martes, 23 de mayo de 2017

GÓNGORA, EL "HOMERO ESPAÑOL"

                                                                        Jesús A. Salmerón Giménez

“…Con nadie hablo, todos son mis amos,
Quien no me da, no quiero que me cueste;
Que un árbol grande tiene gruesos ramos…”
                                         Luis de Góngora

Góngora (1622), Velázquez.
Tal día como hoy falleció el poeta español, cima de la elegancia de la poesía barroca y modelo de poetas posteriores, Luis de Góngora y Argote (1561-1627).
Para conmemorar el 390 aniversario de la muerte de Luis de Góngora, dejo aquí unas hermosas palabras –que describen el último aliento del escritor cordobés– de Federico García Lorca, y un poema memorable de Luis Cernuda: dos textos excepcionales de los más brillantes exponentes de aquellos jóvenes poetas que, en 1927, decidieron celebrar el tercer centenario de la muerte de Góngora, por admiración hacia el poeta barroco, cuajando en aquel emotivo acto una Generación de escritores maravillosa e irrepetible.

 “La mañana del 23 de mayo de 1627 el poeta pregunta constantemente la hora que es. Se asoma al balcón y no ve el paisaje, sino una gran mancha azul. Sobre la torre Malmuerta se posa una larga nube iluminada. Góngora, haciendo la señal de la cruz, se recuesta en su lecho oloroso a membrillos y secos azahares. Poco después, su alma, dibujada y bellísima como un arcángel de Mantegna, calzadas sandalias de oro, al aire su túnica amaranto, sale a la calle en busca de la escala vertical que subirá serenamente. Cuando los viejos amigos llegan a la casa, las manos de don Luis se van enfriando lentamente. Bellas y adustas, sin una joya, satisfechas de haber labrado el portentoso retablo barroco de las Soledades. Los amigos piensan que no se debe llorar a un hombre como Góngora, y filosóficamente se sientan en el balcón a mirar la vida lenta de la ciudad".
                                                                                              García Lorca



  GÓNGORA
El andaluz envejecido que tiene gran razón para su orgullo,
El poeta cuya palabra lúcida es como diamante,
Harto de fatigar sus esperanzas por la corte,
Harto de su pobreza noble que le obliga
A no salir de casa cuando el día, sino al atardecer, ya que las sombras,
Más generosas que los hombres, disimulan
En la común tiniebla parda de las calles
La bayeta caduca de su coche y el tafetán delgado de su traje;
Harto de pretender favores de magnates,
Su altivez humillada por el ruego insistente,
Harto de los años tan largos malgastados
En perseguir fortuna lejos de Córdoba la llana y de su muro excelso,
Vuelve al rincón nativo para morir tranquilo y silencioso.


Ya restituye el alma a soledad sin esperar de nadie
Si no es de su conciencia, y menos todavía
De aquel sol invernal de la grandeza
Que no atempera el frío del desdichado,
Y aprende a desearles buen viaje
A príncipes, virreyes, duques altisonantes,
Vulgo luciente no menos estúpido que el otro;
Ya se resigna a ver pasar la vida tal sueño inconsistente
Que el alba desvanece, a amar el rincón solo
Adonde conllevar paciente su pobreza,
Olvidando que tantos menos dignos que él, como la bestia ávida
Toman hasta saciarse la parte mejor de toda cosa,
Dejándole la amarga, el desecho del paria.

Pero en la poesía encontró siempre, no tan sólo hermosura, sino ánimo,
La fuerza del vivir más libre y más soberbio,
Como un neblí que deja el puño duro para buscar las nubes
Traslúcidas de oro allá en el cielo alto.
Ahora al reducto último de su casa y su huerto le alcanzan todavía
Las piedras de los otros, salpicaduras tristes
Del aguachirle caro para las gentes
Que forman el común y como público son arbitro de gloria.
Ni aun esto Dios le perdonó en la hora de su muerte.

Decretado es al fin que Góngora jamás fuera poeta,
Que amó lo oscuro y vanidad tan sólo le dictó sus versos.
Menéndez y Pelayo, el montañés henchido por sus dogmas,
No gustó de él y le condena con fallo inapelable.

