miércoles, 28 de junio de 2017

NECESITO UN CAMINO




                                                                        Pedro Diego Gil López



Necesito un camino
para perderme
Para llegar al olvido,
Paisaje de luz
Entre tus piedras
Lejanas
Con el viento
Compañero
Zigzagueante
Tu señuelo horizonte
Amante de tu luz
Mi efímera sombra
Que sueña
Ver tu destino,
Camino
De lo eterno.


sábado, 17 de junio de 2017

SIETE LIBROS PARA EL VERANO



Jesús A. Salmerón Giménez


“Me gusta tocar un libro, respirarlo, sentirlo, llevarlo… ¡Es algo que una computadora no ofrece!”
                                                                                                 Ray Bradbury

People reading and dreaming, by Vivian Maier.

Tal como empecé, termino este curso: hablando de libros, que es, por otra parte, la única pretensión que he tenido al escribir estas Notas, que, un año más, se han ido derramando por el calendario a lo largo de las cuatro estaciones: comunicar mis experiencias de lector insomne y apasionado, compartir el placer extraordinario de la lectura, con los seguidores de esta excelente revista digital, que coordina, con competencia y dedicación, Rosa Campos.
Acaba aquí, pues, temporalmente, mi periplo en esta publicación, cuya experiencia vital y literaria es, para mí, sumamente enriquecedora. Y, para despedirme, quiero expresar mi agradecimiento a todas aquellas personas que, aunque solo fuera una vez, se han detenido a leer estas crónicas urgentes, sentimentales y deslavazadas, estos disparos erráticos de lector, con la esperanza de haberles llevado un gramo de felicidad, en medio de este mar de olvido...En fin, amigas y amigos, hasta pronto, nos vemos cualquier día a la vuelta del verano, aquí, en Notas, donde habitan los libros…



Tierra de campos, de David Trueba. No siempre, como sostiene René (Descartes), leer buenos libros es como conversar con las mejores mentes del pasado. Porque David Trueba, afortunadamente, es rabioso e inteligente presente. Y sus libros me resultan siempre próximos, con esa cercanía emocional que nos regalan las personas que apreciamos, como si nos hablara un viejo amigo con el que hemos compartido emociones, tristezas, risas...con ese humor de trinchera, de supervivencia (heredado, sin duda, de esa generación maravillosa -y ácida- de posguerra: Azcona, Fernán Gómez, Berlanga...) Y leemos con placer el libro, y nos adentramos con fruición en esa encrucijada (moral) de historias de regresos y despedidas, de sueños rotos, de tradiciones y rebeldía (de cómo las experiencias de infancia y de adolescencia marcan a fuego lento nuestra vida futura), de amores y otros pesares, de la amistad (¡lo demás es selva!) y del tiempo que no tiene corazón pero sí memoria, como este madrileño luminoso y de desaforado talento, que ya me había regalado varios momentos de felicidad en sus películas (Madrid 1987 y Vivir es fácil con los ojos cerrados) y en sus novela Blitz...y ahora me ha conmovido con esta espléndida Tierra de campos.



Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens. Leer a Dickens es siempre un placer extraordinario, y más todavía, leer esta novela jovial, palpitante, pletórica de vida. Su lectura me ha regalado momentos inefables: la dicha de vivir las aventuras disparatadas, cómicas, tristes...de los miembros del absurdo Club Pickwick, permeadas por la prosa inigualable del genial Dickens -monumental la traducción de José María Valverde-, que aquí conserva, intacta, la alegría de su juventud, como un chubasco en primavera, que -casi trescientos años después- recibe este lector feroz y, una vez más, entusiasmado y agradecido.



