jueves, 23 de abril de 2015

LEER NOS EMPODERA


Rosa Campos





    El 23 de abril pertenece a los días fecundos. Es una gran fiesta que incita a  leer con más pasión, si hay hábito, o a iniciar costumbre. Leer nos empodera.

Gratos encuentros en las calles de Madrid

(las imágenes fueron tomadas desde el móvil, pido disculpas por que no tienen toda la calidad que quisiera)

 Hace unos días me dirigía hacia la estación de ferrocarril ciezana para tomar el tren de la mañana camino de  Madrid, y mientras me acercaba me llegaron  a la memoria  dos recuerdos que suelen acudirme por esta ruta. Uno de ellos es una canción que escuchaba de niña, no muchas veces, pero sí las suficientes  como para que una de sus estrofas, que me chirriaba, no se cuele por el agujero del olvido sin haberla revisado: «Bajaba todos los días / de su casa a la estación / con un libro entre las manos / de Bécquer o Campoamor. / Era delgada y morena, / era de cintura fina, / era más cursi que un guante / la señorita Adelina» , de La niña de la estación.  Porque lo leía, para eso llevaba un libro «entre las manos», que es lo que se hace cuando se abre y se lee en ese perfecto invento tecnológico que recoge la palabra a través de los siglos; y  confiando en  que el fundamento de su cursilería no se diera por leer a Bécquer, me pregunto por qué el autor pintó con tanta ridiculez a la pobre muchacha, que se sabía los versos del poeta sevillano del romanticismo español al dedillo. Pero, ¿y si  no eran  cursiladas lo que veía en ella, sino que  el ver a una mujer lectora lo desconcertaba, y, costándole trabajo reconocerlo, tiró por la sorna?

    El otro recuerdo pertenece a los ratos de ocio que  vivían muchas familias, cuando llevaban a sus pequeños a la estación de ferrocarril local en las tardes soleadas de invierno o en las mañanas de domingo de cualquier estación del año, cuando esa era una buena opción para los que no tenían posibles para acudir a otras actividades. Eran unas horas ante el espectáculo que proporcionaba el  arte de la ingeniería, que, a paso armónicamente machacón, pasaba inusitadamente ante los ojos que aún guardaban la virtud de la curiosidad y la sorpresa.




   Viajar en tren me resulta agradable,  igual que son esos minutos de espera  que me permiten recorrer  unos metros más allá de donde están los bancos  al aire libre y el enorme reloj que enuncia con gran vivibilidad el tránsito del tiempo aunque te alejes un poco.


   El entorno de una estación sugiere cosas… Mirar los raíles de las vías ir alejándose a la vez que se van uniendo, dejando de ser líneas paralelas para convertirse en una en ese horizonte  por donde después aparecerá el tren esperado volviéndolas a desunir con ese ritmo de máquina algo distinto al de antaño, pero que todavía sigue  rememorando a aquél otro de los trenes antiguos, al de las películas del Oeste...

    Cuando me acomodé en el asiento, saqué un libro para leer y observé que entre los pasajeros que estaban al alcance de mi vista habían bastantes que llevaban libros abiertos (sólo vi un ebook), predominando las mujeres.

   De Cieza a Madrid hay unas cuatro horas  de tranquilidad prodigiosa que permiten leer en largos tirones. El texto  que llevaba entre manos está dedicado a la figura de Maquiavelo, pertenece a una colección de filosofía que consta de 30 títulos, todos dedicados a  pensadores masculinos excepto uno que tratará sobre Hannah Arendt (menos mal que hay una filósofa entre ellos, me dije, y  aunque sea por los pelos esta colección cumple las expectativas  de una campaña reciente que tiene por lema `No sin mujeres´).      Que todos los hombres que componen la colección tienen hechos y fama bien asentada, está claro, también que las mujeres no han tenido las mismas posibilidades de formación y de divulgación que ellos a lo largo de la historia, y aun así las hay, por lo que me cuestioné  por qué no se las había incluido:  ¿Por qué no son materia de estudio en esta lista ni en muchas otras? ¿Por qué su pensamiento no se considera de tanta envergadura como el de ellos?  ¿Han aportado a las sociedades que les ha tocado vivir tanto como lo han hecho ellos? ¿Por qué  no han recibido sus trabajos la misma divulgación que han tenido los de ellos?  ¿Por qué no se las ha escuchado como  a ellos?… María Zambrano dice  que «la actitud de preguntar supone la aparición de la conciencia».

   No obstante, e independientemente de lo cuestionado, los libros de esta serie que he leído, que no son todos los que se van publicando, ni por orden de  aparición, me parecen muy amenos e ilustran bien el contexto en el que vivió y se movió cada  filósofo y su pensamiento, propiciando un rato de lectura grata incluso para quienes no sean muy aficionados a estos temas, y probablemente editados con esa precisa intención.