Viva pues Góngora, puesto que así los otros
Con desdén le ignoraron, menosprecio
Tras del cual aparece su palabra encendida
Como estrella perdida en lo hondo de la noche,
Como metal insomne en las entrañas de la tierra.
Ventaja grande es que esté ya muerto
Y que de muerto cumpla los tres siglos, que así pueden
Los descendientes mismos de quienes le insultaban
Inclinarse a su nombre, dar premio al erudito,
Sucesor del gusano, royendo su memoria.
Mas él no transigió en la vida ni en la muerte
Y a salvo puso su alma irreductible
Como demonio arisco que ríe entre negruras.

Gracias demos a Dios por la paz de Góngora vencido;
Gracias demos a Dios por la paz de Góngora exaltado;
Gracias demos a Dios, que supo devolverle (como hará con nosotros),
Nulo al fin, ya tranquilo, entre su nada.
                                                      Luis Cernuda


© Jesús A. Salmerón Giménez



lunes, 15 de mayo de 2017

COMALA, RONDA DE ÁNIMAS

 Jesús A. Salmerón Giménez

(Conmemoramos  en  Notas  el  centenario  de  Juan  Rulfo,  el  autor  de  Pedro Páramo y El Llano en llamas, que nació, en un poblado de Jalisco, el 16 de mayo de 1917).
                                                                         Así ya puedo morir en serio.
                                                                                                    J. RULFO 


La prodigiosa frase inicial de Pedro Páramo: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo", es la primera descarga eléctrica -de alto voltaje- del libro, el majestuoso disparo de salida a un universo literario lleno de misterio, de una belleza tan intensa y desolada, que nos cautiva y paraliza el alma (¡tan temprano!), y del que, el lector, perplejo y asombrado, no puede ni quiere salir jamás.

Este narrador magistral y conciso, creador de atmósferas irrepetibles, de argumentos espléndidos y ejecuciones precisas, abduce al lector a sus paisajes (llanos áridos de polvo seco, sombríos páramos, noches negras como las alas de los cuervos que cruzan el cielo vacío de Comala) por los que transitamos como en un sueño, pues nosotros, sus lectores, somos también sus personajes: Juan Rulfo, "el hijo inconsolable del desaliento", nos ha soñado: hijos de Pedro Páramo, camino de Comala...


Y es que, desde que empecé con este "vicio sin castigo" que es la lectura, la desolada luz de Comala, "el lugar sobre las brasas", alumbra mis días -y noches- en la Tierra, que se mueven al ritmo, el tono, el aliento poético de la prosa irrepetible de ese mexicano de palabra precisa y honda, que deja siempre una huella de luz -y su reverso: un beso negro de sombra- en la inteligencia del lector.        

Cuando entré en Comala (a lomos de uno de los burros de Abundio, el Virgilio de Juan Preciado en su descenso a los infiernos), supe que, de ahí, no saldría nunca, que habitaría para siempre ese territorio detenido en el tiempo, vagando, como un alma en pena más, entre sus casas blancas como huevos prehistóricos y sus calles empedradas de rencor vivo; perdido en la rara eternidad de las ruinas del tiempo, que mece el aullido de las casuarinas: furtivo, solo, en medio de la ronda de fantasmas: las sombras -calcinadas- de los muertos más vivos de la literatura universal.

        © Jesús A. Salmerón Giménez



sábado, 6 de mayo de 2017

LA SIERRA DE LA PALERA

                                                                                 
                                                                              Pedro Diego Gil López


La sierra de la Palera es un cuchillo que corta el cielo hacia arriba, hiere la Luna hasta hacerla sangrar y corta la superficie del sol en dos, en la intersección que producen sus atardeceres caniculares, 


dejando a un lado una umbría destinada a iniciar profundos barrancos y a otro lado una solana extrema en caída libre hacia la depresión que se extiende limítrofe con la llanura del Cagitán, hasta la hondonada del río Quipar, embalsado con todos sus sedimentos en el pantano de Alfonso XIII.                 


La altura de esta sierra se ampara en el asombroso paraje de Los Losares, con sus yacimientos de aguas fósiles, 


su mágico sistema kárstico y su hábitat primitivo, en un derrame de calizas que resbala hasta el cañón de Almadenes, donde el río Segura hizo otro corte severo, sajó la carne pétrea de los entornos hasta profundizar de forma extrema, para crear un accidente impensable en estas monótonas sierras de la zona más externa de la Bética. Aquí es donde reside el tedio de los montes más olvidados, que viven un eterno letargo de arraigadas sequías, rotas apenas por las ocasionales lluvias que hacen despertar esas semillas imperecederas.