Antón Chéjov, de Natalia Ginzburg. En este bellísimo libro, Ginzburg nos va narrando la vida de Chéjov a través del argumento de sus cuentos más importantes: la difícil infancia y adolescencia del escritor, marcada por la miseria; su evolución como escritor (del aguafuertismo humorístico al relato dramático: como Chéjov va perfeccionando su estilo, atesorando los ingredientes de un realismo doméstico y cotidiano, la mirada condescendiente y piadosa sobre sus personajes); el final prematuro de su vida, cuando, consolidado como escritor, fallece víctima de la tuberculosis a los 44 años, tras beber, como es leyenda, una copa de champán... A Ginzburg le bastan poco más de 80 páginas para describir cuarenta y cuatro años de una vida intensa. Un relato delicioso, que prescinde de cualquier atisbo elegiaco y consigue captar en tono chejoviano los capítulos claves de la corta y atormentada existencia del último gran escritor de ese espléndido siglo de milagros. Como escribió: "De un modo tranquilo y educado, Chéjov es uno de los escritores más profundamente subversivos que haya existido en toda la historia".


Mi vida querida, de Alice Munro. No son grandes experiencias lo que nos narra, ni siquiera son historias con tramas definidas, con principio y final. Parece que nada sucede en ellas, que sus historias están habitadas por personajes sencillos, del montón, a los que le suceden cosas de poca importancia...Sin embargo, todo el ritmo de la vida y las mayores sutilezas del alma humana se encuentran en la magistral escritura de esta canadiense.
Estos 10 relatos de Alice Munro (El noviazgo cruelmente abortado de una virginal profesora; el fugaz encuentro amoroso en un tren de una joven madre que huye de su matrimonio; ser poeta de provincias y asistir sola a una fiesta de intelectuales; celos mortales de una esposa setentona al aparecer en casa un ligue de juventud del marido octogenario…) constituyen una cadena de asombro, una revelación poética aguardando al final del relato, que, de una forma vertiginosa, captura la existencia en la red sabia de sus líneas; los arcanos del alma humana atrapados en el resplandor de un momento inefable…, y nos deja al descubierto con extremada delicadeza el punto de inflexión de cada vida, el momento exacto donde todo estalló y se hizo añicos, en el que se nos rompió, dolorosa, ineluctablemente el quicio del alma.




Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff. La fascinación se inicia en las primeras frases del libro y continúa –acreciendo– a lo largo de toda la narración. El milagro sucede: la promesa de un tiempo de lectura que se extiende ante nosotros ilimitado se hace realidad: la potencialidad de inicio se mantiene en toda su duración como pocas veces sucede en la literatura: no podemos interrumpir la lectura, nada existe fuera de la geometría perfecta del libro...
Esta autobiografía, que funciona como una novela, es un libro memorable: un libro que mejora nuestra perspectiva sobre la primera mitad del siglo XX en Alemania –cuando se incubó el huevo de la serpiente y cuando eclosionó el monstruo: los felices años veinte, el ascenso del nazismo, la incredulidad de los judíos, la noche de los cristales rotos, el exilio, los campos de concentración, la guerra...– y sobre la vida (todas las vidas son un proceso de demolición, nos enseñó ): un libro que narra la historia de una mujer apasionante, que nos hace reflexionar –y nos estremece– sobre la libertad, sobre el amor, la maternidad, la amistad, la pérdida y la solidaridad.



Las sombras de Quirke, de Benjamin Black. Cada vez que Banville publica nueva novela, la vida es un poco más hermosa. Y es que el hombre que se atrevió a resucitar al mismísimo Philip Marlowe en La rubia de ojos negros, nos regala una nueva entrega de la prodigiosa serie de novela negra protagonizada por el doctor Quirke, nuestro patólogo de cabecera: el solitario, que entiende más a los muertos que a los vivos, el detective por accidente, de pies ridículamente pequeños, que arrastra una leve cojera desde que le propinaran una tremenda paliza en Muerte en verano, el que ahoga su desesperanza en whisky, derrelicto en la niebla... es un héroe de nuestro tiempo…de hecho, un antihéroe: no es valiente ni decidido, pero sí inquisitivo y más curioso que un gato…
El libro Las sombras de Quirke lo he leído con libertad, relajado, con la felicidad del lector que encuentra algo inesperado y maravilloso al pasar cada página, paladeando –frase a frase– la prosa reflexiva y sin prisas, deliciosa, de Benjamin Black. Es el séptimo libro de la serie, y espero que siga durante mucho, mucho tiempo...



