domingo, 28 de junio de 2015

JAÉN, EL VIAJE DE UN VERANO


Rosa Campos Gómez


Hacia Jaén (provincia andaluza que hay que ver y volver a ver ),  viajamos hace dos veranos. Escribí sobre la primera jornada con la intención de hacerlo después acerca de cada uno de los días que pasamos allí, los  toques de ficción  complementan a lo visto y experimentado en Úbeda, en esa  hermosa y vetusta realidad.  Es un relato muy breve (que aquí comparto), comparado con todo lo recibido en esta ciudad renacentista, y  precede a las visitas a Baeza y a Jaén capital. Qué hermosas ciudades las tres, un placer visitarlas.


                                                                             RELATO:
 JAÉN, EL VIAJE DE UN VERANO ( I )
Entrando en Úbeda
20 de agosto. Es de noche,  estoy escribiendo junto al mismo balcón que me dejó esta tarde cautivada. Ellas se han ido a dormir.

Esta mañana salimos de  Cieza ya con un calor subido de tono. “¡Estáis locas!”, nos decían al despedirnos (y puede que la evidencia cantara). Dejamos Murcia a nuestras espaldas con sus arboledas de  frutales, pasando a llanuras de fértiles ocres. Después nos llenamos los ojos de árboles altos y espesos. Cruzamos atractivos pueblos. En algún kilómetro nos cubrió un sol altanero que  inundaba descampados apenas poblados por pinos sedientos. Luego oleadas de olivares verdeazules perfectamente encuadrados, como dibujados por mano de delineante o arquitecto en las laderas de los montes, a veces con una verticalidad pasmosa.

Tras cuatro intensas horas llegamos a nuestro destino.

Somos cuatro: dos madres que,  como buenas nómadas, dan ejemplo a sus hijas adolescentes de que se puede viajar con presupuesto austero, sin que cohíban calores ni fríos (para estos asuntos nuestros retoños son valientes).

Propuse el viaje con el reclamo de que Úbeda es Patrimonio de la Humanidad (de no haber sido así hubiera buscado otro señuelo de fácil picar), sin decirles quién era la persona que de verdad me traía a esta tierra. 

Muñoz Molina, de aquí, Joaquín Sabina, de aquí; grandes  ambos, pero ninguno el de mis deseos, ni siquiera los recordé mientras preparaba  el viaje, ¡qué bochorno, si llegaran a saberlo!, pensé en algún momento.  Era otro el que ocupaba mi mente: Andrés de Vandelvira; me lo presentó hace años M. G. M., mi profesora de Renacimiento y desde entonces quise ver la Sacristía de El Salvador (Vandelvira, cantero antes que arquitecto, listo como el hambre, supo tomar el testigo que dejó  Siloé, y modernizarlo).

Hemos llegado al medio día, sedientas,  sudorosas y faltándonos ojos para mirar cuanto la vista abarcaba desde el coche: piedra tallada, edificios añejos desde los zócalos hasta el tejado; calles llenas de luz,  limpias.

Madres e hijas nos íbamos sorprendiendo y admirando sin pausa.

Con todo cerrado para que no penetrara el calor, el apartamento –sencillo y pulcro– nos ha recibido.

Tras la ducha, el almuerzo y una plácida siesta.

A media tarde he abierto este balcón que ya apenas el  sol rozaba  –el aire ubetense renovaría al acondicionado  mientras nos pavoneáramos por la ciudad– y he alucinado, ¡tenía medio milenio a una distancia impensada antes!

 Ahora, aquí asomada, miro la vandelviriana fachada palacial, encendida de luz de luna llena, y  me plazco  presagiando lo bello de mañana, y lo agasajado hoy: el gran humanismo de los vecinos al informarnos, el rico ochío arropado con jamón y la fría cerveza en la Plaza Primero de Mayo…


 Miro los hombres pétreos,  las delicadas columnas jónicas flanqueando las ventanas, sirviendo de elegante parteluz  en la esquina. Alzo los ojos  hasta la grácil arcada de la galería, los bajo, una ventana  abierta… ¡Quién tuviera el tablón que unía la calle en El séptimo cielo! Me alcanza una brisas fresca. Me sonrío:  ¡cuánto bueno me da este azar aliado! y la bóveda vaída cenital que cubre la calle Juan Montilla también sonríe, y me envuelve su noche, con ella concluye este primer día.


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Imágenes:
1 y 4. Desde las ventanas, con diseño de “ojo de buey”, del Archivo Municipal de Úbeda, que se encuentra instalado en la tercera y última planta del Ayuntamiento de la localidad, ubicado en el Palacio Vázquez de Molina (terminado hacia 1562), proyecto de Vandelvira. 
  
  1 -Fachada de la Sacra Capilla del  Salvador  (primera mitad del siglo XVI), proyecto de Siloé, cuya Sacristía, joya del renacimiento español, se debe tanto en proyecto como en realización  a Andrés de Vandelvira.  

  4 -Fachada de la Basílica de Santa María de los Reales Alcázares (primera mitad del siglo XIII).


 2 y 3. Palacio Vela de los Cobos (mediados del siglo XVI). Ésta fachada, compacta, de pronunciada horizontalidad, es el único elemento del edifico –continúa con sus funciones de residencia–, que mantiene intacta su fábrica original. Se alza en tres plantas –piedra sillar– con elementos de decoración netamente renacentista. inferior: portada adintelada, flanqueada por columnas corintias. Primer piso o planta noble: de orden jónico, con balcones  adornados en alternancia con pilastras y columnas, y coronados con frontón triangular; siendo de especial relevancia la ventana de la esquina, con elegante columna (con funciones de soporte y parteluz) de mármol blanco. Tercera planta: galería abierta que ofrece una artística  combinación de hueco y espacio, donde el ritmo y armonía se manifiestan grácilmente a través de la sucesión de arcos de medio punto sostenidos por pilares, repitiéndose en el de la esquina el modelo de la planta intermedia (columna central y frontón triangular).

