domingo, 26 de abril de 2015

NO ES PAÍS PARA LECTORES


  Jesús A. Salmerón Giménez

“En algún lugar de un libro hay una frase esperándonos para darle un sentido a la existencia”. (Cervantes).

     No comparto (del todo) la propuesta de Vila-Matas de que el Día del libro, que celebramos el pasado 23 de abril, pase a ser el Día del Hueso (aunque no de oliva), ahora que parece haber más interés en los huesos de Cervantes que en su obra -que no lee nadie-, y dada la actual tendencia de novelas escuálidas en ideas “los lectores piden sólo libros deshuesados y sin cuitas de estilo, alejados de excesivas complejidades”. Sin embargo, algo (o mucho) de razón tiene el genial catalán, pues son muchas las razones para que cunda la frustración y el desaliento en relación al estado de la lectura en España (leer no es el verbo preferido de los españoles). Si echamos una ojeada a las últimas estadísticas (barómetro CIS),  el 35% de los encuestados no lee “casi nunca” o directamente “nunca”; cada español lee una media de 10 libros al año (en Finlandia son 47); en España existen 14 bibliotecas por cada 100.000 habitantes; en Finlandia 17 por cada 100.000). Por otro lado, sólo un tercio de los españoles lee libros todos o casi todos los días de la semana y la mitad no ha comprado ningún libro en los últimos doce meses. Además, el 35% no lee nunca o casi nunca. Y, para terminar de arreglar la situación, sólo 3% de los alumnos alcanzan el nivel más alto de resultados de la prueba OCDE-PISA, en destreza lectora, y su índice de lectura está a la cola de Europa. Podemos afirmar, y afirmamos, que el aserto de Azaña sigue plenamente vigente: “Hoy, en España, se lee tan poco que para guardar un secreto, lo mejor es publicarlo en un libro.”



  El panorama es desolador, sí, para echarse a llorar, también -sobre un montón de libros-, mas yo, como buen autodidacta, me considero hijo de la Ilustración –ínfimo rescoldo de sus poderosas luces-, y aun consciente de que aquel siglo dejó muchos cadáveres sin enterrar (no echo en saco roto el aviso para navegantes de Steiner -“Ni la gran lectura, ni la música, ni el arte han podido impedir la barbarie total", pero modestamente pienso que más puñalás da la ignorancia; en lo que vengo a coincidir con el gran Max Aub: "Pase lo que pase: sólo  la ignorancia es mala"), he depositado una fe casi ciega (procuro, por un atavismo campesino, dejar siempre una rendija para que penetre la luz) en el conocimiento, estando siempre a favor de de la cultura, en todas sus manifestaciones. Y considero que desarrollar el gusto por la lectura no es cuestión meramente de voluntad individual: Que el fomento de la lectura, el afán por animar a leer, es y debe ser una prioridad de todo el sistema educativo, pues la importancia de la lectura como medio de informarse y, sobre todo, de formarse, es enorme.

   La lectura es un instrumento fundamental para el crecimiento personal y social de los individuos;  y esto, desde mi punto de vista, es algo irrebatible, pues hay muchas razones de peso y una sólida base científica para explicarlo: estimula la convivencia, contribuye a aumentar el vocabulario, fomenta el razonamiento abstracto, potencia el pensamiento creativo, estimula la conciencia crítica, etc. Pero además constituye  una fuente inagotable de placer.



    En mi infancia y primera juventud, en aquella larga y atrabiliaria siesta que fue el franquismo, la enseñanza de literatura era un espectáculo que oscilaba entre lo abúlico y lo grotesco; la metodología de enseñanza consistía en memorizar autores, obras y títulos, y abundaban las lápidas (¡Pobre el que no supiera el año en que -famosamente- la palmó Calderón de la Barca!). Como afirma Muñoz Molina: “la educación literaria era, y en ocasiones sigue siendo, una manera rápida y barata de lograr que los adolescentes se mantuvieran obstinadamente alejados de los libros”. Y la lectura es todo lo contrario: un goce, un placer extraordinario, una forma de felicidad.