La España vacía, de Sergio del Molino. El eje de este libro (un ensayo histórico pero, sobre todo, un magnífico relato de viajes) es lo que él llama el Gran Trauma, el terrible éxodo que, entre los años cincuenta y sesenta, dejó vacíos pueblos y campos para multiplicar la población de las grandes ciudades, en cuyos extrarradios, con el tremendo aluvión de gentes procedentes de la "España vacía" -Aragón, las dos Castillas, las sierras de La Rioja y de Extremadura, y las comarcas interiores de Galicia y de Andalucía-, auspiciado por el desarrollismo suicida del régimen franquista, que destrozó para siempre el patrimonio y el paisaje rural de nuestro país, se formaron dantescos poblados chabolistas que balizaron de dolor y miseria el paisaje urbano.
Es un ensayo con el que se aprende, desde el pensamiento original e inesperado ("El ensayo es el arte de razonar: su tarea es pensar y enseñar a pensar por cuenta propia", Todorov), y nos ayuda a comprender algunos de los problemas de este país ("Mi propósito (...) contemplar sus ruinas sin asombro, con las manos en los bolsillos y no en la cabeza"). Pero sobre todo es una mirada literaria de la España sin nadie y un relato luminoso que leemos con creciente y renovado placer.

               © Jesús A. Salmerón Giménez


viernes, 9 de junio de 2017

EN EL DÍA DE LA REGIÓN DE MURCIA




Dos poemas y una ilustración en el Día de la Región de Murcia, para conmemorarlo desde el sentimiento y la belleza.





Gota de agua, de Sofía Martínez Villa.




EL MAR VA RECOMPONIENDO SÍLABAS INNUMERABLES
El mar va recomponiendo sílabas innumerables,
caracoleando en lentos pasos sobre la orilla
se recoge y detiene en huidas terribles,
vespertinas disecciones por hacerse infinito
porque la finitud reside sólo en el cuerpo que no vuelve.
Si alguna vez rompiste en corrientes lunáticas
yo amanecí vestida de espuma
y viejos nombres circundaron mis dedos.
Sólo una forma retrocede y avanza igual que tú
porque sólo su pie de aire destruye y olvida
sólo su voz me alza y me vierte
y hundo en ti la arcada de luz que me ofrece.

Allí no llegan las cruces del tiempo,
el destino memorable de los días,
mi lucha sostenida contra todos.

Me miro, mar, obstinadamente
en ti, a través de ti
y recibo como respuesta a mi curiosidad
la brisa salubre de incalculable ternura.
                                       Isabel Mascuñán


MÁS ALTO
Porque sí,
porque os quiero.
Porque el día acaba de empezar
y es bueno hacerlo.
Desde los cuatro puntos cardinales
voy buscando un camino a la esperanza.
Ella atraviesa muros. Salva
los abismos de arcilla
que excavó la tristeza,
se acerca
desde el mundo de pájaros que,
aún ciegos,
aciertan a saber que
el mundo empieza.
Y porque es bueno hacerlo,
porque os quiero,
a la esperanza pido
que os aleje del ruido,
que reclame
su voz a los que olvidan
que un ideal
es superior a un hombre.
                                     Josefina Soria
Pertenece al poemario Es mi fiesta y lloraré si quiero:





...

 Cultura hecha en Murcia.




sábado, 3 de junio de 2017

GRANOS DE TRIGO (Y DOS USOS DEL NO)


Rosa Campos Gómez
Si bien desde el principio fue Granos de trigo el título para este texto, lo ha tenido reñido con otros dos que pedían capítulo aparte y prioritario, surgidos por las noticias devastadoras que  gotean sin cesar, `No matarás´ y `Tanto por no hacer´,  correspondientes a temas no relacionados, si bien sólo en apariencia, porque después, tras una mejor mirada, vi que lo están, por lo que comparten espacio. 

