miércoles, 27 de mayo de 2015

CHARLES DICKENS FOREVER


Jesús A. Salmerón Giménez

“Yo he leído libros. He leído todo lo que un hombre puede querer leer. Dos veces. Dickens, tres veces”.
                                           Una cuestión de tiempo, Richard Curtis, 2013.

En mis viajes andados, durante unas semanas –con las lluvias de abril y el sol de mayo– no me ha importado, de vuelta del trabajo, atravesar Murcia –a velocidad de crucero–, sorteando las corrientes de agua que se forman cuando caen cuatro gotas o, las más de las veces,  deslizándome por las calles calcinadas por un sol de justicia (si se puede llamar justicia a 40 grados a la sombra), porque me aguardaba, al final de la escapada, la promesa de felicidad de Casa desolada, la espléndida compañía de Dickens. Y leer a Dickens es un placer extraordinario: “Quisiera uno seguir leyendo y viviendo como lee y vive ahora, al margen de las coacciones insidiosas o destempladas del presente, dedicando los días a acontecimientos de tan delicada lentitud y tan escasa actualidad como las páginas de Dickens” (Muñoz Molina).

Nada más llegar a casa, una comida rápida y me disponía para la inmersión: dejaba arriba, en la superficie, el fogonazo, la luz cegadora de Murcia para sumergirme de lleno en la ciudad de la niebla (la niebla, alumbrada por los faroles de gas, entre fango y lluvia, no se levanta en toda la novela y acaba por invadir hasta el rincón del lector: mi sillón de orejas se iba difuminando en la habitación...): el Londres floreciente y el miserable; las mansiones suntuosas y las humildes casas de ladrillos ennegrecidas por el hollín; la alta y elegante sociedad victoriana y la pobreza, las duras condiciones laborales, el analfabetismo, los problemas higiénicos y sanitarios que causaban estragos en la población.



Casa Desolada no es una  de sus novelas más conocidas, pero sí, sin la menor duda, la más memorable. Se inicia con la historia tortuosa, kafkiana, de un proceso judicial que no se resuelve nunca y termina abarcando toda la ciudad del Londres decimonónico, el ciclo completo de la vida, el universo entero. La maestría técnica, la ambición narrativa, los elementos del folletín (crímenes, desigualdades sociales, villanos ruines y héroes fascinantes, herencias perdidas, amores imposibles), el moralismo, el sentimentalismo, la comicidad deslumbrante y también las preocupaciones sociales en una época de intensa industrialización y profundos cambios sociales. Todo Dickens está en Casa Desolada, el mejor Dickens, la grandeza de Dickens. 

El libro nos devuelve –intactas– las benditas ganas de leer, la ilusión y el gusto por la literatura que teníamos cuando éramos jóvenes e indocumentados, pero la madurez, la experiencia lectora (algo bueno tenía que traer esta desolación del tiempo), nos permite otros descubrimientos, hallar tesoros escondidos, matices –delicados y profundos– que antes nos pasaban desapercibidos: obtenemos mucho más de lo que damos al leer a Dickens. Como apunta Bloom, Harold Bloom: “Leer” a veces resulta un término demasiado tradicional para la total entrega a que invita Casa Desolada.

Charles Dickens, como todos los grandes, es amado por unos lectores  y criticado por otro. No hay medias tintas. O se ama o se rechaza. ¿Y qué ha hecho Dickens por nosotros? –preguntarán algunos escépticos– aparte de la celebración de las navidades –gracias al impacto que tuvo Canción de Navidad–, la denuncia de la pobreza, los personajes de la comedia moderna, el cine –Eisenstein dijo que los cimientos del séptimo arte fueron edificados por Griffith basándose en ideas de Dickens como el montaje paralelo o los primeros planos–, los nombres de los personajes llenos de simbolismo y nuestra visión de la ley y el derecho. (Las seis cosas que Charles Dickens dio al mundo moderno, BBC). Y nosotros le insistiremos a los puntillosos Reg de turno: su influencia en el mundo moderno es tan grande que, como sostiene uno de sus biógrafos, nunca ha dejado de ser una fuerza viva (en la maravillosa serie The Wire, en la quinta temporada de el director adjunto del Baltimore Sun pide a sus reporteros que busquen el "aspecto dickensiano" de la ciudad), pero lo que siempre nos quedará del genial autor son sus libros, su poderosa literatura –de cuyo campo magnético no he podido (ni quiero) escapar en los últimos años–: Dickens tiene un don para la creación de personajes, una vigorosa capacidad de invención y una fuerza narrativa extraordinaria y brillante.







El cuadro El sueño de Dickens, firmado por su contemporáneo Robert Williams Buss, muestra al escritor, en su estudio, dormido, rodeado por sus creaciones.