    Bienvenida sea pues la celebración del 23 de abril (por cierto, que tal día, ni es el día en que murió Cervantes, ni es el día en que murió Shakespeare, ni es el día que nació Nabokov, ni es el día que Islero le dió la cornada a Manolete), el Día del Libro, el Sonría, por favor y todo aquello que anime y coadyuve al fomento de la lectura. Pero recordemos también siempre que “El amor por la lectura se aprende, pero no se enseña. Nadie puede obligarnos a enamorarnos” (Alberto Manguel).

     Como nos hizo aprender el inmenso e inolvidable José Luis Sampedro:

    “¿Habéis navegado alguna vez en un velero a lo largo de la costa, movidos por una suave brisa que susurra en las velas, y viendo a poca distancia cómo van apareciendo y quedando atrás lo detalles del litoral? (…) Esa navegación en la librería, (…), y esa conquista fácil de otros mundos, de otras vidas, que nunca conocería sin el libro es la fuerza, la magia, la salvadora vivencia de la lectura. (…) Mientras yo no pierda los ojos ni la razón, la lectura llenará mis deseos, provocará otros y me descubrirá lo que no sospecho dando a mi limitada vida física perspectivas innumerables. ¡Desdichados los que se privan de estas navegaciones insustituibles, indispensables, enriquecedoras! ¡Abramos sus ojos a la lectura!"




© Jesús A. Salmerón Giménez

jueves, 23 de abril de 2015

LEER NOS EMPODERA


Rosa Campos





    El 23 de abril pertenece a los días fecundos. Es una gran fiesta que incita a  leer con más pasión, si hay hábito, o a iniciar costumbre. Leer nos empodera.

Gratos encuentros en las calles de Madrid

(las imágenes fueron tomadas desde el móvil, pido disculpas por que no tienen toda la calidad que quisiera)

 Hace unos días me dirigía hacia la estación de ferrocarril ciezana para tomar el tren de la mañana camino de  Madrid, y mientras me acercaba me llegaron  a la memoria  dos recuerdos que suelen acudirme por esta ruta. Uno de ellos es una canción que escuchaba de niña, no muchas veces, pero sí las suficientes  como para que una de sus estrofas, que me chirriaba, no se cuele por el agujero del olvido sin haberla revisado: «Bajaba todos los días / de su casa a la estación / con un libro entre las manos / de Bécquer o Campoamor. / Era delgada y morena, / era de cintura fina, / era más cursi que un guante / la señorita Adelina» , de La niña de la estación.  Porque lo leía, para eso llevaba un libro «entre las manos», que es lo que se hace cuando se abre y se lee en ese perfecto invento tecnológico que recoge la palabra a través de los siglos; y  confiando en  que el fundamento de su cursilería no se diera por leer a Bécquer, me pregunto por qué el autor pintó con tanta ridiculez a la pobre muchacha, que se sabía los versos del poeta sevillano del romanticismo español al dedillo. Pero, ¿y si  no eran  cursiladas lo que veía en ella, sino que  el ver a una mujer lectora lo desconcertaba, y, costándole trabajo reconocerlo, tiró por la sorna?

    El otro recuerdo pertenece a los ratos de ocio que  vivían muchas familias, cuando llevaban a sus pequeños a la estación de ferrocarril local en las tardes soleadas de invierno o en las mañanas de domingo de cualquier estación del año, cuando esa era una buena opción para los que no tenían posibles para acudir a otras actividades. Eran unas horas ante el espectáculo que proporcionaba el  arte de la ingeniería, que, a paso armónicamente machacón, pasaba inusitadamente ante los ojos que aún guardaban la virtud de la curiosidad y la sorpresa.