 Una rala vegetación consigue una floración impensable, que a su vez alimenta a los caracoles endémicos, seres perseguidos de manera implacable en los días de lluvia, en un ejercicio lúdico comparable a una ceremonia de recolecta ancestral.



 Las esencias especiales de las flores perfuman el aire, llenando la larga estación de la primavera con el alimento de su polen, un tesoro que trabajan las laboriosas abejas, que en estos espacios se aíslan para sobrevivir de los productos agrícolas que matan a sus domésticas hermanas. 

La Palera se yergue en una cúspide absoluta, entre los pinares que se incendian noche tras noche, tiempo al tiempo, por esos rayos que no cesan, y las jaras que arden cada primavera en las dulces llamas de sus flores rosadas, que se tornan púrpuras al anochecer, cuando la imaginación juega con ellas a compararlas con las lejanas constelaciones. 


Sus fronteras territoriales estuvieron habitadas por heroicos medieros que sacaban oro de las oscas propiedades de aquellos burdos señoritos, usufructos de insuficientes labranzas convertidas en cotos, donde se sacaba provecho del esparto y de la caza. Labores donde la atracción animal era la única fuerza capaz de mantener el destino del hombre, a través de sendas creadas por la voluntad consentida de aquellas bestias de carga que valían para todo, incluso alimentaban a los buitres cuando expiraban, logrando así alcanzar el cielo, sobre las vastas alas de los carroñeros. Sus cadáveres eran arrojados a los muladares, donde eran desgarrados sus resecos cueros y devoradas sus escuálidas carnes, completando el ciclo de la vida. Desde aquellos años a estos, se abren otros abismos, otras simas sociales y otra relación con el hombre, ahora en días preñados de inventarios, de localizaciones y coordenadas que hacen de este paraje desierto, un bullicioso destino para el senderista de fin de semana, que explora las sendas, transitando sus sombras, sus soledades y sus milenarios vestigios, a la vez que se sorprende con el avistamiento ocasional de algún rebaño de arruís, 


sabiendo que allí perdura un antiquísimo arte prehistórico, declarado patrimonio de la humanidad, donde nuestros ancestros plasmaron estilizadas figuras, recreando los animales con los que convivieron.

Hoy jalonan cada palmo de su áspera naturaleza las varas floridas de los invasivos gamones, en pleno abril. Antes fue el rústico romero quién llenó cada loma erizada y cada cuarterón rocoso con su mágica floración de invierno. 



Se suceden las floraciones de tomillos, ajedreas, lirios, mastranzos, rudas, árnicas, correhuelas y centaureas, y todas las plantas tildadas de efímeras, para que la condición del tiempo, entre pelechas, celos y arrullas, suene a engañosa magia, a pura prestidigitación. Esas lejanas etapas de la vida que, cuándo se cumplen, en nada, se vuelven cercanas y por verse de repente tan tangibles, convertidas en materia humana, tal vez pasan desapercibidas o despreciadas. De ahí sentir ese regusto amargo que nos hace bajar la vista, cuando la fatuidad de nuestras percepciones y nuestra simple capacidad de entender los espacios, nos muestra la realidad con una simpleza extrema, demostrándola en la claridad que nunca pierde la palma de nuestra mano.      

La sierra de la Palera se alinea con la carretera que va al pantano de Alfonso XIII, a partir del paraje del Puerto Chico. Llegando al estrechamiento rocoso que protege un sólido puente, se supera un pequeño desfiladero, por donde se interna la citada carretera. Se pasa por el  cruce del pantano del Cárcabo, y pronto aparece a la derecha la cresta de la sierra, a partir del cruce de pistas forestales; la que viene de los Losares y la que va hacia el aljibe del Almorchón.



Ascendiendo por el asfalto, vemos como esa cresta aumenta, tomando la apariencia de un gigantesco camaleón, todavía en el término municipal de Cieza. Cuando se remonta el puerto, justo cuando empieza a descender el primer tramo de carretera hacia el embalse, se pasa al término municipal de Calasparra. 



Una vieja casa casi derruida, que aún conserva su horno y su aljibe marca esa divisoria, siempre imaginaria, que solo sirve para dibujarse en los mapas. Dicha construcción está rodeada de los restos de aquellas hermosas paleras que daban abundantes higos chumbos, ejemplares que murieron con la voraz plaga de la cochinilla, que las asoló.




