio, hoy derruido y desescombrado. La limpieza del aire, el recio paisaje, el pinar, un ascenso lento, soñador, sudoroso. La mochila con los bocatas, la cantimplora, las cuerdas, aquellos jerséis de lana que nuestras madres nos hacían con sus manos y aquellas largas agujas, y nuestros buenos pantalones cortos. Las ganas de andar inagotables, siempre carleando, apretar  el paso y subir las empinadas cuestas, las sendas quebradas, los terraplenes umbríos. La Sierra del Oro al frente, la alegría en el cuerpo por sentir tanta libertad. Jóvenes, siempre jóvenes avanzando, alegres, sufridos, con esa broma siempre en los labios, las risas, los motes, siempre dispuesto a tildar al compañero con esa crudeza adolescente, con descripciones de nosotros mismos, de los apellidos casuales, de las anécdotas señaladas en esa libreta inocente cuyas hojas eran nuestras propias manos. Una competencia de zancadas deportivas, envalentonados a empujones, sin parar de subir, de trepar, hasta alcanzar la nube que nos rondaba la cabeza, esa que nos hacía a todos iguales, cada vez más modernos, y a la vez tan distintos. Un revuelto de acículas de pino, de musgo seco, de tierra, los tallos de romero y el esparto, siempre ascendiendo, hacia arriba sudando, la algarabía, el sueño, la realidad inventada. La libertad y el miedo, esa dualidad que sofocaba la frente. Un salto y una caída a arrastraculo, el equilibrio final. Empezar a trepar un risco, el temblor en las extremidades, un apoyo inverosímil en una estrecha rendija, allí y acá, subiendo, sin parar de ascender. No había bocatas más buenos que aquellos de chorizo, de aquel que ya no hay. El agua fresca del Madroñal, inagotable, la boca bajo el chorro, la cantimplora llena para seguir subiendo hasta alcanzar el exiguo campamento, para tener a tiro la caseta del Refugio. Pasar la noche en él, entre juegos y risas, hasta que todos se dormían, y yo no podía pegar ojo. Contaba horas de ciento veinte minutos en un trance adolescente lleno de incertidumbre conmigo mismo. Tal vez nadie dormía y estaban todos despiertos, como yo, planteándose las mismas cuestiones. Luego, el deseo de ver amanecer, cansado de tanta noche oscura. La claridad perfilando las siluetas de los pinos, la elevación de la luz lentamente, los rayos de sol cegando aquellos ojos soñolientos.



Había que asomarse al peñón que remataba la ubicación del refugio para dejar caer la vista en el inmenso paisaje. Un sol resplandeciente, que acariciaba la piel como una madre, iba creciendo sobre el negror de la sierra y nos llevaba a empezar el día, sin desayuno, solo un trago de agua, y a montar la “tirolina” (He recordado esta palabra que casi tenía olvidada. La he buscado en el diccionario y no viene) Tensábamos la cuerda de una árbol a otro y aquello era la actividad principal del día. Se creaba un desnivel que aprovechábamos para deslizarnos por la cuerda, enganchados con un mosquetón. Recuerdos lejanos que fueron agrandándose con nuevas experiencias, sucesivas, a lo largo de los años, todas perfectas aventuras. Hasta subí varias veces de noche, por capricho, con la  valentía de estar entre amigos dispuestos a todo, capaces de completar una hazaña más, como esas otras de visitar el cementerio a las doce de la noche, o la de bañarnos en pleno invierno en el río. Iniciamos el ascenso entre la oscuridad de la sierra, valiéndonos de esas linternas de petaca, auténticas e infalibles,  guiados por las inmensas estrellas de entonces y las ganas de salir de tu casa al mundo. Desde aquellos recuerdos idealizados hasta verme de bruces en el año 2010, cuando subí corriendo a la sierra del Oro, participando en la prueba que organiza el Club de Senderismo el Portazgo, (tardé dos horas y pico, saliendo desde la esquina del convento y volviendo al mismo sitio, donde estaba la deseada meta) han pasado muchos años de sierra, de monte, de pinares, de paisajes a vista de pájaro, pero el deseo se renueva con tan solo pensar en llegar a la fuente del Madroñal.


Una de mis mejores experiencias en la sierra del Oro fue descubrir que desde ella se puede ver el mar. Se puede ver la lejana superficie marina a simple vista y si además utilizamos unos buenos prismáticos se pueden apreciar detalles que nos sorprenderán. Hay que subir por la pista forestal hasta el collado del Portazgo. Luego hay que coger el empinado camino que aparece por la izquierda, mirando a la sierra de Ricote, y ascender a la cuerda de la sierra, para alcanzar la señal topográfica. Habrá que elegir una mañana con el cielo despejado, con suerte de que no se levante la bruma del mar; mejor que haya hecho aire los días anteriores y la atmósfera, tras la noche, se haya quedado limpia. Tendrá que ser al amanecer o poco después. El ascenso del Sol irá reflejando la luz en la lámina del mar con una profundidad insospechada y lo marcará claramente en la línea del horizonte, en dirección a Orihuela, entre un espacio llano que deja la orografía de la comarca. Lentamente, ese dorado espacio refulgirá, crepitando en nuestras pupilas, mientras se desliza por el horizonte, según se eleva el sol.

© Pedro Diego Gil López 





Pedro Diego Gil López (Cieza, 1961), realizó estudios de Formación Profesional (Administrativo) y de Capataz Forestal. 
Ha publicado las novelas El pergamino de Shamat (Edtitorial Atlantis, 2014) y Monambo (Editorial MurciaLibro, 2016); dos relatos breves en el periódico digital El Heraldo del Henares, en la sección `Erase un cuento´, titulados “La hoja de papel en blanco” y “El grillo de la suerte”; y relatos, periódicamente, en la revista digital Letras del Parnaso. Ha sido finalista en el XIII Premio Internacional `Sexto Continente de Relato Negro´ 2012, con el título El viejo actor que mató a la injusticia, publicado en  la Antología  Matar a quienes manejan la economía ( Ediciones Irreverentes, 2015).