5.  Artesanía (esparto) bien trabajada,  frente a la fachada de La Sacra Capilla del Salvador.

6. `Taberna  Calle Melancolía´,  sita en Calle Real, nº 59.

7.   Reloj  de sol en la fachada del Palacio del Concejo o Ayuntamiento Viejo, actualmente Conservatorio de Música Profesional María de Molina,   mirando a la Plaza  Primero de Mayo (antes Plaza del Mercado).

8. Jardines de la Plaza  Vázquez de Molina.


Otro viaje a Úbeda fue el que realicé, de la mano de Antonio Muñoz Molina, hace unos meses a través de su novela El jinete polaco. Cuando hice el primer viaje a esta  ciudad Patrimonio de la Humanidad  desde el 3 de julio de 2003, sólo había leído artículos, muy buenos, de Muñoz Molina, y no sé por qué razón no me había metido antes entre las páginas de su novela que tenía en casa desde hacía varios años. Hoy creo que los tiempos fueron los correctos; escribiré algún día sobre esta emotiva experiencia. Las imágenes que deberían ir con los números 9 y 10 serían las tomadas desde un punto de la Ronda de Miradores, frente a un bello mar ondulante de olivos,  y la de la Casa de las Torres,  edificio señero en la Mágina de este  grandísimo escritor, pero las imágenes que recogí han debido perderse, o escaparse, del archivo.


© Rosa Campos Gómez

lunes, 22 de junio de 2015

`EL CAMBIO´, RELATO DE PALOMA RODRÍGUEZ GARCÍA



Paloma Rodríguez García

Fue una mañana. Todo pasó en una mañana.
Un sábado normal acaba de despertar para Mauro. Su madre lo llama a gritos desde la cocina, y él, tan perezoso como siempre, emite un gruñido fastidiado por la interrupción de su maravilloso sueño. Se da la vuelta en la cama y mira el reloj, al principio ve borroso pero enfoca y: las 10:14. Inmediatamente vuelve a cerrar los ojos con un resoplido, es temprano para él. Al cabo de un rato sube su madre, da dos toquecitos a la puerta, como siempre hace, y entra. Sube la persiana para que entre la luz, abre la ventana para ventilar la habitación y le retira las sábanas a su hijo, el cual vuelve a resoplar.
– Venga ya Mauro, tu hermana ya ha desayunado y se ha ido a danza. Mientras, tú sigues aquí... ¡Arriba!
Y sale de la habitación malhumorada y murmurando: "Siempre igual..."

Mauro vuelve a mirar el reloj (10:37) y se levanta muy a su pesar. Se peina con las manos su perfecto flequillo, busca las zapatillas a tientas y se dirige al aseo para lavarse la cara. Tras esto, va a la cocina. En la mesa están las típicas tostadas de los sábados de tomate, aceite y sal, y junto a ellas un vaso de zumo. Desayuna mirando un punto fijo, cuando de repente se acuerda: ¡hoy es SÁBADO! Casi pega un brinco en la silla. Esta noche va a salir con sus amigos, lo pasará de lujo, se emborrachará, y, quién sabe, puede que encuentre algún que otro lío, como siempre... Y, ante esta perspectiva, dibuja una media sonrisa en su rostro y termina de desayunar tranquila y alegremente. Mientras sube las escaleras su madre le grita algo así como: "¡Haz tu cama!", pero él va absorto en sus pensamientos, ¿qué se pone para esta noche?
Es tan inmaduro, tan descuidado (excepto con su flequillo), tan superficial y tan egocéntrico que no le importan los demás, solo él: su vida. Piensa que va por el buen camino: el de no estudiar, salir en cuanto se presenta la ocasión, no hacer caso a nada de lo que le digan (excepto sus amigos), amenazar a algún que otro blandengue y, cómo no, peinarse su flequillo. Claro, visto así no son cosas buenas, pero para él es lo correcto, cada persona es de una manera y piensa diferente...

Llega a su habitación y decide sentarse en la silla que hay junto a su escritorio para pensar todos los detalles de "la prometedora noche".
Se deja caer sobre ella y, distraído, se pone a mirar la calle por la ventana. Es un día soleado, no asoma ni una nube, y la calle está tranquila, únicamente pasean un matrimonio de ancianos cogidos de la mano y una niña con su bicicleta. Mauro observa y se centra en las ruedas de la bici, es de un azul eléctrico. La niña es rubia. Mientras pedalea va moviendo la cabeza suavemente de un lado a otro y va tarareando una cancioncilla. Mauro ya la ha visto alguna vez, es de su barrio, vive a unas dos manzanas de su casa, y se pregunta qué hace por aquí ya que conoce a su madre y sabe que es muy cuidadosa y no la deja irse muy lejos de casa... Y, mientras piensa todo esto, dos calles más a la derecha, un señor circula con su coche.
El conductor gira a la derecha. Empieza a sonar una canción que parece no gustarle ya que frunce el ceño y cambia la emisora de radio, suena otra canción y, satisfecho con la nueva melodía, coloca de nuevo su mano sobre el volante. Gira a la derecha de nuevo mientras pisa un poco el freno, va a pasar por una calle estrecha. Y el mundo se le viene encima.

Mauro sigue observándola extrañado, a ella y a su bici, y lo ve. Un coche acaba de doblar la esquina.
La ciclista de 7 años sigue tarareando su canción con la mirada perdida, ajena al mundo.
La mente del conductor recuerda una calle peatonal por ese barrio, pero demasiado tarde.