Los altos paredones de la sierra dominan el paisaje, encumbrándose en la señal topográfica que la corona, dominando una enorme extensión de tierra. Se puede alcanzar la cuerda de la sierra, subiendo por uno de los delgados (pequeños collados) por la parte ciezana, y desde allí alcanzar la llave de sus alturas. También se puede subir a la señal y su entorno por la senda que parte frente a las casas de la administración del pantano, un trayecto empinado y severo que sin embargo nos premia con vistas cada vez más impresionantes de la sierra del Molino, las aguas del embalse del Quipar y las llanuras del Cagitán.

            © Pedro Diego Gil López



miércoles, 3 de mayo de 2017

BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO Y LOS NIÑOS DE LA CALLE


                                                                                     Rosa Campos Gómez


1. Autorretrato (h. 1670), B. E. Murillo.
Nació Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) un mes de diciembre –no se sabe el día– de hace cuatrocientos años, y murió un 3 de abril, cuando contaba sesenta y cuatro, a causa de una caída de un andamio mientras pintaba la parte superior de un retablo para una iglesia que le habían encargado. 

En los almanaques con fases lunares y santoral fue donde más de cerca conocí a las figuras que pintaba. Con el tiempo y la reiteración pasaron a serme gratamente familiares a través del papel policromado y brillante: la Inmaculada, El Buen Pastor, Sagrada Familia del pajarito... Estas imágenes también solían ilustrar los cuadros que adornaban las paredes de los cuartos de estar y de los dormitorios, y  los libros de religión. Eran efigies idealizadas y plácidas, que transmitían la serenidad que emanaba de un espacio que intuitivamente colocabas en otra dimensión, se entendiera o no de conceptos religiosos. 

Con el tiempo he tenido la suerte de apreciar la calidad y belleza de algunos de sus trabajos en directo –Museo de Bellas Artes de Sevilla y Museo del Prado–; sin embargo, y a pesar de su técnica virtuosa,  su reconocimiento -que fue grande en vida-, sufrió periodos de desprestigio generados por las abundantes malas copias -con firma falsificada incluida- que de sus pinturas se hicieron en siglos posteriores, y por asociar su producción sólo a una pintura que calificaban de dulzona y pía, visión  reducida  que resta valor a toda la obra en su conjunto, ya que nos legó una constatable variedad de géneros, en cuyas representaciones podemos observar cómo un naturalismo que abre las puertas al barroco, el barroco pleno –en el que más se extendió– y la apertura al rococó están vigentes según las diferentes etapas,  evidenciando una impronta partícular y magnífica.

Murillo tenía encargos de temática religiosa por doquier, porque su clientela provenía del mundo eclesial o relacionado con él, pensemos que la Contrarreforma quería impedir el avance de la Reforma protestante con imaginería religiosa, entre otros factores, por lo que estaba en auge esta iconografía; también en los hogares de las clases pudientes que podían permitírselo. Encargos que hacía con gusto porque él era un hombre creyente.
 

Mas, paralelamente, creó temas profanos, del pueblo –que descubrí mucho más tarde–, entre ellos los retratos de niños de la calle, dejándonos una expresiva documentación de otra cara de la Sevilla de aquel tiempo. Una obra de género sin precedentes en España2 hasta entonces, que inició en la década de los cuarenta del siglo XVII y que continuaría en adelante.


                            Tres muchachos                                            Niños comiendo pastel

Informándonos de la pobreza en que vivían, pero también de utensilios, de juegos de la época, y sobre todo del compañerismo, de las comidas compartidas, de las distintas maneras de sobrevivir sin que la amargura cuaje...


                                Niños comiendo melón                            Vendedora de frutas

Eran lienzos adquiridos por una clientela burguesa y extranjera –que afluía a la capital hispalense atraída por el comercio de Indias–, que se llevaban estas pinturas a Londres, Amberes, Rotterdam... Los clientes españoles no compraban estas creaciones porque estaban demasiado imbuidos en la temática eclesial, y porque no querían ver colgadas en sus paredes la veracidad social que los rodeaba –probablemente por no sentirse interpelados por ella–.