   Viajar en tren me resulta agradable,  igual que son esos minutos de espera  que me permiten recorrer  unos metros más allá de donde están los bancos  al aire libre y el enorme reloj que enuncia con gran vivibilidad el tránsito del tiempo aunque te alejes un poco.


   El entorno de una estación sugiere cosas… Mirar los raíles de las vías ir alejándose a la vez que se van uniendo, dejando de ser líneas paralelas para convertirse en una en ese horizonte  por donde después aparecerá el tren esperado volviéndolas a desunir con ese ritmo de máquina algo distinto al de antaño, pero que todavía sigue  rememorando a aquél otro de los trenes antiguos, al de las películas del Oeste...

    Cuando me acomodé en el asiento, saqué un libro para leer y observé que entre los pasajeros que estaban al alcance de mi vista habían bastantes que llevaban libros abiertos (sólo vi un ebook), predominando las mujeres.

   De Cieza a Madrid hay unas cuatro horas  de tranquilidad prodigiosa que permiten leer en largos tirones. El texto  que llevaba entre manos está dedicado a la figura de Maquiavelo, pertenece a una colección de filosofía que consta de 30 títulos, todos dedicados a  pensadores masculinos excepto uno que tratará sobre Hannah Arendt (menos mal que hay una filósofa entre ellos, me dije, y  aunque sea por los pelos esta colección cumple las expectativas  de una campaña reciente que tiene por lema `No sin mujeres´).      Que todos los hombres que componen la colección tienen hechos y fama bien asentada, está claro, también que las mujeres no han tenido las mismas posibilidades de formación y de divulgación que ellos a lo largo de la historia, y aun así las hay, por lo que me cuestioné  por qué no se las había incluido:  ¿Por qué no son materia de estudio en esta lista ni en muchas otras? ¿Por qué su pensamiento no se considera de tanta envergadura como el de ellos?  ¿Han aportado a las sociedades que les ha tocado vivir tanto como lo han hecho ellos? ¿Por qué  no han recibido sus trabajos la misma divulgación que han tenido los de ellos?  ¿Por qué no se las ha escuchado como  a ellos?… María Zambrano dice  que «la actitud de preguntar supone la aparición de la conciencia».

   No obstante, e independientemente de lo cuestionado, los libros de esta serie que he leído, que no son todos los que se van publicando, ni por orden de  aparición, me parecen muy amenos e ilustran bien el contexto en el que vivió y se movió cada  filósofo y su pensamiento, propiciando un rato de lectura grata incluso para quienes no sean muy aficionados a estos temas, y probablemente editados con esa precisa intención.


   
Volvamos al tren: voy leyendo y miro al mundo (interiormente, por supuesto, porque no hay ventana tan grande que lo abarque entero) y veo de la similitud  entre lo que él dice en El Príncipe  y los quehaceres de algunos gobernantes y me cuesta entender cómo pueden ser tan empecinados en caer en los enredos del poder, con los descréditos que la historia les depara (por no añadir sustantivos mayores). 
     Filosofía que trata de lo real y espurio es la consignada por el autor florentino en su manual de El Principe,  al que se le reconoce la novedad de contar, y bien, lo que se daba sin que nadie antes lo hubiera especificado por escrito, entre otras cosas eso de hacer el mal cuando la persecución para obtener un fin grande lo requiera…  Leyéndolo se hace atractivo ir contracorriente: elegir los mejores medios para el camino hacia una meta, y aborrecer los malos, algo que, a buen seguro, el propio Nicolás Maquiavelo fuera lo que más deseaba y lo  en el fondo, de forma indirecta, pretendía.



     Ya en Atocha, mientras espero al tren de cercanías que lleva a Sol,  me encuentro junto a dos mujeres leyendo, una de ellas de pie junto al andén, como si cualquier resquicio de tiempo fuera un tesoro que llenara su placentera actividad; por pudor no le pido permiso para hacerle una foto.  


                           

    Madrid es una ciudad hermosa. Los árboles en flor  se suceden por sus vías y  mi mirada lo agradece, hecha como está a la floración ciezana y a la calasparreña. 