Y Mauro lo ve todo sin pestañear, sin hacer nada. No grita, no se levanta de su silla. Se queda inmóvil. El mundo parece abalanzarse sobre él y siente el fuerte golpe del manillar color azul eléctrico en su pecho, siente que cae hacia la derecha y su hombro ahora es el que recibe, siente lágrimas aflorar y surcar su rostro como si de dos hormiguitas pequeñas se tratase. Lo siente todo, y, sin embargo, está sentado en su silla tan cómoda, con su cama al lado desecha, su ropa recién doblada por su madre sobre la mesa, mirando a través de un cristal que no está roto y siente que aquello es una broma. Una parte de él muere, ¿qué haría sin su hermana?, ¿qué sería de él si su preciosa hermana de 7 años hubiese estado en el lugar de aquella a la que está observando?, ¿qué sentido tiene estar ahí, sin poder hacer nada?, ¿qué importa la fiesta de esa noche?, ¿su hermana está en clase de danza de verdad?, ¿qué tienes que hacer en la vida?, mejor dicho: ¿qué es la vida?

Es un segundo, miles de preguntas en un mísero y rápido segundo. Ninguna respuesta. El mundo da vueltas, no tiene sentido, ¿qué está pasando? Se marea y tiene que agarrarse con fuerza a la mesa para no caer, tiene los nudillos blancos. Se queda sin aliento, ¿qué le ocurre? y descubre que se ha quedado sordo. Mira hacia el accidente y ve a muchas personas histéricas de aquí para allá, gritando, llamando a la policía, y, al conductor. Se ha quedado pálido y no puede articular palabra sentado en el asiento de su coche, no se mueve, ni pestañea, ¿qué ha hecho?

Entonces Mauro lo ve. Algo o alguien baja flotando junto a los árboles cuyas hojas son agitadas suavemente por la brisa. Parece un sueño. Aterriza junto a la niña y le sonríe, se nota que la joven tiene miedo, no quiere despegarse del suelo, no se quiere ir... Y Mauro, a pesar de estar tan lejos y de estar sordo, escucha la voz de aquel ser:
– Venga, arriba te esperan, es un lugar maravilloso, ni te lo imaginas. Todos están felices, no hay nadie enfermo o con dificultades. Desearás haber estado toda tu vida allí.
Es una voz suave, tranquila, pausada, que lo expresa todo y, es tan bella y segura, que dan ganas de escucharla todo el día.
Tras estas palabras, la niña responde con el rostro surcado de lágrimas y sus grandes ojos abiertos tanto como puede:
– Pero, ¿y mi madre? ¡No puedo dejarla aquí!
Y aquel ser sonríe, con la sonrisa verdadera, la que no miente, no engaña, aquella que solo algunas personas tienen, y le responde:
– Estarás con ella siempre, no físicamente, pero la sentirás a tu lado, y, aunque a ella le cueste, se acostumbrará a tenerte de esa manera, y será feliz con ello. Te lo prometo.
Y la niña, agotada, se deja llevar por ese abrazo que le arranca el alma de su cuerpo.

Las personas estamos tan perdidas en un accidente así que no prestamos atención a lo que pasa alrededor, solo nos preocupa llamar a alguien, para que intente ayudar a aquella pobre niña. Por eso, nadie ha presenciado esta magnífica conversación y escena.
Excepto Mauro, que, sin saber por qué, lo ha presenciado todo como si estuviese al lado, ahí abajo, en la calle, junto a la destrozada bicicleta azul eléctrico y junto al cuerpo de la niña.
La ve subir en brazos de aquel ser, con el rostro más feliz que ha visto en la vida, hacia arriba, hacia quién sabe dónde.

Cuando pierde de vista la escena siente que se escapa algo, que falta algo, no tiene ni idea de lo que pasa pero no tiene sentido nada a su alrededor. Con la mirada perdida intenta avistar el cielo en busca de ese extraño ser, sin resultados, pero al cabo de unos minutos lo vuelve a ver. Baja con serenidad, sin miedo, y Mauro se queda como una estatua: va hacia él, le está sonriendo a él.

No se quiere ir, lo tiene muy claro, es muy joven, ¡no ha vivido lo suficiente! Y mientras piensa todo esto él (o ella) ya ha llegado frente a Mauro.
– No tengas miedo, no voy a llevarte conmigo –dice sonriendo.
– Yo... Yo... ¿q... quién e...eres?
– Tranquilo, poca gente me ve cuando en realidad no vengo a por ellos. Solo quería enseñarte una cosa, un par de acontecimientos que creo que te sonarán...

Y, de repente, desaparece su habitación. Está sentado en la arena y descubre, horrorizado, que es un bebé. Sigue pensando como él piensa pero el que actúa es el bebé en cuyo cuerpo está ahora encerrado. Levanta la vista y, por la esquina del tobogán que hay frente a él, asoma otro bebé que se dirige gateando hasta él. Sin saber por qué, siente miedo, pero se calla y se queda sentado. El otro bebé ya ha llegado a su lado y, con una sonrisa maliciosa, le arrebata el cochecito con el que jugaba y se va lo más rápido que puede. Mauro, mejor dicho, el bebé al que le acaban de robar el coche, rompe a llorar e intenta ir tras el pequeño ladrón, pero no sabe gatear, de manera que se queda en su sitio sentado y llorando sin poder hacer nada. Mauro no está seguro, pero cree que el pequeño ladronzuelo es él cuando apenas tenía 3 años. Contrariado por esta escena, se da cuenta de que todo da vueltas de nuevo. Ahora es una niña regordeta, bajita y con gafas, de unos 9 años. Está sentada en su pupitre de la clase, el profesor todavía no ha llegado. De repente entra un chico y Mauro siente como se ruboriza, aunque en realidad es la chica la que lo hace. Se pone nerviosa y baja la vista ya que el chico la ha mirado y se dirige hacia ella. Empieza a sudar mientras él se acerca y cuando éste llega a su pupitre le dice con una deslumbrante y desafiante sonrisa:
– Buenos días gordi, ¿me has hecho los deberes?
Ella intenta responder pero no puede articular palabra, está nerviosa, de manera que le mira y asiente con la cabeza. La cabeza de Mauro, en el cuerpo de esa niña, estalla. Ese chico es él de pequeño, ahora está seguro.
Venga, ¿a qué esperas para dármelos niña tonta?
– Emm...
Varios chicos sentados cerca de allí se ríen ante el nerviosismo de la niña.
Ella se da cuenta y, para evitar que le vean la cara, ahora colorada, se da la vuelta y busca los deberes prometidos en su mochila. Se los da, sin poder mirarlo a la cara, y Mauro niño se los arrebata de la mano, se va sin decir palabra y se reúne con sus amigos, contagiándose de su risa, mientras ella llora en silencio y con la cabeza baja.