En cada uno de sus inolvidables personajes (en los principales, pero también en los secundarios) late el corazón del creador David Copperfield  (la novela de las novelas, la ha llamado Guelbenzu): el amargado y  avaricioso Scrooge de Cuento de Navidad; el maltratado niño Oliver Twist (y Fagin, líder de los ladrones); el huérfano y esnob Pip de Grandes Esperanzas; Samuel Pickwick, el fundador y presidente del Club Pickwick (pero sobre todo Sam Weller, su particular Sancho Panza)…Su infancia difícil (con solo doce años fue empleado en una fábrica de betún) le llevó a solidarizarse con los desfavorecidos, a retratar la pobreza creando una auténtica literatura periodística. La vida de Dickens es un ejemplo de lucha y superación personal. “Nunca he creído posible que una habilidad natural o adquirida pudiera desdeñar la compañía de otras virtudes como la laboriosidad y la perseverancia. En este mundo no hay nada comparable al deseo de llegar al fondo de las cosas”, nos dice en David Copperfield, su novela más autobiográfica. Aunque no todo en él es ejemplar (en la excelente biografía que escribió Claire Tomalin, nos dice  la autora: “Dan ganas de apartar la mirada de buena parte de los sucesos del año siguiente, 1858. Su hija Katey, habló, décadas después, del sufrimiento que había en la casa y del comportamiento casi demente de su padre”.): el genial autor sostenía que sus personajes malvados respondían a como él realmente era, y sus héroes, generosos y llenos de bondad, representaban a lo que él aspiraba ser.

Su titánico esfuerzo y la entrega personal de Dickens a su obra, dejándose –literalmente– la vida en ello, se transmite a su grandiosa literatura. Su lectura es el merecido homenaje que podemos rendir al más universal de los narradores.

© Jesús A. Salmerón Giménez

domingo, 24 de mayo de 2015

FRANCISCO JAVIER ILLÁN VIVAS, LIGERO DE EQUIPAJE


Rosa Campos Gómez

Hablar de Francisco Javier Illán Vivas siempre es interesante por la amplitud de temas susceptibles de tratar en torno a sus actividades culturales, pero vayamos por partes. En primer lugar lo haremos de  su nuevo libro (1).


 

Equipaje ligero ( Ed. ADIH, 2015)
En el prefacio  de Equipaje Ligero,  el propio autor nos dice: “Escribo para mí y para algún otro, esa es la sensación que tengo cuando me pongo, en el caso de la poesía, ante el vacío papel con el lápiz en la mano”; Y, ateniéndose a la unión íntima que ve entre poesía y música nos propone algo sugerente: “Entra a este mundo de pinceladas evanescentes, mientras Schubert te compaña con sus Cantos, nocturnos del caminante”. Y así lo procuramos.
     Equipaje ligero, o ligero de equipaje trayendonos a la memoria, ya de entrada, el  poema  A. Machadose lee con agilidad además de con gran gusto, como se hace con las cosas que habitan en la elocuencia de la sentida sencillez. Está compuesto  por poemas hondos a la vez que breves, llenos de imágenes de momentos que las emociones  van dejando en el ánimo del poeta y que se hacen próximas a quien a ellas se acerca; que se leen de un tirón y que después te exhortan a volver a empezar porque sabes que entre la concisión de esas palabras hay una inmensidad de  asuntos que todavía te esperan para adentrarte más en ellos; apreciándose una especie de sutil  vínculo entre la edad otoñal y la adolescente, percibiéndose que una y otra conviven en el poeta. Es otoñal por el eco de la vida experimentada, en la que se sabe del valor de lo que se quiere, y se siente la espuela del miedo ante  un tiempo que cabalga demasiado rápido, capaz de expropiar; y nos evidencia esa conexión con la adolescencia que aún perdura en algún rincón del ser, cuando la vida, según lo que a uno le pasara, era tragedia o alegría en dimensiones desorbitadas. Metáforas donde el miedo a la pérdida y el deseo se traslucen. Versos como pinceladas sueltas de un paisaje emocional  expresionista   e impresionista.

Una  selección como muestra:


CAMINOS crispados,
huele a vértigo
a olvido
a cera saciada
de fuego,
 huele a tarde,
a tarima
donde subido 
no sabes bajar.
LA PUERTA
es la última,
palpo trémulo
buscando el pomo
pero su helor
no se presenta.

  
VEO sólo contornos,
sombras correr, en vez de andar,
no hay aire,
tampoco luz.
Mis ojos no se acostumbran
a esta ciudad.

DÍA, o noche,
su voz es el arrullo
del batir de los remos.
Su belleza
es un cielo encendido,
dolorosa, insostenible.

ESTE tren
no se detiene
en ninguna estación.