Llego a la calle   Conde Duque, mi lugar de destino, y prácticamente a la misma altura, me encuentro a un lado con una plaza recoleta y el busto de Clara Campoamor sobre un pedestal, y en la acera de enfrente  el Centro Conde Duque (s. XVIII),  que fuera cuartel  militar ayer –con dudas de a quien perteneció: primero se atribuyó al conde-duque de Olivares, más tarde al  conde de Aranda y duque de Peñaranda y últimamente se asocia al  III duque de Berwick y Liria y conde de Lemos–  y que  hoy es un espacio cultural para uso y disfrute del pueblo, en cuya fachada se muestra un cartel en el que dice `Ellas crean´ (exposiciones que probablemente den cuerpo a otro artículo).  

   
Me vuelvo hacia  el busto de Clara Campoamor  y siento orgullo ajeno y agradecimiento por lo que representa  su trayectoria intelectual y política, y su lucha por conseguir el sufragio femenino. Me doy cuenta de que pronto habrán elecciones, y me  cuestiono si realmente sabemos lo que supone votar, si sabemos el poder que ese acto tiene en nuestras manos, y veo necesario traer aquí estas palabras que escribió:
« (...) Resolved lo que queráis, pero afrontando la responsabilidad de dar entrada a esa mitad de género humano en política, para que la política sea cosa de dos, porque sólo hay una cosa que hace un sexo solo: alumbrar; las demás las hacemos todos en común, y no podéis venir aquí vosotros a legislar, a votar impuestos, a dictar deberes, a legislar sobre la raza humana, sobre la mujer y sobre el hijo, aislados, fuera de nosotras. » (El voto femenino y yo. Ed. Horas. Madrid, 2006, p. 107)

   Pienso en lo inevitable que es la política, y  en lo necesaria. Nadie estamos al margen de ella, siendo responsables, en neto, los que la ejecutan y los que la procuran, parte esta última en la que estamos los votantes; y si apreciamos con nitidez el poder ingente que tenemos por el hecho de votar será fácil empoderarnos hasta los dientes de razones  donde la justicia social conlleve al bien común, y leeremos con lupa los programas para elegir lo mejor, y si no está, para exigirlo.  

   Vuelvo a acordarme de todas las lectoras y lectores que vi en el tren de media distancia o mientras esperaban el de cercanías,  con un libro entre sus manos;  y  de Maquiavelo y su manual para gobernantes y veo que no hay un manual del votante, ni creo que haga falta, solo hace falta  leer en los libros, en los programas  y en la vida para crear esa sociedad con significado de bien común, tan necesitada de apearse de la nube que la envuelve para empezar a pisar esa tierra que la vista y calce. Sí, leamos.

 Sí, el 23 de abril, pertenece a las días fecundos. Es una gran fiesta que incita a  leer con más pasión, si hay hábito, o a iniciar costumbre. Fiesta que hace del cuarto mes tiempo de libros, y que puede ir a más... porque leer nos empodera.



Entrañable "Quijote" que me encontré al día siguiente, camino del Museo del Prado 




 © R. Campos Gómez

viernes, 17 de abril de 2015

TERRITORIO PACHECO


Jesús A. Salmerón Giménez

  "Cada noche antes de dormir me leo un poema. Es una forma de quitarse la suciedad del día, como una ducha."
                               Vivir es fácil con los ojos cerrados. David Trueba, 2014