Todo da vueltas nuevamente, ahora es un chico de 13 años, largirucho y con gafas. Va andando por el pasillo del instituto, pero muy inseguro y, cada vez que va a girar por otro pasillo, se asoma para ver si hay alguien. Se supone que todos están abajo en el patio ya que es la hora del recreo, pero él teme bajar...

– Aquí estabas...
Esa voz, esa temida voz a sus espaldas, hace que se le erice el vello de la nuca y palidezca en apenas un segundo. Sin pensarlo echa a correr e inmediatamente oye las pisadas de tres chicos tras él, en su persecución. Nunca ha sido un gran atleta así que al cabo de muy poco tiene que pararse para tomar aliento, paso decisivo para que los tres gamberros lo alcancen. Sin cruzar una palabra dos de ellos cogen de los brazos al pobre chico, que resopla e intenta soltarse, pero sin éxito. El tercero se coloca a un paso de ellos y lo mira a la cara. Mauro, aun sabiendo a quién se iba a encontrar al levantar la cabeza aquel flacucho muchacho, se siente aterrado por su imagen y sin poder remediarlo grita:
– ¡Basta, quiero que esto acabe! Sácame de aquí, por favor...

Ya no está en el cuerpo de otra persona, es él.
Está sentado en la silla de su habitación, como hace algunos minutos, y tiembla. Como nunca antes a temblado. Despiertan en él sentimientos de rabia e impotencia, y se odia a sí mismo. ¿Cómo es tan estúpido? Sus ojos, bañados en lágrimas, le impiden ver al ser que lo ha llevado a vivir aquellos horribles minutos, que empieza a hablar de nuevo y pausadamente:
– No tenías por qué haberme visto, pero al verme has sido obligado a presenciar esto. Eres tú el que lo ha provocado todo.
Mira, cada persona viene a este mundo con un objetivo, una finalidad, pero nunca para hacer el mal. Llevas toda tu vida haciendo cosas del estilo que acabas de ver, pero siempre has pensado que así eres el mejor, llamas la atención en algo. Si supieras la cantidad de gente que hay en el mundo que piensa y actúa como tú... Os envían para hacer el bien, ayudar y ser buenos, solo así podrás realizarte y llegar a lo más alto. Recuerda siempre que estamos en esta vida de paso, a nadie le importa realmente lo que hagamos,  solo a Él, y es tan grande que te perdonará por todo, siempre. De nada sirve hacer daño si, al final, todo lo que hay a tu alrededor se esfumará, incluso tú, entonces no te quedará nada, y ¿qué harás?, ¿a dónde irás? Al único lugar en el mundo que hay eterno...

Y entonces, Mauro levanta la vista, con unos ojos nuevos, que ven el mundo distinto, unos oídos nuevos, que escuchan distinto, y un nuevo propósito, un propósito distinto.

...



Paloma Rodríguez García nació el 3 de junio de 1999 (16 años).
Actualmente ha terminado 4º de ESO en el IES Emilio Pérez Piñero de Calasparra, estudios que compagina con 3º de Piano de Grado Medio, en el Conservatorio Profesional de Música de Caravaca de la Cruz.

miércoles, 17 de junio de 2015

ESPAÑA ES UN PAÍS DE CASI TRES MILLONES DE NIÑOS POBRES (SEGÚN LAS ÚLTIMAS ESTADÍSTICAS)


Jesús A. Salmerón Giménez


“Un niño, más que cualquier otro don
que la tierra le ofrezca al hombre que declina,
trae consigo esperanzas y pensamientos de futuro”.
                                                                             Wordworth

“Yo no recibía ningún consejo, ningún apoyo, ningún estimulante, ningún consuelo, ninguna asistencia de ningún tipo, de nadie que me pudiera recordar. ¡Cuánto deseaba ir al cielo!”.
                                                David Copperfield,  Dickens


Los niños –forman parte de uno de los colectivos más vulnerables ante el actual panorama económico del país, a pesar de lo cual se han convertido en los grandes olvidados. Los últimos datos de Eurostat publicados son estremecedores, al señalar que ya son más de 2,8 millones los niños y niñas que en España viven por debajo del umbral de la pobreza (sólo Rumanía, con el 35% de su población infantil en situación de pobreza, presenta datos peores entre los países de la Unión Europea).



Es un drama monstruoso que se produce en este país, y que sufren cada día uno de cada tres niños españoles. Ser pobre en España no es como en los países del Otromundo  -ya reseñé aquí el descomunal libro de Martín Caparrós, El Hambre, en el que nos relata ese holocausto cotidiano-, tener hambre pero sí mala calidad de alimentación: “en nuestro país, para 30 de cada 100 niños la fruta es un lujo porque no pueden tomar siquiera una pieza al día. 30 de cada 100 niños no toman verdura a diario porque sus familias no se lo pueden permitir, y 20 de cada 100 niños no han estrenado ropa y no tienen más que un par de zapatos.” (Save The Children). No es no poder ir a la escuela, sino no tener material para estudiar: “Hablamos con padres que por las noches han dejado de cenar para ahorrar esa parte del presupuesto familiar e invertirlo en los libros que el colegio pide para sus hijos" (Save The Children). Ser pobre en España significa falta de oportunidades y vulneración de los derechos de los niños.