LAS puertas cerradas
y confusión,
esos trenes
viajan opuestos,
antes de conocerte
sólo puertas cerradas
y confusión,
sombras
sombras de nada
y confusión.
Antes de conocerte.


COMPLICIDAD
confianza
descubrirte un poco
cada día,
aunque el tiempo sea
nuestro enemigo.

HOY
tu desnudez
paisaje prohibido.

LLAMAR,
y no ser oído,
no me falta amor que dar
sino corazón donde dejarlo.

TENGO miedo al sueño
a  la ruleta
de programar el reloj
6,15 horas
y  nunca la certeza
de que me despertará
¡con todo cuanto
 tengo que vivirte!



   Biografía
   Un día del pasado marzo, me encontré en el muro comunitario de Facebook, publicado por el autor que  nos ocupa, su biografía. La copié, para escribir este artículo que tengo en mente desde hace tiempo.

   Motivos para ir pensando en un cambio de agujas:
Francisco Javier Illán Vivas (Molina de Segura, 20 de octubre de 1958). Licenciado en criminología. Director editorial en Editorial ADIH. Creador y Director del festival Poetas a Molina.
Ha dirigido las revistas literarias Acantilados de papel y Ágora papeles de arte gramático.
Ha fundado la revista literaria Acantilados de papel.
Ha publicado Con paso lento, 2003; La Maldición, 2004 y 2011 (primera entrega de La cólera de Nébulos); Dulce Amargor, 2005; Crepusculario, 2007; El rey de las Esfinges, 2008 (segunda entrega de La cólera de Nébulos); Témporas, 2010 ; A mi manera, 2012; La Isla y otros relatos, 2013; La oscuridad infernal(2), 2014 (tercera entrega de La cólera de Nébulos); Equipaje ligero, 2015.
Sus poemas han aparecido en cuatro antologías: II Jornadas de poesía sobre el Segura, 2007; Tertuliemos I, 2008; Arde en tus manos, 2009; y República poética, 2009. Sus relatos han aparecido en las antologías: Con la pluma a cuestas: catorce escritores desde La Rioja, 2004; Cuentos, 2006; Los martes de Luna Llena, 2009; París, 2012; 2099 Antología de ciencia ficción, 2012; Los mejores terrores en relatos, 2012; Anatomías secretas, 2013; y Relatos fotoeróticos, 2014; y en las revistas Ágora, papeles de arte gramático; MiasMa, Lunas de Papel, CuentaMolina, Revista destiempos, y Entrelíneas, entre otras. En Internet sus poemas han aparecido publicados en Revista Literaria Baquiana , Revista Literaria Remolinos y Protheus, entre otras.
Su poesía ha sido traducida al árabe y publicada en Egipto.
Su relato Un hombre desnudo, fue elegido por los internautas del sitio`Escritores en la sombra´ como relato del año 2008.
Finalista del X Premio internacional Sexto Continente de relato de ciencia ficción y ficción distópica, 2012.
Actualmente busca nuevas facetas creativas en el campo de la música.

    Y algo más sobre este escritor que ha participado en más medios de los que cita en la biografía encontrada en la red social anteriormente citada. Confeso admirador de la narrativa de H. P. Lovecraft y de la poesía de Luis Alberto de Cuenca entre otros autores. 
Si tenemos en cuenta que quienes se mueven en el terreno de la cultura necesitan de algún minuto de presencia en la red  (que no de gloria, latitud ya más complejas de pisar y posiblemente más prescindible),  sin duda que mucha de la gente de la Región de Murcia que lo ha tenido se lo deba  (se lo debamos) a Illán Vivas, porque lleva escribiendo desde hace muchos años sobre estos asuntos, independientemente de que quienes los practican caminen por el reconocimiento y el éxito o por el desconocimiento. Teniendo un marcado peso la labor llevada a cabo en pro de los más desconocidos,  ya que las palabras de sus reseñas y de sus entrevistas han otorgado presencia en el medio de comunicación que más podía (y puede) unir a emisores y receptores culturales sin necesidad de que medien unos costes de promoción.  Todo esto, que considero valioso, es lo que altruistamente ha venido haciendo y hace este escritor  que ha publicado novelas, poesía, artículos, crítica, reseñas, relato, etc., promovido encuentros, divulgando la cultura, facilitando accesos...

   Entre sus costumbres está la de fotografiar un motivo vegetal (como el que aquí mostrado),  para ofrecerlo asiduamente en la red, deseando una buena jornada.