Ilustración de Quint Buchholz
  Para los lectores de poesía, esa extraña cofradía -dos de cada mil personas, según las últimas estadísticas o precisos cálculos de Wislawa Szymborska- a la que pertenezco por derecho propio desde que escuchara -deslumbrado, todavía, hoy-, en aquellas arcaicas y ciezanas noches de mi infancia, recitar a mi padre de un tirón (tardaría en llegar el primer televisor a casa) los  inmortales versos de Zorrilla: Aquí está don Juan Tenorio, y no hay hombre para él. Desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca, no hay hembra a quien no suscriba, y cualquier empresa abarca si en oro o valor estriba. Búsquenle los reñidores; cérquenle los jugadores; quien se precie que le ataje, a ver si hay quien le aventaje en juego, en lid o en amores -él mismo un don Juan redivivo y Hortelano-, nada existe comparable al descubrimiento de un nuevo mundo poético, al placer extraordinario de adentrarse por vez primera -con cautela y asombro- en un incógnito territorio literario, no hollado aún por la codicia lectora, de la mano sabia del poeta, que va nombrando -con palabras hechas música- las cosas que antes "para mencionarlas había que señalarlas con el dedo".
    Y es que la poesía es el lenguaje de los dioses (y las palabras de la tribu, Prometeo mediante): Sigo pensando/que es otra cosa la poesía:/una forma de amor que sólo existe en silencio, /en un pacto secreto entre dos personas, /de dos desconocidos casi siempre. La poesía es la expresión literaria más alta que puede haber, la más libre, la más profunda, pero, sobre todo, es un género que solo admite la excelencia, sin medias tintas: En la poesía, lo que no es excelente es despreciable. Como sostiene Carlos Fuentes: Los poetas son la avanzada de la literatura. Ellos son los caballeros, nosotros (los narradores) somos los escuderos.
   La poesía siempre ha habitado mis días y mis noches; en cada época y lugar, me ha acompañado, he vivido con la voz de un/a poeta (voz de la tribu): su libro siempre al alcance de la mano, en la mesa de noche, o en el despacho (ahora que nadie me lee…), o guardado en el bolsillo de la gabardina para leer en el banco de un parque, o en una terraza de Murcia, esta Murcia envuelta en el aire claro y la luz cegadora que Jorge Guillén respiró un día.
  Así que comprenderán mi sorpresa –pues sólo por sorpresa ocurren estos raros, maravillosos casos-, mi honda emoción al descubrir la impresionante obra de José Emilio Pacheco (poeta extraordinario, ensayista singular, novelista espléndido -autor de las hermosas novelas: Batallas en el desierto y Morirás lejos).


  El prodigioso Tarde o temprano -el volumen que recoge toda la obra poética de José Emilio Pacheco-, uno de libros más generosos e inquietantes que he leído en mi vida, me ha acompañado –habitado- los últimos meses: con él he pasado horas enteras, en las primeras horas del día o en las últimas de la noche, en la cama o andando -siempre doy vueltas sobre mí mismo-; me ha producido un efecto plácido, sedante, o me ha impactado y estremecido como un meteorito, pletórico de incesantes e inagotables sorpresas. En momentos difíciles, he encontrado consuelo (los días me han parecido menos grises, duros y amargos); en los momentos mejores, su lectura ha multiplicado mi felicidad (la vida me ha parecido más bella). Es un  libro intenso,  genuino, pletórico de espiritualidad, naturaleza y sentimiento, preñado de lirismo (en lo cotidiano), sentido del humor, compromiso social  (su verso se quebranta contra la injusticia), ironía, amor por la literatura, amor por los animales, amor por la música...
  Como sostienen dos grandes amigos y paisanos del poeta (cada uno de ellos, también toda una literatura): 
   Sergio Pitol: Abrir "Tarde o temprano" (...) detener la vista al azar en alguna de sus páginas, nos revelará una de sus mayores obsesiones, quizás la mayor: el testimonio entre un instante vivido y lo que ocurre en su entorno, enfrentar la historia privada, aun en sus detalles más minúsculos, a la Gran Historia, turbia y aterradora casi siempre. 
   Elena Poniatowska: (…) toca fibras en las que se reconocen, en las que tú y él y yo, ustedes y nosotros nos identificamos. Al leerlo, cada quién escribe de nuevo Tarde o temprano. Lo suyo es nuestro. Hacemos el libro con él, somos su parte, nos convierte en autores, nos refleja, nos toma en cuenta, nos completa, nos quita lo manco, lo cojo, lo tuerto, lo bisoño. Le debemos a él ser lectores, por lo tanto le debemos a él la vida.