Y, además de sus evidentes efectos inmediatos, las consecuencias a medio y largo plazo de la pobreza infantil son devastadoras: las secuelas que puede generar en los jóvenes a nivel físico, psicológico y educativo pueden ser muy graves, determinando, por ejemplo, sus enfermedades de adulto, sus capacidades de poder o no estudiar una carrera universitaria, su personalidad o sus relaciones sociales.

Entre las principales consecuencias de la pobreza que describe UNICEF, se encuentran:
- Una mayor propensión a las enfermedades: los niños que se alimenta mal o comen demasiado poco, crecen para sufrir más enfermedades -hipertensión, diabetes, obesidad, anemia, descalcificación de los huesos- y a tener una mayor tendencia a padecer enfermedades respiratorias e infecciosas (José Mª Moreno, coordinador del Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría)
- Malnutrición: A un adulto ya desarrollado la carencias alimentaria le afecta, pero en el caso de un niño le puede marcar para siempre en función de sus condiciones genéticas y ser dramático para su salud en el futuro", afirma García Pérez.
- Fomenta la hipocondría y la depresión: los niños que observan a su alrededor dificultades constantes tienden a sentir indefensión y culpabilidad. Al no tener capacidad de entender qué pasa y por qué pueden sentirse responsables y eso lleva a la alerta constante cuando son adultos. Pueden hacerse muy hipocondríacos y muy inseguros (Antonio Cano, catedrático de psicología de la UCM)
- Incita al fracaso escolar: Las adversidades que un niño sufra en sus tres primero años de vida marcan su desarrollo cognitivo y esto puede hacer que en un futuro un niño esté o no preparado para avanzar e ir a la universidad (Antonio Cano).
- Exceso de estrés tóxico y estigmatización: Quienes viven en pobreza o riesgo de exclusión no sólo se encuentran “cansados psicológicamente, preocupados y/o estresados por la situación que viven en casa” cuando llegan al aula, sino que están “cansados también físicamente porque comen mal”.  Y éste aumenta cuando no recibe la atención necesaria de vuelta en la casa (estrés tóxico) y cuando son “señalados y apuntados” por sus pares (estigmatización). Sus altos niveles pueden afectar drásticamente el desarrollo cognitivo y la capacidad de aprendizaje (UNICEF España).

Y son casi tres millones los niños y niñas que sufren esta lacra en España. Todos nos preguntamos: ¿Dónde está el Estado? ¿Qué hacen las administraciones? ¿Quién rescata a esta gente? Como destaca un estudio de la Obra Social La Caixa: “la pobreza infantil en España tiene su causa última en determinadas características tanto estructurales, del propio modelo de crecimiento, como institucionales. España es, por ejemplo, uno de los pocos países europeos donde no existe una prestación universal por hijo, cuando está demostrado que la generosidad de las prestaciones sociales está directamente relacionada con una menor pobreza infantil”.


En mi opinión, los altos y preocupantes niveles de pobreza y exclusión social de la infancia que se dan en nuestro país son, además de las causas “sin pasaporte” –crisis económica y financiera; anemia de políticas sociales…- que han afectado severamente a niños y niñas de todo el mundo, producto de una España trágica, que no termina de desaparecer -la España de la picaresca y el esperpento-, que parece mantenerse incólume e indiferente al embate de los siglos y del progreso, extraño país éste en el que medran perillanes y maulas de toda laya, garrapatas feroces que han excretado Gürtel, Bárcenas, sobresueldos, sobres y sobornos, los E.R.E. de Andalucía, aeropuertos sin aviones, rescate de autopistas, rescate de las cajas de ahorro, las preferentes, tarjetas black, Urdangarín, el pequeño Nicolás, la familia Pujol…. De aquellos miércoles estos estiércoles.

De cualquier forma, no hay tiempo para rasgarse las vestiduras, se precisa un profunda reflexión por parte de la clase política y del conjunto de la sociedad sobre el futuro que queremos para nuestros niños y actuar contra esta terrible lacra, impidiendo que se perpetúe de generación en generación. Y, para ello, además de procurar las medidas asistenciales que se requieren de manera inmediata para estos niños y niñas, todos nuestros esfuerzos y compromisos se deben de dirigir a la educación (como sostuvo el maravilloso Emilio Lledó en la impagable entrevista que le hizo el Gran Wyoming el pasado 4 de junio en el programa El Intermedio: “La Educación es la solución”). Todos los expertos coinciden, la educación es la clave: “El acceso a una educación de calidad desde las primeras etapas de la vida es el mejor instrumento para combatir la pobreza y la exclusión social, así como su transmisión intergeneracional”. A pesar de ello, en los últimos años la inversión estatal en educación se ha recortado un 16,7% desde 2010. La conciencia social (“no me preocupa tanto la corrupción económica como la corrupción de la mente”, declaró  Emilio Lledó en la citada entrevista) es la que debe de impulsar a que este tipo de políticas, que han tenido consecuencias tan nefastas, cambien y se consideren una prioridad la educación y la lucha contra la pobreza infantil, en definitiva el bienestar de los niños y las niñas de este país: “Los niños son el sismógrafo más sensible del progreso de los pueblos” (UNICEF).

 La injusta situación de la infancia en situación de pobreza en España es altamente preocupante, pues trunca las vidas de millones de niños y niñas, que no pueden realizarse, ni llevar una vida decente. Desde mi punto de vista, la extrema desigualdad y la pobreza infantil son incompatibles con la democracia. Y esta realidad dramática debe ser revertida y abordada como una emergencia nacional, que, además de destinar los recursos a paliar la pobreza infantil, fomente al mismo tiempo la educación y la innovación. Ellos tienen derecho de disfrutar su infancia y educarse, démosle esa oportunidad.