Granos de trigo, tiene su raíz entre enero y febrero, meses  en los que coincidí con mujeres que me trajeron este cereal: Almudena Grandes (por entonces leía la III parte de su novela Las tres bodas de Manolita, titulada “Un grano de trigo”), y Maruja Mallo (mientras preparaba los artículos sobre ella), más el grato recuerdo sobre espigas proporcionado por una amiga. Estos granos, con sus correspondientes espigas, como tema simbólico ilustrando lo real posible, me invitaron a mirarlos más de cerca, relacionándolo con los tejidos de la vida.




La semilla posee  la espiga ya desde su siembra, esto lo refleja muy bien  Grandes, en el desarrollo final de su novela, en la que, a través de 766 páginas, nos va introduciendo en los entresijos de una parte de la historia casi reciente –a unos tres cuartos de siglo de distancia– donde se aportan datos reales, con toque de ficción, que desconocía.

Adentrándonos en esa tercera parte vemos que Silverio, inspirado por su relación de amor con Manolita, proyecta una casa para su vida en pareja en Cuelgamuros –valle que se encuentra al suroeste de la sierra de Guadarrama–, nunca citado por la autora como Valle de los Caídos –obviamente por la sentida incongruencia del fin que con él  se pretende–, donde Silverio, preso por ser republicano, trabaja para levantar el gigante mausoleo. 
Es admirable  ver cómo por la determinación de una mujer real –también representada en la novela– es factible que algunas mujeres puedan vivir en este lugar frío y duro con sus hombres, en el que Manolita, pobre como la gente pobre del bando  de los “vencidos” de la posguerra, puede casarse gracias al dinero que le da otra mujer, cuyo final tiene mucho que ver con las tragedias que hoy se siguen produciendo y que nos rasgan el alma y nos hunden el cuerpo.
Narra Almudena Grandes, ingeniosa,  interactiva y deliciosamente, la evolución simbólica de la espiga y la real de la casa: “Un día, al salir de su cabaña, Robinson Crusoe  [Silverio]   se fijó en un tallo verde, frágil, que apenas asomaba de la tierra, muy cerca de la puerta. El cuadrilátero exterior mide ocho por ocho metros, es demasiado grande, pero el interior, el que hicieron para anclar la torre, tiene veinticinco metros cuadrados y esa superficie es asequible… Aquel tallo le resultó familiar, pero no supo explicarse por qué, y se limitó a estudiarlo día tras día hasta que distinguió yemas de las que brotarían unas hojas muy finas, casi plumas. (…) Robinson limpió la tierra que rodeaba aquella planta recién nacida, tan frágil todavía, para protegerla para ayudarla a crecer. (…) Sólo cuando se alzaba ya unos centímetros del suelo, el náufrago se atrevió a identificar  aquella planta como una mata de trigo, y a creer en su suerte. (…) Durante muchas semanas, Robinson vigiló la planta, la regó, la abonó como pudo, y esperó. (…) Cuando el tallo se elevó y las hojas empezaron a cuajarse de granos verdes, Crusoe rezó a su Dios para que no le enviara a traición un temporal de lluvias torrenciales, y su Dios lo escuchó. (…) El sol hizo madurar la espiga, y cuando sus granos, estaban dorados, llenos, Robinson la cosechó con manos temblorosas de emoción. (…) Separó los granos con cuidado, uno por uno, y los sembró…”  Y prosigue bella y esperanzadoramente la historia de la planta emergida de un grano de trigo, como metáfora del hogar que se están construyendo a pesar de lo inhóspito del lugar donde lo edifican y de las circunstancias en y por las que en él trabajan…, pero mejor ir a sus páginas para comprobarlo y disfrutar de la buena lectura.