    José Emilio Pacheco es uno de los más grandes poetas que he leído, de los que  más me han llegado al corazón: de los más claros, de los más completos -el poema Alta traición, que dice: No amo a mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible, es, como subrayó Fernando del Paso, uno de los más hermosos y honestos, escritos en lengua española-. Y como no podía ser de otra forma, este poeta excepcional de la vida cotidiana y narrador memorable, fue un hombre lleno de bonhomía, sencillez y humildad, cualidades que no se estilan mucho en el ensoberbecido mundo de las letras: No soy ni el mejor poeta de mi barrio, declaró al recibir el premio.  Y lo explicó: A la vuelta de la esquina de mi casa vive Juan Gelman y a unas cuantas cuadras Francisco Blanco.
   Y en la frontera de de su vasto, hondo, maravilloso territorio, nos dejó, como espléndido broche a su producción poética, este hermoso poema, que es puro canto y celebración de la vida:

       LA PLEGARIA DEL ALBA
    Hace milagros este amanecer. Inscribe su página de luz en el cuaderno oscuro de la noche. Anula nuestra desesperanza, nos absuelve de nuestra locura, comprueba que el mundo no se disolvió en las tinieblas como hemos temido a partir de aquella tarde en que, desde la caverna de la prehistoria, observamos por vez primera el crepúsculo.
Ayer no resucita. Lo que hay atrás no cuenta. Lo que vivimos ya no está. El amanecer nos entrega la primera hora y el primer ahora de otra vida. Lo único de verdad nuestro es el día que comienza.

           (Paisaje de El Cañón del Sumidero, Chiapas, Percival Argüero)


© Jesús A. Salmerón Giménez
   

sábado, 11 de abril de 2015

`PÉRSICA´, DE JOSÉ VÍCTOR VILLALBA

   Rosa Campos


José Víctor Villalba expone Pérsica  en el Museo de Siyâsa (Cieza), una muestra de pura vanguardia  del siglo XXI.
     Una serie de conjunciones han propiciado una obra original –en  el más fiel sentido del término–, entre ellas destacamos la energía creadora dentro del campo de la plástica y el respeto y pasión por el entorno en el que ha nacido y se ha criado este autor ciezano: dentro de una familia de agricultores, con quienes ha compartido trabajo en tiempos de cosecha, compaginándolo con sus años de estudiante; así como su pertenencia a una tierra donde la principal fuente económica es generada por la agricultura.



   Decíamos que su obra es original porque  a partir de la hoja del melocotonero (prunus pérsica)1 ha elaborado un papel cuya textura es en sí una obra de arte en su diversidad de formatos y de volúmenes. En esta exposición, el papel como soporte adquiere un grado deliberadamente plástico como resultado de los materiales usados, especialmente hojas de melocotonero, más  los pigmentos naturales añadidos, que, tras su fabricación artesanal, han formado figuras intencionadas, o surgidas por la propia inercia del vertido, esgrimiendo tonalidades varias, predominando la gama de cálidos con los que hasta las pequeñas dosis de azules se contagian. Las diferentes texturas en las que la nervadura de la hoja juega un papel importante otorgando unos trazos armoniosos, que varían de color según la maduración del producto utilizado,  el  grosor  distinto del papel papel en cada una de las piezas mostradas, las formas asimétricas de los bordes, la irregularidad elegante de los tamaños… Todo aporta una estética grata al ojo, asombrado ante la novedad presentada. El mimo con que trata esta producción científico-artística se percibe en cada una de estas pastas, que también tienen como destino paralelo ser soportes de futura pintura.


