sábado, 15 de noviembre de 2014

UN VIAJE A FRANCIA (EN BUSCA DE MONTAIGNE)

                                                                                  Jesús A. Salmerón Giménez

A quienes me preguntan la razón de mis viajes les contesto que sé bien de qué huyo pero ignoro lo que busco.
 Montaigne.

Fue un viaje largamente pensado (y soñado). Cuando en el verano del 2013 convalecía de una difícil enfermedad, en un hospital de Murcia, mis ojos, a través de los cristales asépticos de la ventana, miraban ya hacia el corazón de la Borgoña, el vórtice de Montaigne. Este bordelés genial me ha acompañado en gran parte de mi vida y  es para mí como un hermano mayor, como un amigo muy próximo, al que, en momentos de inquietud y dudas, acudo siempre en busca de su sabio y benevolente consejo. Pero también en los momentos felices lo busco, pues sus escritos siempre multiplican la alegría de vivir.

En el verano de 2014, emprendí junto a mi familia uno de los viajes que más ilusión me han hecho en mi vida, y que resultó ser a la postre el más feliz de los que habitan, hoy en día, en mi memoria.
Con el aire suave y anhelante de la alegría, partimos hacia el norte. La primera ciudad de suelo francés que pisamos fue Burdeos, que nos recibió con la luz cálida de un sol próximo al horizonte: la dorada luz del atardecer nos acogió en Francia.

La girondina Burdeos es una ciudad pujante de 240.000 habitantes, que tiene un centro histórico bellísimo, levantado en el corazón del siglo XVIII y  modelo -el ideal dieciochesco- de la ciudad racional pura. En ese centro neoclásico hay dos edificios perfectos (ambos de Víctor Luis), que se miran con costumbre de siglos. Por un lado, el Gran Teatro de Burdeos. Por otro, Le Grand Hôtel de Bordeauz.


A esta hermosa ciudad llega Goya en 1824, huyendo de la España oscurantista de Fernando VII. La llegada a Burdeos fue narrada por su amigo Leandro Fernández de Moratín: “Llegó en efecto Goya, sordo, viejo, torpe y débil, y sin saber una palabra de francés, y sin traer criado (que nadie más que él lo necesita), y tan contento y tan deseoso de ver mundo”.

(“Ve mundo”, exhortaba también Montaigne: lo primero que visitamos de Burdeos fue su formidable estatua de mármol blanco que flanquea, junto a la de Montesquieu, la inmensa plaza de Quinconces: no en vano fue alcalde de la ciudad durante cuatro años).


Y es en esta ciudad, donde vería la última luz del mundo ("...me falta todo menos mi fuerza de voluntad y esa la tengo en exceso". Goya. Carta a un amigo), el genio aragonés pinta su última obra maestra: La lechera de Burdeos. Curiosamente, un vibrante lienzo en el que Goya se expresa con total libertad y optimismo (La serena delicadeza que envuelve a la joven, y el recuperado entusiasmo por el color, por la luz y la belleza, parecen revelar una reconciliación con la vida, una nueva juventud de Goya en la bella ciudad de Burdeos).


Dejamos -con anticipada nostalgia- esta luminosa ciudad y nos dirigimos al centro del viaje, al château de Montaigne.

En lo alto de una colina, en el corazón de Francia -apenas 50 kilómetros al este de Burdeos-, se alza su castillo cercado por robles y campos de heno. En el siglo XVI, era la casa de Michel de Montaigne. En ella, a los 38 años de edad, decidió retirarse y pasar recluido el resto de su vida, reflexionado y escribiendo. Una decisión sorprendente en una persona con un perfil tan brillante, que parece intimidarnos (¡y nada más lejos de su personalidad!): pertenecía a la nobleza, abogado, amigo del Rey de Francia y en dos ocasiones prefecto de Burdeos.

Al principio no sabía sobre que escribir. Pero poco a poco, dando vueltas en su biblioteca, le surgió la revolucionaria idea de escribir sobre un asunto que él podía conocer a fondo: él mismo. Comenzó a describir como era ser Michel de Montaigne.

Y fue avanzando en uno de los libros más revolucionarios, cautivadores y fascinantes que se han escrito “Los Ensayos”: Un libro que transformaría nuestra concepción sobre lo que es el ser humano.