     F. J. Illán Vivas es amante de la cultura en general, y creo que su contribución como divulgador  cultural en las redes sociales es impagable y de una necesidad oportuna; a quien le gusta la música, por lo que, sabedor de  que nunca es tarde para nada y menos para aprender a ejecutarla, se ha puesto a ello; seguro que lo está haciendo bien y que disfruta, y seguro que no dejará de escribir, de reseñar, de divulgar y de editar, porque es un hombre comprometido, y eso  no se puede evitar, no en vano los raíles de los trenes  posibilitan cambio  de agujas, para que no se frenen en seco ni se detengan cuando no es necesario. Trenes  en los que es posible viajar cuando se va, como el dice, ligero de equipaje.

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1.   Equipaje Ligero, ha sido  editado para regalar en la I Fiesta Anual de ADIH (Asociación de Divulgaciones e Investigaciones Históricas), cuya línea editorial él dirige.
2.    La oscuridad Infernal, novela que completa la trilogía de La Cólera de Nébulos, cuyo género pertenece a la fantasía épica, es editada también por ADIH, y destina los beneficios a AMER (Asociación de Enfermedades Raras de Molina del Segura).

Toda la información sobre F. J. Illán Vivas, con acceso a diferentes enlaces, la encontramos  AQUÍ

 © Rosa Campos Gómez


martes, 19 de mayo de 2015

`MUS.A.S´, DE MIRIAM MARTÍNEZ ABELLÁN





Rosa Campos Gómez

   MUS.A.S es un proyecto  concebido por Miriam Martínez Abellán para exponer en las casas nº 6 y 10 del Museo de Siyâsa, un enclave de atractivo contraste -por lo marcado de la arquitectura  andalusí (siglos XII y XIII) junto a la desarrollada en siglo XX-, que sirve como referente y modelo para los trabajos de esta autora ciezana afincada en Murcia.

    MUS.A.S  toma de la mitología griega a las 9 Musas –deidades nacidas  de Mnemósine y de Zeus, según Hesíodo, en Teogonía–, a las que con el tiempo, los poetas, científicos y filósofos les levantaron altares en los bosques y pequeños edificios que llamarían museos, de donde arranca la denominación  actual del edificio ciezano que en el siglo XXI acoge esta muestra. Miriam M. A. las ha tomado para arrancar desde la Grecia clásica hasta nuestros días, haciendo un viaje transversal a través de la historia para descifrar unos códigos de conducta que a la mujer, socialmente,  se le ha ido deparando. Si bien las plasmadas en su obra  presentan distancia con aquellas clásicas que inspiraban a gente de letras y de ciencia, sí guardan sus nombres, además de cierto  paralelismo en los atributos.

   En estos  collages, en los que predomina la expresión conceptual y una buena dosis de surrealismo, se percibe al vuelo su impronta, en cuya iconografía, no obstante, vemos resonancias del Pop art, sobre todo de R. Hamilton (1922-2011), porque la autora  mira hacia los años  60, valiéndose de las imágenes de este determinado periodo, poseedor de una  estética hacia la que desde pequeña se ha sentido atraída –antes incluso de que volviera a la actualidad como moda “vintage”–, para hacer  una crítica visual de la sociedad, aportando una clara  ironía, denunciando la utilización y sumisión con que se ha  tratado a la mujer  para mantenerla callada a través de un consumismo que no pretende otra cosa que otorgarle una vida gregaria.

   Mujeres en una sociedad anónima es lo que retrata MUS.A.S ya desde el título, teniendo como objetivo central la reivindicación de la cultura y del papel que la mujer  va jugando en ella, de cómo va abriendo una brecha para sí misma y para las mujeres futuras.

    Calíope, musa de la elocuencia y de la poesía épica, representada en la Antigüedad con corona de laureles, libro,  tablilla, estilete y una trompeta, la encontramos aquí vestida con una majestuosidad distinta:  envuelta en abrigo de marca y con cabeza de flor, como mujer anónima silenciada a pesar de sus conocimientos, y junto a ella un trompetista negro, recordándonos  a los marginados por el color de su piel hasta no hace tanto; unas pastillas  de caldo de gallina, en blanco y negro, flotan en el ambiente.


    Clío, musa de la historia, cambia laureles por el triangulo  de una divinidad que le fragmenta la cabeza; y en vez de un pergamino expone el tronco de su cuerpo  con signos alfanuméricos,  cual Columna Trajana que llevara escrito lo vivido junto a un notorio reloj de pulsera –sustituyendo a la clepsidra–, avisando del paso del tiempo.



  
     Erato, musa de la poesía amorosa, en vez de cítara o lira posa con  radio casete, mostrándose con un cuerpo diez,  con cabeza de berza… ¿identidad anulada? 



    Y así en las restantes protectoras de las artes y las ciencias:  Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía,  Terpsícore y Urania, que se nos muestran entre objetos cotidianos, seriadas o codificadas  con el sistema alfanumérico, emulando un código de barras que incide más todavía en esa semejanza que se les quiere imponer  por una parte  de la sociedad que no las quiere en su creatividad sino en silencio y sumisión.

