lunes, 26 de enero de 2015

EXPERIENCIAS VITALES


Juan A. Piñera

        Hay en Internet multitud de páginas donde encontrar listados sobre todo: clasificación de mejores cantantes, las mansiones más caras, los pueblos más pintorescos, los mejores castillos de España... las cien y una experiencias vitales que se deberían hacer antes de morir.

        El compañero de “Notas” Pedro Diego Gil López nos trae periódicamente una selección de lugares, rincones conocidos por muchos ciezanos y foráneos que se disfrutan generalmente cuando hace buen tiempo, cuando viene la primavera y el calor del Sol anima. Tenemos cientos de lugares para perdernos (o encontrarnos) sin desplazarnos más de 15 kilómetros a pie. De entre todos, mis lugares son aquellos donde el ser humano vivió y dejó huella hace siglos, es decir, Bolvax, barranco de Los Grajos situado en la enorme sierra de Ascoy llena de posibilidades (donde hay restos muy deteriorados de la calzada romana que pasaba por Cieza (http://www.regmurcia.com/servlet/s.Sl?sit=a,78,c,522,m,1075&r=CeAP-10207-R_903_DETALLE_REPORTAJES) ), la Atalaya y, sobre todo, la enorme zona de Los Losares-Almorchón-Almadenes. Fue en este lugar donde, un día de lluvia de hace pocos días, me aventuré a probar una de esas “cosas” que llaman experiencia vital. Casi una temeridad. Consistió en, únicamente con un impermeable y calzado adecuado, salir a vivir la zona de Los Losares con el cielo cubierto de espesas nubes, el frío más o menos instalado y el agua, por fin, cayendo sin parar. Las sensaciones oscilaban entre constantes interrogaciones (¿qué hago yo aquí?) y una especie de comunión con la naturaleza (olores y sonidos), al mismo tiempo que, a ratos, me hacía pasar por aquel médico romano que hace 2000 años se desplazó desde lo que es Bolvax hasta la cueva de La Serreta. Por supuesto, los pensamientos iban y venían. Lo físico se manifestaba porque era casi imposible obviar el cuadro de sonidos (el agua, las blandas pisadas) y olores que todos sabemos que se acentúan cuando hay humedad. En lo visual, eran constantes las paradas para mirar al horizonte, en círculos, y ver que allí no había nadie, solo un rastro de pisadas paralelas; que estaba totalmente desprotegido, sin poder encontrar el cobijo que aquel médico romano sí halló (porque está cerrado), viviendo la pequeñez de un ser humano rodeado de llanuras, barrancos, vegetación, un manto de agua y masas montañosas. Solos frente a los elementos.

        Fue una experiencia sencilla por lo material, barata, claro es, que se puede plasmar en texto adornado con cientos de adjetivos, frases poéticas, imágenes redundantes que pueden resultar obvias pero que, solo leídas, no llegan a equipararse ante lo vivido en ese lugar bajo aquellas circunstancias. Es el frío, el agua, el viento en la cara, el silencio humano, los pasos, los propios pensamientos y una sensación de búsqueda y huida incansable que sana la mente, desintoxica, ralentiza, hace ver la vida desde la perspectiva más animal que un individuo de la era digital (porque ya no estamos en la Era Industrial) puede experimentar. Creo que para completar la aventurilla era preciso pasar la noche a la intemperie, sin que parara de llover, mas la falta de preparación en técnicas de supervivencia y la obligación de acudir al trabajo al día siguiente me impidieron. Pero, creo, que, a lo mejor, un día de estos, nos echaremos al monte a vivir, solos, perra incluida, con 4 cosas para echar a la boca, el agua que nos quepa, unas cuerdas y unas navajas e intentar pasar unos días a la intemperie, sin tienda de campaña, sin teléfono móvil, aunque me traten, nos traten de chiflados quienes por allí nos vean. Escapar de la locura que es la rueda que muchos llaman sistema y que nos tiene encadenados, mecanizados, abducidos. Es tan complicado dejar de ser esclavo en la confusión que es la vida moderna, cuadriculada, establecida, tabulada... inútil. Posiblemente me haga de eso que llaman perroflauta y vague durante una temporada de montaña en montaña, de yacimiento en yacimiento, de ruina en ruina, de monasterio en monasterio, sin pisar un solo pueblo, vadeando ríos, sobreviviendo con lo puesto y con lo que encuentre, pensando que un día todo aquello que visitaré se construyó hace siglos y siglos hace que se derrumbó y todo lo que hay ahora desaparecerá en un largo sendero de huellas y esfuerzo evaporado que el tiempo, valiosa, única y verdadera posesión inmaterial borrará en su imparable y arrollador trayecto a ninguna parte.
        
 ©  Juan A. Piñera








Juan Antonio Piñera (Cieza, Murcia,1979), Ingeniero Técnico, combina la labor docente en la especialidad de electrónica con la escritura. Ha publicado las novelas El Emblema (2006) y El escotillón de Águeda (2007)Es uno de los autores que colabora en El tiempo no tiene corazón ( 2008). Ha escrito artículos de divulgación científica y crítica en diversos medios (El Mirador, La Opinión, Enciezadigital, Omnia). Es miembro del Grupo de Literatura `La Sierpe y el Laúd´.


        

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