La sorpresa del trigo
Maruja Mallo oteó granos de trigo en las manos de quienes reivindicaban sus derechos en una manifestación, como una visión simbólicamente clara de la dignidad que alza la voz con propiedad cuando es necesario, y  se posan y perviven para emerger en espigas, como en dos de sus cuadros podemos leer.

Canto de las Espigas


`No matarás´ debiera exponerse como una de las leyes universales más ampliamente consignadas en todos los ámbitos –familiar, educativo, social–, y no sólo en la asignatura para  Igualdad, que debiera estar ya preparándose de forma urgente para el año que viene, sino en todas.
El no adquiere en esta consigna un significado, sobrio e imperativo; está ahí para qué la libertad sea, sin ambages, libre, ya que ella sólo merece ese nombre  cuando la del otro se entiende como intocable, por lo que matar es dilapidar el concepto en su conjunto.
“Ama al otro como a ti mismo”, es, en comparación, máxima menor, porque si ese “ti mismo” tiene noción perversa de lo que entiende por amor, y quiere destruirse lo hará tras o mientras perpetra su matanza, tenemos costosos ejemplos. No matarás es un sí a la vida, a la ajena y  a la propia.
Son muchos los términos que, como un torrente, me inundan  para denominar los asesinatos de tantas mujeres y/o de sus hijos a manos de sus parejas o ex parejas, palabras que no se fugan, sino que pelean, cuando quieres escoger la adecuada para definir esta tragedia que va en aumento a pesar de que hay mayor consciencia de este terrorismo, palabra que creo que mejor define esta barbarie.
Por lo tanto pienso que esa negación a lo que destruye y separa debe de ser una de las primeras leyes enseñadas y aprendidas, junto a otra ley universal, explicada primordialmente: “Cuidarás de ti,  de quienes te rodean, y de lo que te rodea”. Son leyes que desde tiempo inmemorial gravitan en lo que podemos denominar universo social, o humano, y que precisan del ejercicio del recuerdo constante.

`Tanto por No hacer´ incluye otra negación, complementaria a aquel primer  tema, al inicio de nuestra andadura (Tanto por hacer, que sigue tan ingente a día de hoy), y  que empuja hacia el no usarás ninguna de las maneras trampantojos en formas de puestos de trabajo, necesidades espurias u otras fruslerías que minan la vida: no fabricarás armas para que otros se maten lejos o cerca del suelo que pisas; no malgastarás el dinero que debe de ir a quienes más lo necesita; no cerrarás puertas a quien pide acogida; no abandonarás los acuerdos para el cuidado medioambiental de esta casa común que nos soporta; no darás la espalda a quienes se remangan día a día por hacer un lugar mejor allí donde se encuentren… No haremos, no haré…  Si tantas cosas descabelladas no se hicieran, quedaría tiempo y espacio para otras más atractivas (cuando menos) para las criaturas que por aquí andamos y para las que andarán.
Notas iniciaba su caminar  con un tema doloroso, en el que las mujeres y los niños eran “los primeros” para la tragedia humana que como sociedad global padecemos, asunto que debería ir a mejor si, de verdad, lo inteligente y lo bueno hicieran un pacto indesbaratable.
Válganos la promesa del trigo, y pensemos con José Antonio Labordeta que “los campos desiertos / volverán a granar / unas espigas altas / dispuestas para el pan. / Para un pan que en los siglos / nunca fue repartido / entre todos aquellos / que hicieron lo posible /por empujar la historia / hacia la libertad”; y no olvidemos disfrutar de las pequeñas y cálidas cosechas que hacemos entre la gente cercana, ellas como ningunas nos cargan de energía, puede que para otros cultivos de más envergadura, pero  sobre todo y esencialmente, para tomar aire limpio y sentir en saludable medida la alegría de vivir.
Razones por las que concluyo con algo que considero valioso: Notas es ya una espiga de tres años, en la que los colaboradores han puesto sus granos de fecundo, original y magnífico trigo; un honor y un lujo poder sumar los míos a los suyos. GRACIAS infinitas,  por vuestra labor, y GRACIAS, siempre, a quienes los leen.
      