© Jesús A. Salmerón Giménez


lunes, 15 de junio de 2015

PASCUAL L. MOTELLÓN, `PEQUEÑO FORMATO´



Rosa Campos Gómez


Pascual Lucas Motellón (1951)  expone Pequeño formato en el Aula  de Cultura de CajaMurcia, Cieza. La muestra contiene una treintena de obras, la mayoría de 30X30, en las que los productos que ofrece la tierra son los protagonistas.

 Como las joyas que aparecen en sus estuches sobre un fondo negro que hace destacar más la pieza de orfebrería, así nos muestra el autor las frutas que ha pintado, porque la realidad plástica que las envuelve anda implicada con el valor que la belleza natural de sus vidas les confiere. Y es que Motellón retrata fielmente lo que ve en sus paseos constantes por esta tierra que tan pródiga anda de estos alimentos, y lo que vio en su niñez, cuando iba camino de la escuela desde Perdiguera al Maripinar un día con otro, andando campo a través.



La riqueza de la agricultura local se percibe al mirar sus cuadros y comprobar la variedad vegetal que recogen, encontrando, además, una precisión en la comunicación del  color y de sus gradaciones, y exactitud en las proporciones de  cada una de las piezas dibujadas y pintadas  con  limpieza en el trazo.  No encontramos el efecto de sombra y luz en las superficies donde descansan, no encontramos superficie, sólo ese negro que  otorga un aire surrealista que puede llegar a inquietar, a cuestionarnos  por qué emergen  de él,  «utilizo ese fondo  por comodidad …o quizá por miedo a otros fondos más amorfos»,  nos dice el pintor.

Es una tarde noche tranquila,  nos hallamos sentados en la sala primera del aula,  rodeados de sus pinturas trabajadas  con acrílico en soporte de lienzo. Mantenemos una conversación  sosegada y fluida, como no podía ser de otra forma conociéndolo. Hablamos de aspectos técnicos: «aprendí  el control de la técnica muy tarde, con la experiencia  que da la práctica, y cuando veo  esto pienso que era lo que yo deseaba conseguir. Trabajo con cierta rapidez y eso me produce satisfacción porque veo lo que voy avanzando». 
Hacemos una pausa para mirar unos ajos  que tenemos en una pintura ubicada en la pared más próxima –en el logro de sus acertados matices–, y comentamos sobre el  hiperrealismo que contienen.  

                          

Toda la obra es de un figurativismo realista sorprendente, con unas gamas tonales que dan el volumen adecuado y un punto  justo de sazón a cada una de las piezas representadas. Me dice: «ni siquiera tengo curriculum  porque de poco sirve decir que he estado  en Florencia, Nueva York, etc., si después la obra que muestras no lo refleja.  Yo sé que soy  un aficionado, aunque he tenido premios y mi obra ha sido varias veces seleccionada. Para mí el curriculum está en que la pintura que expongas tenga  una calidad artística». Afirma que le ha costado llegar al punto en el que está ahora, que ha pintado mucho, desde siempre,  pero que no siempre ha obtenido el resultado deseado. 

                    

Se le nota la admiración que siente por su padre cuando cuenta sus inicios en la pintura: «el pintaba  cabezas de cabras y de caballos en la pared, y yo quería aprender a hacer lo mismo. Cuando él volvía del pueblo  y me llevaba una caja de lápices de colores, eso significaba para mí algo muy grande. De mi padre aprendí el amor por la naturaleza, por los animales, hasta el punto que tengo un blog, Fotofaunacieza, en el que comparto fotos de animales exclusivamente de Cieza, y a las que añado  datos de cada especie retratada».

El pintor Jesús Carrillo fue para él un referente importante; cuenta con admiración  que cuando tenía unos diez años e iba camino de la escuela lo veía muy a menudo  llegar en su Vespa y ponerse a pintar a la sombra de una olivera; le fascinaba verlo pintar paisajes. Dice que cuando volvía, el pintor ya  se había ido pero allí se quedaban los trapos de limpiar los pinceles con ese olor a trementina que para él suponían algo valioso por sí mismos.

Motellón, que se considera autodidacta, recibió clases en 1964 de don  Antonio  Fernández, catedrático de Dibujo del Instituto Laboral de Cieza, y posteriormente ha ido  asistiendo a talleres de pintura. Cuenta con unos trescientos libros de  arte en su casa,  a los que le gusta acudir para aprender e informarse, también  ha participado en numerosos concursos de pintura rápida por buena parte de la península, en algunos de ellos le han comprado el cuadro mientras lo estaba haciendo, y dice que «lo vendía sin esperar a exponerlo para que fuese premiado, porque en realidad  me daba igual recibir o no un premio. Lo que siempre he buscado ha sido divertirme,  y como eso lo tenía lo demás me daba igual».

Sobre los temas que ha tocado comenta:  «antes  he hecho otras cosas,  mucho paisaje, retrato, collages con cuerdas y con alambres… Hiperrealismo y surrealismo». Ahora se decanta por otros temas, como los productos agrícolas, si bien Pequeño formato no responde a ningún proyecto en particular, «no he sido pintor de proyectos concebidos con un fin, sólo uno he tenido  a lo largo de los años que llevo en esto,  ha sido el de la `Bolsas de plástico´. Surgió cuando dijeron que las iban a quitar porque contaminaban  y  pensé en  homenajearlas de alguna manera, y como me gustaba ver el efecto que tenía la fruta  dentro de ellas, pues eso dio para una serie, tengo cuadros de más de dos metros con el tema  de bolsas y frutas. Ya hay una exposición concertada con estas obras».