     La exposición cuenta, además, con seis instalaciones en las que podemos ver rostros enmudecidos por aspas, señalando  la negación de los derechos que sufren masivamente las mujeres de determinados países; la necesidad de que busquemos  ese hilo musical  propio que  nos depara energía en nuestra vida  a través de una intervención practicada con hilo y auriculares  en una escultura de Marian García Arroyo;  palabras  de actividad inspiradas desde  la  “mousiké” del alma, sugeridas por vinilos  esparcidos  al pie de un tocadiscos; bombillas  que nos advierten de que debemos de estar al tanto de las ideas brillantes que se nos encienden, para no dejarlas escapar sin haberlas escuchado y aprehendido su mensaje para ponerlo en activo; latas de conserva en la cocina, que no encierran Mierda de artista, como las de Piero Manzoni,  sino Inspiración  en conserva para que no se evapore sin fructificar y poder echar mano de ella en cuanto se necesite; cedés dando cuerpo a un lago de música como el mejor espacio para sobrevolar reflejándose...

    Y es que la música está muy presente en esta muestra –suena la de Satíe en la casa nº 10–, reuniendo una retrospectiva de sus trabajos como los pertenecientes a Discopatía, en los que podemos ver  excelentes collages con técnica mixta en la que la artista nos habla de la «patología»  a la que puede llegar el (su) cerebro cuando no puede desconectarse de la música, pasando esta a ser la columna vertebral que articula la vida. 

   Discos de vinilo, recortes de imágenes en papel delicadamente seleccionadas, acrílicos y esmalte sintético, además de cinta de casete, de puntilla para adornar a una luna sobre la que mecerse, un single sobre el que “ella baila sola”…  Estética con poesía unas veces, otras con humor y otras con denuncia.

     En cuanto a la técnica digamos que es muy depurada, con limpieza en los recortes que descansan, en muchos de los cuadros allí expuestos,  sobre  un lecho de pintura con una utilización del acrílico y del esmalte sintético que definen perfectamente la sensibilidad de esta artista; el empleo de los rojos nos adentran en la vitalidad que habita en la fuerza de la sangre, sosiego en los azules, equilibrio en los verdes,  y  calidez en los dorados que dibujan a su libre albedrío lunas llenas…


    Muchas historias que conocer en esta exposición –comisariada por Joaquín Salmerón, director del Museo de Siyâsa–, metáforas visuales que disfrutar, sonrisas que aflorar, reconocimientos que tener presentes…silencios y luchas, la música como beneficio y pasión,  y más temas anexos en esta exposición  de los que  Miriam Martínez Abellán, profesora de Música de Secundaria y licenciada en Historia del Arte –confesa admiradora de la obra de Hannah Höch (1889-1978) y de Leonora Carrington (1917-2011)–, comparte a través de guías didácticas escritas y orales que enriquecerán la visita de espectadores de todas las edades.  Algo imperdible, de veras.






Más información sobre Miriam Martínez Abellán Aquí



© R. Campos Gómez

viernes, 15 de mayo de 2015

TRES TRISTES LIBROS


Jesús A. Salmerón Giménez



"LA TRISTEZA tiene sus épocas y sus estilos: cada tristeza tiene un tono, un vocabulario particular."                                                    Alberto Manguel                                       

A través de tres narraciones de tristezas distintas (y que, sin embargo, se complementan mutuamente), estas historias exploran la aterradora realidad de nuestro mundo. Galveston: Una novela negra,  que narra el matón Roy Cady después de confesarnos que anda desahuciado por un cáncer. El Hambre, de Martín Caparrós, una crónica del fracaso humano. Charlotte, la historia de una pintora alemana que muere a los veintiséis años en Auschwitz, lejos de su gran amor. Estas lecturas que inicié en febrero (el mes más triste) y finalicé en abril (el mes más cruel, según Eliot), no embargaron mi ánimo de pulsión suicida alguna (tan propia del corto y ventoso febrero, por otra parte, como documentó Durkheim): el más negro corazón del invierno alberga siempre el proyecto de la primavera, que, aquí, florece en la formidable pluma de estos escritores y llega – como un hálito de esperanza, una brisa de belleza-, a través del libro a nuestras manos, a nuestros corazones. Estos libros tristes -tristes cada uno a su propia manera-, nos demuestran que incluso en los tiempos más sombríos,  en el corazón de las tinieblas,  encontramos historias, acciones  de personas cuyo valor y generosidad nos reconcilian con el ser humano y, de alguna forma, redimen el mundo. Como escribió Landero, un grano de felicidad, un mar de olvido.