     © Rosa Campos Gómez



sábado, 27 de mayo de 2017

EL AMOR EN MARC CHAGALL

 Sara Alarcón
      
No olvido la tarde, hace un año, en que fui a ver la exposición  gráfica Chagall: divino y humano, me pareció llena de magia.

 Entonces me propuse conocer más sobre el autor y su obra (que es muy extensa)  investigación que me sirvió para realizar uno de los trabajos de mis estudios, del que comparto un breve resumen:




La pintura de Marc Chagall (Vítebsk, Bielorrusia, 1887- Saint-Paul de Vence, Francia, 1985) es muy subjetiva y a la vez gran comunicadora de símbolos universales, cuya figuración nos informa de su manera de concebir las cosas  psíquicamente (dice Freud que la producción cultural surge en el inconsciente del sujeto, originada por una parte reprimida relacionada con lo sexual; sobre este material actúa la sublimación, transformándolo en cultura, en material para la sociedad).
Su vida como artista fue longeva y siempre le gustó tener la compañía de una mujer. Bella  Rosenfeld (Vitebsk, 1895, - Nueva York, 2 de septiembre de 1944), escritora rusa y traductora al francés de Mi Vida (autobiografía del pintor), fue su primera esposa y gran amor. Forma pareja con él en muchas de sus obras en las que ya aparecen objetos y figuras que serán recurrentes en toda su trayectoria artística, junto a las que reflejan el tiempo real en que vive y el de su infancia. Chagall escribió sobre ella: “Su silencio es el mío. Sus ojos son los míos. Es como si me conociera desde siempre, como si supiese todo de mi infancia, de mi presente, de mi porvenir; como si velase sobre mí y me comprendiera perfectamente, aunque la viera por primera vez”. Cuando Bella murió él sufrió una fuerte depresión.
 En 1945 se unió a Virginia Haggard, separándose en 1952; ese mismo año se casó con  Valentina Brodsky con quién vivió hasta el final de sus días y junto a quien está enterrado. De Vavá (así la llamaba) dijo: “Sin ella, nunca sería capaz de hacer un cuadro. Ella es la que me dice cómo lo debo hacer…”

Los recién casados de la Torre Eiffel (1938-1939)

 En Los recién casados de la Torre Eiffel, es una mirada hacia atrás, representa el tiempo en que, tras vivir unos años en París, vuelve a Vístebsk, su pueblo natal, donde se casa (en 1915) con Bella Rosenferd.
Vemos, sobre un cielo que lo acoge todo,  símbolos que indican su origen de judío nacido en un pueblo ruso junto a elementos con los que se identifica: un hombre y una mujer con ropas de novios en el día de su boda, sobre un gallo y también, a lo lejos, bajo un dosel; tres ángeles, uno que llega desde un sol que parece un disco de luz, con un ramo de flores en la mano, otro que es músico y un tercero con un candelabro aportando luz;  la aldea,  haciendo alusiones al niño que lleva dentro; la cabra como símbolo de protección y de armonía ; el sol como fuente de calor y de vida. Las casas de un poblado en el horizonte.
En esta pintura ya se percibe el mensaje bíblico en dos registros, el del cielo y el de la tierra, compartidos por las diferentes figuras que los habitan: los ángeles,  la música con el violín que busca simbolizar las tradiciones, el arraigo de su pueblo natal y la sencillez de las vivencias que allí tuvo y que le dieron forma a su carácter. También aparece una fuerte presencia de la figura paterna simbolizada en el pez, casi siempre un arenque (su padre tenía una empresa o tienda de procesamiento y venta de arenques).
La Torre Eiffel plantea dos metáforas a la vez, la del amor que  experimenta en París, cuando vuelve con Bella, y la de la modernidad que la ciudad alberga.
Asimismo, el árbol representa la vida en su esplendor.
La pareja volando es la máxima felicidad; el lila (color de la feminidad, de lo espiritual y también del lujo) del traje de él expresa la espiritualidad dentro de ese amor en todos los sentidos que siente por la novia (vestido blanco), por Bella, que ya hace años que es su compañera.
El gallo sobre el que cabalgan simboliza la fertilidad y la esperanza: con este símbolo Chagall dice que anhela tener un hijo, y lo manifiesta también con la mano que toca el vientre de la mujer, esperando aquel deseado niño.