   En las salas `La Pecera´ y `Nivel 0´ podemos ver esta muestra, comisariada por el director del museo, J. Salmerón; allí estará hasta el 25 de abril. En ella se nos ofrece una instalación que contiene las obras visibles por ambas caras gracias a la transparencia que proporciona el metacrilato y a que penden de unos hilos sujetos a los techos de ambas salas;   acompañadas de perigallos –herramienta muy utilizada en esta tierra en tiempos de poda y de recolección– de distintos tamaños; capazos de pleita; hojas secas  de melocotonero; maderos; fotografías; y algunas de las pinturas realizadas para la Serie A. M,  en la que el artista demuestra su vinculación con la agricultura, especialmente con los trabajadores, habiendo obtenido con una de ellas la Mención de Honor en el III Certamen Internacional de Pintura `Toledo Puche´.

  Para llegar a este resultado, J. V. Villalba ha caminado por un proceso de investigación  de años, que, si llegamos a conocerlo detenidamente (a lo cual os invito –su  tesis doctoral, junto al excelente resultado académico,  está en Edit.um http://www.tdx.cat/handle/10803/283071– ), valoraremos aún más si cabe. Su amplia producción en varias de las disciplinas artísticas,  su experiencia como docente, y su calidad humana le confieren un distintivo singular capaz de enriquecer el terreno cultural, otorgando a su vez una relevancia al laboral agrario, que nos impulsa a apreciar lo digno de la vida.

...

1. “Del latín malus cotonus (manzana algodonosa) y denominado originalmente amygdalus pérsica, es como se ha clasificado a la actualmente denominada en botánica la especie de prunus pérsica”. J. V. Villalba, Elaboración de pastas para uso artístico a partir de hoja caduca de árboles frutales, pág. 176


martes, 7 de abril de 2015

EL SALERO DEL REALILLO


Pedro Diego Gil López

El bravo entorno del Almorchón acoge un estruendo de terrenos erosionados y mudos, que hacen sangrar la tierra con un colorido caótico de arcillas rojas, de margas pardas y ocres, entre yesos blanquecinos que dan de si curiosos cortes de aljez, pequeños espejuelos, o finas exfoliaciones que se mezclan en pulverizados depósitos con los óxidos de hierro. Las lluvias han ido hiriendo la tierra con su arado invisible, con su constancia impredecible, dando vida a la rambla del Cárcabo, donde desemboca el barranco de la Murta y el cercano barranco del Lobo. Formas caprichosas influyen de inmediato en la imaginación, en un recorrido  sorprendente. Al avanzar por este paisaje de ocasional fiereza uno se crece disfrutando entre sus sedimentos. Es fácil banalizar la crudeza de sus vertientes y subestimar las pendientes de sus duros  crestones cuando los pulmones se abastecen de un aire así, perfumado por las esencias que las infinitas fotosíntesis producen en la variedad vegetal que reina sobre estos parajes. La vista se vuelve, a la vez, tan engreída que adivina ya motivos suficientes para disfrutar con todo lo que contempla. 
                
Es una tierra de sequías persistentes o de lluvias torrenciales señaladas, fenómenos que agrietan y desentierran su última historia, entre los agrestes  montículos que imponen su altura sobre la bárbara repoblación de pinos carrascos que realizó el hombre; cabezos que parecen moverse lentamente, merodeando en el tiempo geológico. Luego, esta tierra herida, sin pedir permiso a los pliegues terciarios predominantes, ni a las laderas inflamadas, se blandea aterronada y se funde en el profundo Cárcabo.  

                                                             
Por sí mismo, el Almorchón, se alza como un monte excepcional, que también lo es por el magnífico entorno que lo circunda, aislado en la casualidad sedimentada de su roca caliza, realzada en color por los rosados amaneceres de los días ventosos, o por la gris ondulación de las sombras que proyectan las nubes que a veces lo coronan. A los pies de su mole guarda una perla, una perla salada, un gorgoteo de sal, de arrastres salinos que afloran en su más extraño venero: Las salinas del Realillo. Un lugar recóndito, perdido por el abandono de su explotación tardía. Las eras de la sal, adoquinadas, aún perduran resistiendo su valor de antaño, donde la salmuera ardía con la justicia del sol, dejando sus cenizas de sal pura y comerciable.   