"La auténtica medida de la vida es el recuerdo."
                                                     Walter Benjamin

 *Charlotte, de David Foenkinos.
Abismado en Casa Desolada, sólo una manifestación de amistad -generosa, como son ellos- ha logrado arrancarme del poderoso campo magnético de Dickens. El libro que me regalaron el pasado 23 de abril (no conocía ni el libro ni el autor: vasta y profunda es mi ignorancia), habla también del buen gusto de mis amigos (gracias, Roja). De una sentada (en mi sillón con orejas, que está muy familiarizado con la alta literatura, ya hasta opina y se queja), con la voz trémula de emoción (la voz, sí, la avariciosa voz con la que nos contamos a nosotros mismos lo que leemos), he ido pasando las hojas -los dedos, temblorosos, ávidos, febriles-a medida que avanzaba, que iba descendiendo a los infiernos de la historia (con una emoción de intensidad sorprendente), que nos narra -y en la que nos atrapa- este escritor francés, y que arma con una estructura insólita (¿poema?, ¿canto?, ¿himno?): una sucesión de frases cortas, secas -como trazos de la genial Charlotte-, escritas de forma directa al corazón y a la mente del lector, sin intermediarios: Al final de cada frase nos aguarda una verdad -y el lector sabe reconocerla cuando logra atraparla-. Como si emanara una fuerza moral de cada una de ellas. ("Sentía la necesidad de poner puntos y aparte para respirar. Entonces caí en la cuenta de que había que escribirlo así", nos confiesa en su libro David Foenkinos). Este  libro magnífico y conmovedor, de distintas capas de lectura (la desgarradora historia de Charlotte -epítome del Holocausto-, la búsqueda del escritor Foenkinos fascinado por la artista Charlotte -que me ha recordado la genial Laura, de Preminger, en la que el detective se enamora, a través de un cuadro, de una muerta-, los insondables caminos de la creación artística....
Un libro memorable, perturbador, que sigue alimentando mis benditas ganas de leer y del que lo mejor que puedo decir es que no ha desentonado -al contrario, ha sido un maravilloso paréntesis- de Casa Desolada, cuyos salones, jardines,  galerías.Me aguardan, me conducen al corazón del laberinto. Sospecho que me esperan muchas horas felices.



* Galveston, de Nic Pizzolatto.
No es una obra maestra, "ni el mejor noir que he leído en la última década", como sostiene el irregular Lehane (capaz de escribir una maravilla como "Cualquier otro día" y destrozar la historia con una continuación -"Vivir de noche"- que es una caricatura de la primera), pero no solo de grandes obras vive el lector (la última que leí de este género es -sin contar, por supuesto, toda la saga de Quirke, que juega, digámoslo así, en otra liga- la magnífica "El poder del perro", de Don Winslow). He leído Galveston con mucho interés,  motivado sin duda por el gran aliciente de leer la primera novela del  creador de True Detective. Y no me ha decepcionado: es original, pero también desoladora. La historia de un matón enfermo, "que sintiéndose como una ciudad en ruinas y sin murallas quiere hacer algo digno antes de morir. O sea, proteger a una mujer acorralada y a su niña". Un matón que, algo raro en este género, recobra el aliento con la lectura: "(...) leer me aliviaba un poco del peso del tiempo. El hábito de la lectura, que he mantenido estos veinte años, no me convierte en una persona distinta. Simplemente, desde que tuve que dejar de beber, se convirtió en la mejor manera de pasar el rato".
"Cuando leía, me abstraía con las palabras y lo que significaban y perdía la noción de tiempo. Me sorprendió descubrir que existía esa libertad forjada exclusivamente con palabras. Y entonces sentí que muchos antes se me había escapado algo crucial".

Como decía al principio, no es la novela negra de la década (siquiera de la semana), y quien busque parecidos con la extraordinaria True Detective, se decepcionará, pero es interesante, con atmósfera (el paisaje entre Texas y Luisiana -por cierto, que el nombre es de origen español: Gálvez+Town), sus habitantes, la estructura -original  e inteligente,  con esos planos temporales, 1987 y 2008-, que te mantiene en suspense hasta el final (un buen final). Pero, para mí, lo mejor es el personaje: este matón, en perpetuo estado de ruina, al que parece que se le agota el valor (John le Carré nos enseñó, en El sastre de Panamá, que la valentía tiene fecha de caducidad), y que- quiero imaginar- se redime a través de la lectura, como nosotros.


* El Hambre, de Martín Caparrós.
“Este libro es un fracaso (…) porque una exploración del mayor fracaso del género humano no podía sino fracasar (...) Y, aun así, es un fracaso que no me avergüenza".                             Martín Caparrós

Este libro -valiente, incómodo, apasionado- comienza con una escena en la que una mujer, en un hospital de Níger, carga a su hijo a la espalda para llevarlo de regreso a casa. El chico está muerto: muerto por hambre.