Le pregunto por la lectura y dice que no suele leer mucho, que tiene una vida en la que  hace lo que le apetece; después de ayudar a Isabel  (su mujer) con el cuidado de los nietos (tiene dos hijos, Carlos  –padre de dos niños–  y Alberto) sale a recorrer parajes ciezanos y cuando vuelve a casa no le apetece coger un libro, se duerme: «Lo que más leo son  libros relacionados con el arte, también alguna biografía de los políticos que se retiran, sobre todo si tenemos afinidad ideológica, porque suelen contar cosas que cuando estaban en activo no decían, y me gusta conocer esas anécdotas  y situaciones que desconocíamos. Antes leía novelas, pero ahora esto no me atrae tanto, sí recuerdo, como algo que me llegó bastante, la obra de Miguel Delibes, y en especial Los santos inocentes, porque me di cuenta de que cosas que yo había visto, como tenerle que dar los pollos al señorito y estar al tanto de lo que exigían, eran asuntos muy bien reflejados por este escritor».

Cita a Monet como pintor al que admira, entre otros, y dice que le gusta mucho la fotografía, cuenta que hace muchos años hizo un curso de educación a distancia con el que aprendió  a hacer y revelar  fotografías, que le regalaron todas las herramientas de laboratorio a las que les sacó bastante rendimiento, herramientas que su hijo Alberto (Tete Lukas), un día rescató del trastero y supo seguir sacándole provecho propio.

Padscual L. Motellón continua haciendo fotos,  a ellas acude para sus pinturas, y otras las muestra en el blog antes citado, las toma haciendo puestos en los que aguarda cuanto tiempo sea necesario  para retratar a unos animales a los que no es fácil encontrar y dejarse posar, pero para eso él tiene paciencia. Procura mostrarlas tal y como las recoge, no le gusta retocarlas.



Dice  que para que el arte y la cultura sigan vigentes tienen que haber estímulos escolares, pero que donde de verdad se inician los críos en esta materia es en casa, «o les das arte o fútbol o bar, cualquiera de estas cosas los estimulará en una dirección, e introducirlos en el arte les va aportando muchos valores humanos».

Al preguntarle sobre la relación actual entre la cultura  y la política dice que «hace falta rodearse de buenos asesores, y el  ministro del ramo tiene que tener sensibilidad hacia este tema, si no la tiene no sirve de nada. Nos espera un futuro oscuro si no se le da a la cultura  la importancia que  tiene, si no se valora lo que para el pueblo es fundamental. Es más, creo que si no se subvenciona  el arte, aunque haya creadores,  no puede sobrevivir; se necesita un mecenazgo».

Dos mujeres se acercan a un cuadro que contiene  unos tomates en un plato de duralex  y se les escucha decir «¡si parecen de verdad! ¡Qué bien pintados!».

 Ha sido una charla muy grata entre las hermosas imágenes de los productos agrícolas, pinturas que ha creado este artista ciezano que posee  una trayectoria considerable,  y al que le queda mucho camino   por delante,  con esa particular manera de sentir lo que hace y que define con la sencillez que lo caracteriza: «vivo la pintura como un divertimento,  y  la entiendo como una forma de enriquecimiento personal».


                     


               
              
 © Rosa Campos Gómez

viernes, 5 de junio de 2015

EL MENJÚ, ESE PARAÍSO PERDIDO

(El Menjú, ese paraíso perdido, fue publicación más visitada. 02/04/17)       
     
Pedro Diego Gil López
La Arcadia existió junto al río Segura en el paraje del Menjú. Allí quedan los restos de la fuente de la eterna juventud, una obra donde se erigía la escultura alucinante de una náyade rodeada de delfines, aquella ninfa que tropezó con el dios fluvial Alfeo, quien la pretendió. Allí está su recuerdo, en el río, en aquella barca que lo cruzaba desde la carretera de Abarán. Esas tardes de mona, de niño, de juventud primaveral, alejada y viva, en ese Menjú de paseos silenciosos, envuelto en la vegetación misteriosa de una rivera encantada. Toda su grandeza pendiente ya de un pasado, que se multiplica en cada ocasión que es rememorado, como en un sueño.   Toda su importancia relegada a un aspecto mental enajenado por la crudeza de la dura actualidad. Un paraje idílico, de ilusiones perdidas, de transformaciones imposibles, de propiedad ajena a la cordura, de dueños insensibles y mordaces. Un lugar que ya nunca más podré recomendar que se visite. Antes sí lo hice, se lo recomendé al amor, a la pasión, a la lúdica irresponsabilidad del alma, a los jóvenes que hacían novillos, a un sí mismo inocente y a la inconsciencia necesaria para comprender el mundo.



 Es tan triste hablar de un lugar que no quiero recomendar, con el fin de que no lo visite nadie; ni a quién lo conoció, ni a quién podría conocerlo, porque ambos individuos, uno sabedor de lo que había y otro imaginando lo que pudo haber, llegarían a ser el mismo, un ser impotente, deshumanizado de repente, huidizo, asustado por una responsabilidad insufrible. La tristeza debería formar un muro circular, de una altura considerable, para que nadie pudiera acceder a la realidad, a un hoy y a un mañana con el significado Menjú. O la amargura debería horadar un gran agujero que creara un pozo enorme donde cayera toda su obra muerta. O la indiferencia tendría que formar una niebla tan espesa que nadie pudiera atravesarla, para que nadie pudiera pisar esos paseos troceados por la desidia. Una condena debería aislar esa porción de tierra, antaño fuente eterna, río divino, reflejo del paraíso, lugar protegido por la diosa Diana. Una prisión tendría que retener su exuberancia vegetativa y su naturaleza pura, reteniendo el cumulo de propiedades exotéricas de su fundación. Habría que cegar el ojo y la luz a la vez, deseando que nadie diera de sí la casualidad de frecuentarlo. Y habría que pensar que todo estaba resumido en una propiedad de ricos señoritos, que caducaron en una edad insospechada, allá en una capital distante, ignorante, de siglos XX mortales. Y habría que saber que todo dependía de eso, de nada más. Aunque todos nosotros lo contempláramos con la boca abierta, desde nuestro pueblo, sin piedad. A pesar de que aún, cuando pronunciamos la palabra Menjú, se nos llena la boca del sabor de las habas tiernas y veamos el viejo camino más allá del puente Alambre, proponiendo una excursión entrañable, hacia un destino excitante. 
                