Así como quien visita a un amigo, quise conocer su torre (el castillo es una reconstrucción, con el mismo diseño que el original -destruido en un incendio en 1885-: sólo se salvó su torre), para acercarme más a Montaigne, para fomentar más esa extraña sensación de proximidad que he tenido siempre con él, desde que leí su primer ensayo (Por distintos medios llégase a igual fin).
Una lluvia fina nos dio la bienvenida. Conforme avanzábamos, atravesando el magnífico parque en el que está enclavado, la emoción acrecía: Esa era la torre donde trabajaba. Desde el exterior parece hermosa, situada en una de las alas del castillo, una construcción gruesa y de poca altura, que no nos manifiesta los cuatro pisos que alberga en su interior.


Qué conmovedor resultó entrar en ella y encontrar todo como en su época, tal y como la había descrito él siglos atrás. En la planta baja había una capilla (cuya acústica había sido diseñada para que pudiesen oírse los cánticos de la misa desde arriba) y una escalera de caracol de interior nos conduce al piso superior, encima de la capilla: su dormitorio. Subiendo los escalones, desgastado por siglos de pasos, se encuentra un nicho para el aseo y justo encima de éste, el refugio favorito de Montaigne y lo más interesante de ver: la biblioteca, donde todavía se halla el escritorio descrito con detalle por el filósofo. Lo primero que uno piensa, es que es el refugio perfecto para un pensador. Había un millar de libros forrando las paredes y espacio de sobra para caminar en círculo (la habitación sería muy distinta: ahora es austera y blanca, con los suelos de piedra desnudos, y entonces habría tenido todo el suelo cubierto, probablemente de juncos. En las paredes habría murales, todavía frescos. En invierno, el fuego estaría encendido en la mayor parte de las habitaciones, aunque no en la biblioteca principal, que no tenía chimenea, Bakewell). En las vigas del techo, todavía se conservan las citas clásicas que hizo pintar, y que nos recuerdan la transcendental decisión de Montaigne de retirarse de la vida pública para dedicarse a la reflexión y a la escritura. Las mejores ideas se le ocurrieron así, según cuenta. Desde las ventanas, él contemplaba el jardín (la vista no debía de ser muy distinta en aquella época. Miré por la ventana, como habría hecho el propio Montaigne: el patio central y el impresionante paisaje).

Nos alejamos de aquel lugar maravilloso, donde aquel hombre se retiró a pensar y cambió la concepción del mundo. Aquel hombre en el que tanto confío, al que considero un amigo: un hombre con el coraje para decir grandes verdades, con palabras sencillas y honestas.

Con la emoción a flor de piel (Nuestra alma se expande a medida que se llena, Todorov), nos fuimos alejando de aquel lugar encantado y adentrándonos en la campiña francesa: una carretera pintoresca, viñedos, un pequeño canal, rastros de un pasado medieval…un entorno amable que sin duda encantaría a Montaigne.

Visitamos las ciudades de la Dordoña (Bergerac -que cuenta con dos estatuas de Cyrano, quien curiosamente no tiene nada que ver con el pueblo-; Montignac –donde se encuentran las cuevas de Lascaux, con sus formidables pinturas rupestres-; Sarlat-la-canéda –una maravilla de ciudad medieval que se ha preservado milagrosamente intacta en el tiempo, y en la que se conserva la masion de la Boetie, el gran amigo de Montaigne, al que le dedicó páginas memorables; y por último, Périgueux, una hermosa ciudad de la que, lo menos que puedo decir, es que me hubiera gustado vivir en ella).



Cuando regresamos, todavía indemnes en la retina todas las maravillas de aquellos lugares (belleza urbana, historia, naturaleza al descubierto) que habíamos recorrido con los ojos bien abiertos y los sentidos a flor de piel, todavía había de depararme aquel prodigioso viaje otro tesoro que disfrutaré el resto de mi vida: mi gran -y admirado- amigo Paco Pino, me aguardaba con un regalo único, irrepetible, que no cambiaría por nada en el mundo: un maravilloso díptico de Montaigne.


¡Cuánto Montaigne en la memoria!


 © Jesús A. Salmerón Giménez

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