Y desde esas primeras y dramáticas líneas, un escalofrío recorre el alma lector, y no nos abandona ya en esta noche oscura del hambre -solo iluminada por súbitos relámpagos de rabia, que estremecen a quienes se abisman en la lectura de este insólito y durísimo libro de Martín Caparrós. Enseguida comprendemos que no es necesario viajar al recóndito corazón de la selva para exclamar con Kurtz: "¡El horror! ¡El horror!": ahí está, a la vuelta de la esquina, en el OtroMundo, entre las páginas de este magistral y terrible libro.

La apuesta de Caparrós es dura: indagar sobre el monstruo del hambre, analizar y conjeturar sobre cuales han sido los motivos que han llevado a esta terrible situación, responder a la pregunta que se formula una y otra vez: por qué, en un mundo que dispone de comida para todos, se mueren 25.000 personas cada día por hambre. Cuestión muy peliaguda en un mundo hostil, resbaladizo a la culpa.

Caparrós plantea su obra, una especie de intento de inmersión en este crimen de lesa humanidad y en todas las circunstancias que contribuyen a que se produzca, como una especie de secuencia que cuesta abandonar una vez se entra en ella.

El hambre no es una estadística, como escribe nuestro autor, en un brillante y aguerrido párrafo: “el hambre no existe fuera de las personas que la sufren. El tema no es el hambre, son las personas”. Y éstas personas habitan -(mal) viven y mueren- a lo largo de las seiscientas escalofriantes páginas de este libro: cientos de historias de personas concretas —que viven en Madagascar, en Argentina, en Estados Unidos, en India— "para quienes el hambre lleva, adosados, parásitos que se alimentan de ella y que, a su vez, la alimentan: los roles sociales, las creencias religiosas".

Como escribió el gran Oscar Wilde: "Es inmoral usar la propiedad privada para aliviar los horribles males que resultan de la institución de la propiedad privada. Es inmoral e injusto".


Al final, como en la obra maestra Soy leyenda, de Richard Matheson la conclusión es obvia y aterradora: "Porque Robert Neville miró al abismo y el abismo le devolvió la mirada y, como Frankenstein, vio que él era el auténtico monstruo. ¿No lo somos todos?"

 © Jesús A. Salmerón Giménez

jueves, 7 de mayo de 2015

LA SIERRA DE LA CABEZA DEL ASNO

         Pedro Diego Gil López




       Yo conocí la sierra de la Cabeza de Asno antes, mucho antes, del incendio del 94. Aquel incendio voraz que vino de Somogil, desde la Puerta de Moratalla, como una lástima de desidia y olvido, de la naturaleza perdida de nuestros gratos entornos, que duró siete largos días. Tenía oídas de que dicho incendio había cruzado el río Segura por Cañaverosa.  Cogí el coche y llegué al lugar para constatar el desastre. Vi llegar aquella bola de fuego una tórrida tarde de julio, todo el suelo crujía y el aire rechinaba. La desesperación enlatada en ese 4 L blanco que me servía de excusa para recular. Avisados todos los medios de extinción, nadie llegaba. La bola de fuego avanzaba ávida de hidrocarburos vegetales, consumiendo esas acículas depositadas en el tiempo, calcinando las viejas atochas de la memoria del monte. El exiguo cortafuegos que se mal dibujaba entre los términos municipales de Calasparra y Cieza, era como un espacio lleno de oxígeno, un acelerador de las llamas. El fuego sobrevoló las copas de los vetustos pinos que lo flanqueaban. La temperatura abrasadora, el viento, el fuego, la vida misma huyendo sin poder hacerlo. Imaginé águilas guiando a las cabras monteses a huir de las llamas, a palomas torcaces pendientes de librar del fuego a las liebres. Con grandes dosis de ingenuidad, también vi a las grajillas huir ruidosas, transportando a chicharras y hormigas, a los alcaravanes poniendo a salvo a las tortugas moras, a los vencejos ascender a los cielos cada uno con un caracol, a las perdices apeonar veloces con los espolones llenos de grillos y a las alondras volar con un alacrán en el pico. Luego, las sirenas de los camiones de los retenes que acudieron. El fuego enloquecedor, la llama erguida, purificadora en sí misma, arrasadora. El verano del 94, las cenizas de mil sierras llegaron al mar. Las que provocó el incendio de la vegetación de la sierra de la Cabeza de Asno llegaron al pueblo, a los tejados de las casas de Cieza. Imposible. Al día siguiente no era nada. El calor mitigado en la cercana playa, bajo el agua del grifo, en la ducha, en esas piscinas de los campos particulares, o con esos aires acondicionados encendidos a tope. Más allá del suceso, las preguntas eran de risa, las respuestas algo tontas, los visionarios a montones. Pero la sierra ardió y todo lo que la rodeaba; ardió la rambla del Agua Amarga, el paraje de la Melera, la Loma del Calvo, y parte del Picarcho.                                                   