Todo esto que pregono es un paseo, un día para almorzar en el monte, para oír al pinar sacudirse con el viento, para sudar subiendo y bajando, alzando la vista para ver a las cucalas volar, observar algún enjambre de tordos dibujar formas caprichosas en el cielo, o escuchar el canturreo de los zorzales o las merlas, en sus alados devaneos, ajenos a tu presencia errática. Y a la vez una llamada para que, entre todos, preservemos estos entornos y estos vestigios del buen hacer humano de aquellos tiempos, en los cuales, la sal del Realillo era un recurso valioso. Sabiendo, como anécdota curiosa, que estas sales afloran de una gruesa capa depositada en el Triásico Superior, cuando parte de la península Ibérica estaba cubierta por el legendario mar de Thetys; o sea que disponemos de un salero de 200 millones de años de antigüedad.


          
    Desde Cieza, la forma más fácil de llegar hasta al salero es coger la carretera del pantano de Alfonso XIII y alcanzar la pista forestal que va hacia el aljibe del Almorchón, que nace a la izquierda, después de pasar el puerto Chico y el desvío a la presa del Cárcabo. En el cruce del aljibe, mejor tomar la pista que atraviesa la finca de oliveras que en la actualidad está totalmente vallada. Y luego tomar a la izquierda, en el siguiente cruce, en dirección a la fuente de la Murta. Desde allí, habrá que seguir un poco más por esta pista, siguiendo la alambrada, hasta que aparezca un camino a la derecha, que desciende en mal estado, lleno de socavones, áspero y duro como el entorno. (Recomiendo que se baje andando, no con el coche. Se puede aparcar antes, junto a los lentiscos de la pista.) Siguiéndolo, bajamos entre las terrazas de pinos hasta una finca abandonada. Se verá una casa derruida a la izquierda y a la derecha un puñado de palmeras y una joven olmeda, flanqueando una leve vaguada. Sorprende ver en primavera el verdor exagerado del bosquecillo de olmos, a la vez que deprime ver una vieja balsa arruinada y vacía, que nos indica que allí nacía algún reguerillo en tiempos más lluviosos, tal vez antes de que se extrajera el agua de las profundidades de la tierra, con bombas y motores. Una población de oliveras serpentea por un mosaico de pequeños bancales, formando un ribeteado de tierra rojiza que armonizada con la formación de los olmos. Palmeras, higueras y granados, dan pie a los héroes vegetales que allí sobreviven, ante el abandono general de la tierra, por parte del hombre que antes la cultivaba. El camino pasa esta curiosa casa, pura arquitectura rural de otros tiempos, ahora prácticamente hundida, y cruza un barranco poblado de cañas. Un poco más arriba, ya se verá la casa del salero, una edificación semiderruida, extraña y antigua, que domina el primer plano, en un paisaje que se extiende, quebrado, hasta la mismísima Atalaya de Cieza, la cual se divisa en la lejanía. Desde la loma donde se asienta esta edificación se podrá ver el dibujo que las eras del Realillo trazan en el hondo del barranco donde se asienta.    
                                      


   Una vez en el hondón del salero, llama la atención la construcción de las eras, empedradas y delimitadas por unos tablones estancos. Un poco más arriba, un ramal accede a un somero venero. Las eras están distribuidas en dos zonas. Más arriba hay una pequeña balsa que recoge las aguas que se filtran y se cargan de sal. Esta balsa abastecía de salmuera a las eras de evaporación del salero. Ahí están las salinas del Realillo, nombre que hace alusión al real, esa moneda de plata, que empezó a circular en el Siglo XIV. Quién sabe si se le puso este nombre por los buenos reales que daba la explotación de su sal.

 © Pedro Diego Gil López