   
Volvamos al tren: voy leyendo y miro al mundo (interiormente, por supuesto, porque no hay ventana tan grande que lo abarque entero) y veo de la similitud  entre lo que él dice en El Príncipe  y los quehaceres de algunos gobernantes y me cuesta entender cómo pueden ser tan empecinados en caer en los enredos del poder, con los descréditos que la historia les depara (por no añadir sustantivos mayores). 
     Filosofía que trata de lo real y espurio es la consignada por el autor florentino en su manual de El Principe,  al que se le reconoce la novedad de contar, y bien, lo que se daba sin que nadie antes lo hubiera especificado por escrito, entre otras cosas eso de hacer el mal cuando la persecución para obtener un fin grande lo requiera…  Leyéndolo se hace atractivo ir contracorriente: elegir los mejores medios para el camino hacia una meta, y aborrecer los malos, algo que, a buen seguro, el propio Nicolás Maquiavelo fuera lo que más deseaba y lo  en el fondo, de forma indirecta, pretendía.



     Ya en Atocha, mientras espero al tren de cercanías que lleva a Sol,  me encuentro junto a dos mujeres leyendo, una de ellas de pie junto al andén, como si cualquier resquicio de tiempo fuera un tesoro que llenara su placentera actividad; por pudor no le pido permiso para hacerle una foto.  


                           

    Madrid es una ciudad hermosa. Los árboles en flor  se suceden por sus vías y  mi mirada lo agradece, hecha como está a la floración ciezana y a la calasparreña. 


Llego a la calle   Conde Duque, mi lugar de destino, y prácticamente a la misma altura, me encuentro a un lado con una plaza recoleta y el busto de Clara Campoamor sobre un pedestal, y en la acera de enfrente  el Centro Conde Duque (s. XVIII),  que fuera cuartel  militar ayer –con dudas de a quien perteneció: primero se atribuyó al conde-duque de Olivares, más tarde al  conde de Aranda y duque de Peñaranda y últimamente se asocia al  III duque de Berwick y Liria y conde de Lemos–  y que  hoy es un espacio cultural para uso y disfrute del pueblo, en cuya fachada se muestra un cartel en el que dice `Ellas crean´ (exposiciones que probablemente den cuerpo a otro artículo).  

   
Me vuelvo hacia  el busto de Clara Campoamor  y siento orgullo ajeno y agradecimiento por lo que representa  su trayectoria intelectual y política, y su lucha por conseguir el sufragio femenino. Me doy cuenta de que pronto habrán elecciones, y me  cuestiono si realmente sabemos lo que supone votar, si sabemos el poder que ese acto tiene en nuestras manos, y veo necesario traer aquí estas palabras que escribió:
« (...) Resolved lo que queráis, pero afrontando la responsabilidad de dar entrada a esa mitad de género humano en política, para que la política sea cosa de dos, porque sólo hay una cosa que hace un sexo solo: alumbrar; las demás las hacemos todos en común, y no podéis venir aquí vosotros a legislar, a votar impuestos, a dictar deberes, a legislar sobre la raza humana, sobre la mujer y sobre el hijo, aislados, fuera de nosotras. » (El voto femenino y yo. Ed. Horas. Madrid, 2006, p. 107)

   Pienso en lo inevitable que es la política, y  en lo necesaria. Nadie estamos al margen de ella, siendo responsables, en neto, los que la ejecutan y los que la procuran, parte esta última en la que estamos los votantes; y si apreciamos con nitidez el poder ingente que tenemos por el hecho de votar será fácil empoderarnos hasta los dientes de razones  donde la justicia social conlleve al bien común, y leeremos con lupa los programas para elegir lo mejor, y si no está, para exigirlo.  

   Vuelvo a acordarme de todas las lectoras y lectores que vi en el tren de media distancia o mientras esperaban el de cercanías,  con un libro entre sus manos;  y  de Maquiavelo y su manual para gobernantes y veo que no hay un manual del votante, ni creo que haga falta, solo hace falta  leer en los libros, en los programas  y en la vida para crear esa sociedad con significado de bien común, tan necesitada de apearse de la nube que la envuelve para empezar a pisar esa tierra que la vista y calce. Sí, leamos.

 Sí, el 23 de abril, pertenece a las días fecundos. Es una gran fiesta que incita a  leer con más pasión, si hay hábito, o a iniciar costumbre. Fiesta que hace del cuarto mes tiempo de libros, y que puede ir a más... porque leer nos empodera.



Entrañable "Quijote" que me encontré al día siguiente, camino del Museo del Prado 




 © R. Campos Gómez

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