¿Por qué pintó estos temas con criaturas alegres a pesar de la situación de  menesterosidad en la que casi todos aparecen? Puede que para resarcirlos de algún modo de la cara más dura de la realidad, porque le dolía verlos tristes,  porque él supo descubrir, y reflejar, que la alegría de vivir estaba en ellos –como lo está en los que vemos en documentales, viviendo en la pobreza, lo que no les impide sonreír hasta con los ojos–. Puede que le moviera cualquiera de estos aspectos, o todos, como también sus propias experiencias, sufridas en la niñez o en la de sus hijos: quedó huérfano de padre a los 9 años y de madre a los 10; de los 9 o más hijos3 que tuvo sólo le sobrevivieron 4, y aunque pronto alcanzó bonanza económica –llegó a ser el pintor más cotizado de la capital sevillana, con clientes en dentro y fuera de la península– sabía de las dificultades que se presentaban en la vida y mirar hacia lo significativo, eligiendo la mejor cara de ella para darle forma.

Recordemos que en la España en que vivió y sobre todo en su tierra, confluyeron algunas tragedias: la terrible epidemia de peste4 que causó una alta mortandad, dejando a muchos niños sin padres ni familia; el declive, imparable en la zona, del comercio de Indias; y los impuestos recaudatorios que se destinaban a contiendas bélicas.  Cuestiones encadenadas que articulaban la precariedad social que reinaba; Cervantes, con  el Quijote  y  Rinconete y Cortadillo, y Murillo, con estos cuadros  reflejaron esta veracidad que ponía al descubierto la falacia de  una realidad que querían esgrimir como próspera. 

 
Niño espulgándose
Cuando pinta el primer cuadro de esta serie, Niño espulgándose,  en el que se muestra la dureza en la que vive el chiquillo, decide cambiar el semblante en los siguientes retratos, quizá porque para las propias criaturas no era grato verse así y quizá porque pensó que a ellas les gustaría que quien los comprase los vieran con esa alegría que latía en su interior posiblemente en bastantes de las horas de sus días. 

                Niño asomado ala ventana                              Muchacha con moneda
Son representaciones, en las que a pesar de la pobreza de sus vestimentas, lo que destaca es eso con lo que genialmente sabe dotarles: una vitalidad explícita, donde la gracia y la belleza nos llegan y contagian.

                  Niños jugando a la pelota                       Niños jugando a los dados



                                Muchacha con flores                                   Niño con perro


Notas

    1. El Autorretrato lo pintó por encargo de sus hijos (lo que demuestra que era un padre querido). En él utiliza todos los recursos ilusionistas, como eltrampantojo, consiguiendo un cuadro dentro de un cuadro. La mano posada en el marco le confiere un aspecto de tercera dimensión palpable; en la mesa que lo sostiene encontramos representados los instrumentos del dibujo  a un lado y de la pintura al otro, resolviendo en equidad la querella existente en aquellos años entre los que defendían la supremacía de una técnica frente a la otra, arguyendo pictóricamente que dibujo y color eran imprescindibles. Murillo dominaba ambas  técnicas por igual. Quiso dejar una imagen de un hombre que estaba orgulloso de su oficio, del que conocía sus secretos (a la vista está que dominaba ambas técnicas), con vestimenta digna, aunque sin alardes, retratándose como quería ser recordado, como un buen profesional del arte.
Este óleo fue llevado a Amberes en 1682 para que hicieran un grabado con su imagen.

 2.   Es probable que no conociera El patizambo (1642), de José de Ribera, que residía entonces en Nápoles, y, en todo caso, cabe destacar que el carácter más agudo, casi lacerante de esta (gran) obra, difiere de la de Murillo.

 3.   El número de hijos que tuvo oscila entre 9 y 14 hijos, según diferentes textos consultados. Su mujer Beatriz Cabrera Villalobos murió en 1663, de sobreparto, cuando hacía 18 años que se casaron y sólo sobrevivían 4 hijos de los que el matrimonio tuvo. Ese mismo año, Murillo abandonó la dirección de la Academia de Dibujo de Sevilla, institución que fundó en enerode1660, junto con Francisco Herrera el Mozo, con quién compartía también dirección.

 4.   La peste bubónica devastó la ciudad en 1648-49, llevándose por delante a unas 60.000 personas, reduciendo a poco más de la mitad el número de sus habitantes.


© Rosa Campos Gómez