miércoles, 7 de enero de 2015

LAS CARAS DE CAGITÁN


Pedro Diego Gil López

    Una barrera de pinos carrascos nos defiende de tu ímpetu de basta llanura, de tus devenires extremos y de tus paisajes sobresalientes. Un pobre arbolado, que puebla cabezos de margas y yesos, que sobrevive en un monte coronando de vetas rocosas, se alinea en la defensa contra el poder de tus tierras, entre pliegues y derrumbes. Desde estas alturas, la sorpresa de caer de repente en tu llanura sobrecoge.  Por tus caminos la vista avanza hacia un elevado paisaje, dejando en la boca de quien lo contempla una comedida sensación de libertad, de profundidad libre, de aire libre, de aves y vientos. Una geometría de arados traza líneas paralelas hasta el horizonte de tu mar de secano, con la voluntad imparable de los hombres que se ayudan con sus engendros mecánicos para herirte periódicamente, enfrentándose a la naturaleza, cada vez más aseverada por un clima adverso. Y desde tu reborde inacabado como un enorme plato, se ve toda la esencia de tu mundo agotada en la desidia, perdida ya la ruta de tus buhoneros, ya deshabitada de familias de labradores y muleros, extinguida ya tu riqueza ganadera. Quedaste ya huérfana de vendimiadores y vinateros, que perdieron sus lagares en el devenir de los nuevos tiempos, en una última borrachera latifundista.



   Observo gratamente las profundidades de tu niebla en esas mañanas de dulce frescor, creadas por un otoño repentino, de lloviznas y aguaceros que calan con suavidad en los barbechos y dejan los caminos intransitables llenos de barro tierno. Y me espero superando tus profundos inviernos mesetarios, despertando en tus amaneceres de escarcha, en la tibieza de tus carasoles, para ver los austeros semilleros, sembrados por la fe ciega de tus últimos propietarios; para soñar con una primavera como pocas, lluviosa y fresca, y asombrarme con el verdor de tu rico alcacer, envidia de todas las mieses, cuando verdeguean tus campos hasta el infinito, entre lluvias intensas, como en un Norte inesperado. Entonces, atardeciendo siempre, llegan tus cálidos veranos, entre enormes espigas doradas, y todos tus reflejos solares se agrandan. Se ven las huellas de los animales en tus arenas, derechas hasta perderse su rastro por las cosechas, hasta tus rameles de albardín, boja y taray, y de rumores secos. Y por las veredas que recorren tus liebres, se oye el canto de las alondras que acoges, los dulces cuchicheos de las codornices que te dedican, cada año, su larga migración y los reclamos de las enceladas perdices, vinculadas a las amplias oídas de tus distancias. 

   De tal manera se sabe de ti que pasas por ser un paraje relegado al silencio y la contemplación. Los pasos que aún pueden darse en los amaneceres de tus caminos sobre la escarcha que conceden tus cielos invernales, conducen todos a perderse en tu llano, alargadas nuestras sombras hasta el horizonte, en una asombrosa tibieza. 

  Desde esas alturas previas a tu existencia se siente ya tu brisa de tierra sucedánea del mar. Así caballones de olas golpean tus orillas embastadas en el monte, y por eso, tus aguas y tus vientos son de polvo y han hecho de los veleros robustos tractores que forman una espuma de terrones rojos, para convertir las travesías en cosechas, las derrotas en cuadriculados campos y las arribadas en montones de paja, en esos puertos arruinados sobre los viejos cortijos.                             
                 


 Aún transitan tus veredas los pastores legendarios con sus ganados fantasmales que convierten las luces del crepúsculo en una estela de polvo dorado. Y en sus salvajes noches un ulular de aves nocturnas recrea los sonidos ancestrales de la naturaleza.                                                                                  
  Las Caras de Cagitán son el rostro más extremo de nuestro término municipal, que comparte este espacio con el término de Mula, Calasparra y Ricote. Lo surcan el ramel de las Contiendas y el del Pozuelo que desembocan en el embalse de Alfonso XIII (El pantano del Quipar). A su vez en sus llanuras nacen las ramblas del Cárcabo y Benito. Se accede por la carretera de Cieza a Mula, o por la carretera que va de Cieza al pantano de Alfonso XIII y cogiendo la pista que sale hacia el Almorchón, el paraje en cuestión aparece después de pasar la finca de la Murta y el monte de los Gorgonciles. A destacar un barranco con el mismo nombre que después de herir este monte erosionado se adentra en la llanura de las Caras dando de sí una estrecha cárcava digna de recorrer a pie, donde se pueden percibir sensaciones que pueden transportarte en el tiempo a lugares que solo tu imaginación conoce.

 © Pedro Diego Gil López

No hay comentarios:

Publicar un comentario