                                  
   
 La reina de estos parajes, la soledad, fue la única seña, (motivo, ente, distinción o nota) que aguantó la fuerza del fuego, la única que pudo sobrellevar la extinción vegetal y la huida de la naturaleza. Lo consiguió a base de desplegar toda su fuerza. Logró quedar más inamovible que nunca, en ese después tan gris e irreal, aislada de tal manera en ese lugar desolado, de tan reciente creación, que acrecentó todo su poder a costa, incluso, de la mismísima realidad. La soledad tensa, perseverando como un todo unificador después de la hecatombe, formando la cohesión final, el círculo exacto que lo domina todo, destacó por encima del desastre. Eso salvó a la sierra de la Cabeza del Asno, con su enigmático nombre, dándole un futuro de ineludible verdor, para que siguiera siendo el verdadero cartel anunciador de las tierras murcianas, que da la bienvenida paisajística oportuna, verde y azulada, algo brumosa, desde los campos de Albacete, llegando por la exigua nacional 301.     


     Una pista forestal asciende a su ladera, hasta su extenso oripié que desde el incendio del 94, visto desde lejos, parece una lija. Al acercarnos a su base de cabeza asnal se ven los pequeños riscos que se desprendieron de la cresta, derrumbe a derrumbe, poblada de jaras, chaparras y espinos, todos ejemplares nuevos, retoños de viejos píes supervivientes de las llamas; a saber cuántas veces reinventados de incendios posteriores.                                                      
    He llegado otra vez, solo han pasado veinte años. Dejo el coche en la caseta donde guardaban las herramientas de la última cantera que allí se trabajó, cuya huella perdura  por encima de todos los incendios del mundo. Y sigo a pie hasta el aljibe del cabezo del Viso. Un paseo llano y abierto. Una ida y vuelta soñadora. Todo el entorno de la sierra guarda un silencio exclusivo y una profundidad particular, el lugar está hermosamente desierto. Si nos decidimos por realizar ese itinerario hacia el término de Calasparra, avanzaremos por un tramo del camino de la Vera Cruz de Caravaca, que transcurre hacia la hermana sierra del Puerto. Las minas de hierro que se explotaron con escaso éxito en las laderas umbrías, se ven como poros abiertos, rojizos puntos que comunican las entrañas de la tierra con la superficie y mezclan el olor de las profundidades con las fragancias de tomillo. Hoy es primavera, las flores de jaguarzo alfombran el monte, parecen blancas gotas de luz, con su puntito amarillo de estambres, más allá una ladera salpicada de flores azules de lino, entre la espuma vibrante que forman los blancos espigones florales del gamón. Además, se huele al frescor de las más puras esencias. Gotas de lluvia, rayos de sol, aire fresco de levante, y esa paz de frontera autonómica nueva, indiferente y sutil, formada de diáfanos muros de lentisco. La pista continúa, no para, es como una cinta transportadora, te da el avance, el recurso de los ángulos, llevándote a un atardecer de recias columnas de nubes, elevadas y densas, yunques de tormenta que llegan de la Mancha. Rápidamente, el aguacero, el crepitar de la tierra mojada, los rápidos pasos de regreso.



     Tal vez hoy me apetezca subir a lo más alto de la sierra, donde campea la señal topográfica, punto geodésico de los viejos mapas del Instituto Geográfico Nacional. Una subida espléndida, progresiva, hasta los altos riscos de la Cabeza, por la senda que asciende desde el refugio forestal. Un esfuerzo agradable, el sudor en la espalda, en la frente, la sensación muscular de forzar las piernas. Se llega a la cresta, a la cuerda de la sierra, fácilmente, una verdadera alegría. Luego otra ligera ascensión hasta la accesible cumbre. En lo más alto, el monolito topográfico y un lugar para interrogar desde allí el paisaje circular que se contempla, calificable de enorme, y descubrir la intimidad rocosa de la Cabeza. Es preferible subir a esta magnífica altura, alrededor de setecientos metros sobre el nivel del mar, en un día despejado, a primeras horas de la mañana. El paisaje, así, se abrirá como una enorme flor, como si nosotros estuviéramos subidos en un elevado cáliz y alrededor nuestro se extendieran oleadas de pétalos nervados, en series de colores luminosos, bajo la nítida lluvia solar. Un verdadero trance contemplativo propiciado por la infinidad de reflejos vegetales, terrosos y minerales, que la nitidez del aire expande hasta tus ojos.  

  © Pedro Diego Gil López