Hubo unos años que la náyade Aretusa, cuya estatua esculpida por Marco es la guardiana de los hechos, quiso defender su espacio acuático, su virginidad remota y el ámbito de su delicada influencia, convirtiéndose a la vez en uno de los perros de Acteón, con la ayuda de Artemisa. Ese animal existió, atacaba a aquellos que se atrevían a deambular por aquella finca en los años noventa. Era un perro feroz, y el encargado, su dueño, tuvo graves problemas, porque lo denunciaron a la Guardia Civil. La mayor parte del encanto de la finca aún perduraba. El perro desapareció, el encargado también, eso fue darle la puntilla de la propiedad. Un último intento de vallar sus accesos fue inútil. La finca aceleró su absoluta decadencia, empezó a borrarse, completamente abandonada, como si Céfiro, el dios del viento, hubiera soplado con toda su insistencia. Desapareció su dueño, la herencia, el usufructo, la leyenda misma del Menjú y la idea de una metamorfosis legendaria, expresada por aquel Ovidio, ahora insignificante. 

   Y a otro nivel, desapareció el reducto de una corriente neoclásica, que fue como una erección puntual, en una década que consumió un intento civilizador local, aislado y frágil. Allí se erigió la cúspide de una civilización particular, y los bárbaros vinieron y la arrasaron cuando supieron de su decadencia. Bárbaros de a pie, de gamberradas, de inutilidad, alejados en un despropósito cultural extremo, que a pedradas destruyeron el mármol inmaculado, quebrando las letras latinas que el poeta utilizó y ligó para edificar versos ya incomprensibles. Gente ruin visitó sus paseos de idílicas proporciones, recorrió sus estaciones glorificadas por el arte para cagar en los rincones entrañables, donde antes se habían besado ninfas y efebos de muchas generaciones. Personajes de gran vileza eran sus visitantes más habituales, iban llegando en oleadas fanáticas, riendo, meando, con grandes botellas de cerveza y latas de conservas podridas. Iban sucediéndose en mayor ignorancia, en más desprecio por todo, una vez que ya estaban despreciados ellos mismo por la sociedad. Y así se acabó con todo. Tardarán muchos años para que vuelva a haber algo similar, o algo que llegue a su nivel de grandeza. Me da la sensación que yo no lo veré. Solo me queda el consuelo de que pude ver el Menjú, de que pude tenerlo, de que pude amar en un lugar así, aquí, tan cerca de mi pueblo y de mi casa.          


No recomiendo que regreséis. No recomiendo que nadie intente encontrarlo. Que estos últimos pregunten a sus padres, a sus abuelos, ellos les dirán, ellos reconstruirán el Menjú como dioses benévolos, contando sus pequeñas historias, las horas de merienda, los besos que se dieron como novios, como jóvenes verdaderamente mitológicos. Sufriré si alguien me habla de su actualidad, absurdamente muerta, desgarrado por la impotencia. Siempre me veré camino del Menjú con un vinagrillo  en la boca.

  © Pedro Diego Gil López 



martes, 2 de junio de 2015

UN AÑO DE NOTAS

   Rosa Campos Gómez
                                                
                                                                     

         "Todo son escombros, tierra revuelta, árboles desnudos, niebla, pero florece el        almendro."   

          "Dile al pájaro que sólo hay árboles
 en mi corazón."
                                                                                         Clara Janés (1940)
                           

         Hoy, 2 de junio, Notas cumple un año.

 
Ilustración del capítulo "Junio",  de Mesario

El objetivo era durar un año, y nos queda la agradable sensación de haberlo cumplido. Y rondaba también la intención de dejarlo ahí, pero la verdad es que  cuesta trabajo cerrar esta casa común que entre todos hemos levantado y mantenemos abierta, poseedora de ventanas con grandes cristaleras que nos permiten ver días de sol y  de lluvias, y noches habitadas por el perfil mutante que va dando forma a las cuatro lunas.

Hemos anotado cuanto  se ha podido. Miramos al archivo y vemos que hay materia, lo que indica que el espacio cultural está activo; y comprobamos que sus páginas son  frecuentadas, advirtiéndonos  de que la inquietud por saber de los temas que nos han ocupado está muy despierta.

Gracias por sus generosas colaboraciones a:
Mari Carmen Cruz,  Katya Abad, Antonio Gómez Villa y David Botía Ordaz. 

Gracias a los creadores (ellas y ellos) que nos han aportado datos  e imágenes de sus actividades culturales.   

Gracias a quienes dan vida a las secciones habituales en ANOTANDO:


Jesús A. Salmerón Giménez.    Pecios en la Nube  
Pedro Diego Gil López.    Parajes Ciezanos Desiertos
Sara Alarcón.    Cativa
Juan A. Piñera.    Así, en frío

(secciones entre las que también se encuentra Tierra de Lluvias) 

Y gracias a quienes visitan, siguen y/o comparten Notas revista cultural.

Empezamos con cambios y  concluimos este tramo anual con ellos; los cambios representan movimiento, y  lo que no se estanca goza de salud salud.  Ha sido un año en el que las mujeres han estado y están muy presentes, tema que no se ha tratado  con  la extensión que requiere, pero hay ánimo y voluntad de hacerlo, llegaremos, seguro, y a algunos más. Seguiremos teniendo  al tiempo como aliado para este espacio de encuentro.

Enlace a las publicaciones del 2 de junio de 2014:   1    y     2
 © Rosa Campos Gómez