El circo azul (1950-1952)

El circo azul pertenece a una segunda etapa de su vida, en la que se encuentra instalado en Saint-Paul de Vence, casado con Virginia (el segundo y más breve de sus tres matrimonios),  en ella los azules se vuelven predominantes en toda su obra por influencia del mar de esta localidad.

Aquí la poética de su pintura nos lleva a su niñez, a los días en que el circo visitaba su pueblo. De nuevo vemos un pez (el padre) con una aleta dorsal en forma de cresta en la que hay sentada una figura masculina, este pez porta un ramo de flores con el significado de que la fuerza de la vida está en el amor. Todo para una bella trapecista  coronada como reina, a la que el  asno mira con pasión  (¿se sentía un asno porque tenía la sensación de engañar a Bella, ya muerta, con Virginia? o ¿era una simple alusión a la necesidad de amor carnal?).
La acróbata atraviesa el espacio en diagonal, casi vuela, en un tiempo de felicidad. Un gallo parado en su muslo, que aquí puede simbolizar la esperanza, más que la fertilidad, toca el tambor llamando la atención.
Todo en esta pintura es un universo en movimiento. El ramo de flores del amor, los tres colores primarios de los que salen todas las gamas: el color amarillo acompaña a una luna que toca el violín,  el rojo de la pasión cubre a la trapecista, el azul  señalando un espacio donde cabe el pasado imaginado desde el presente, en el que no hay límites…

Retrato de Vavá (1953-1956)

En Retrato de Vavá, junto a una mujer de belleza serena vemos (de nuevo) un ramo de flores que simboliza la fuerza del amor para Chagall,  una figura masculina en medio, no muy detallada, entre el cielo y la tierra (entre lo sagrado y lo profano) con una paleta y pinceles en una mano y otra señalando al corazón, y el pueblo de su niñez, en el que se insinúan signos religiosos en la cúpula central y lejana y en la silueta amarilla con brazos en cruz.  El color rojo de la blusa de Vavá, el del el hombre y el del pueblo, sirve de puente entre el pasado, el presente y el futuro, y la cálida emoción que experimenta junto a ella,  en la que encuentra una compañera que le aporta el equilibrio que necesita, mujer que ejerce también como impulsora de las nuevas pinturas que produce en esos años y que le siguen encendiendo la pasión en su vida, el jarrón con los pinceles en la esquina derecha es una metáfora que lo indica.
 Chagall, con su pintura, nos introduce en una narración de la vida con sus alegrías y sus tragedias, pero siempre desde el amor,  lo hace guiado, como el mismo dirá, desde el instinto: “Yo no he aprendido nada como no sea por instinto… Una teoría académica no tiene fuerza alguna para mí”.
Cuenta su vida a través de un lenguaje poético que nos llega con colores utilizados desde el corazón y desde una línea personalísima que sabe delimitar las formas para explicarnos su mundo interior y conectarlo con un exterior que carece de fronteras y que está habitado por  objetos cotidianos y figuras simbólicas de su cultura,  transgrediéndola (el judaísmo está en contra del icono).
En su obra nos ofrece el resultado de lo que siente y le emociona, tanto en el momento en que vive como el que habita en  sus recuerdos, de su manera de amar y de contarnos el amor a través de la misma, de hacernos partícipes de ella:
“Cuando en alguno de mis cuadros alguien descubre un símbolo, no es porque yo así lo haya querido. Es un hecho que yo no busqué. Es algo hallado después y que cada uno puede interpretar a su gusto”.


        © Sara Alarcón