domingo, 19 de febrero de 2017

LA PIEDRA DEL RELOJ




 Pedro Diego Gil López

La soledad empieza en la piedra, en su áspera dureza, soporte donde todo se apoya, y desde su naturaleza se expande en las ondas que provoca la caída de una simple gota de agua, surgida del vapor condensado en la frialdad de la noche de los tiempos, y que va calando hasta la profundidad de la tierra.   
                                 

Estoy en otro de estos lugares desiertos que recorro tan a menudo yo solo, esos que me recorren a mí también por dentro, que penetran por mis ojos y se sumergen en mí mismo. Mientras, a la vez, el polvo y el polen que segrega este entorno se pegan a mi piel, se mezclan con el leve sudor, me embadurnan hasta que una adaptación mental hace que me convierta en inmune a la soledad. El silencio es extremo, agradable y sentido. 

Andando, paso a danzar sobre los hilos que el Sol dispone sobre la vegetación, de puntillas casi, eligiendo caminos etéreos. Mi cuerpo funciona utilizando los sentidos como si acabaran de nacer y no tuvieran todavía ninguna experiencia, iniciándome en la plenitud de los espacios. Esto ocurre hasta que encuentro el horizonte, ese maestro que me hace volver a la realidad, obligándome con un sinfín de propuestas a agotar la capacidad de mi vista, ahogándola entre sierras agrestes, más allá de un lánguido paisaje enternecido por estar inhabitado, por ser como un mundo aparte, sujeto en otro clima y bajo otra clase de atmósfera.
 

A veces llego hasta crestas cuyas rocas lo hieren todo, apuntan al cielo, erguidas sobre los pliegues de sus pedestales, reflejan como espejos calcáreos la crudeza del entorno y como piedras mágicas trasmutan a engendros casi vivos, que se mueven cuando bailan sus perfiles y cuando marcan el tiempo con sus agujas de sombra sobre en el reloj de la piedra.  

Estas localidades que me hacen ser su prisionero, que me llevan y me traen por sus caminos, y me bambolean con sus vientos, o bien me dejan sentir sus seísmos como un fenómeno localizado solo bajo mis pies, o son los que me liberan el pensamiento, dando de sí un hogar fabuloso. Estos lugares que silban, que cacarean, que murmullan para que yo lo agradezca y sueñe, para que ande y llegue a donde no podría llegar de otra manera. Ellos son lo que me pagan con extrañas monedas, con caracolas vivas,                           
 
  con cuerpos de sapos indefensos 

 


o con piedras de apariencia de caprichosa.   

Me adentro en un espacio rodeado de un atochar denso, oliendo a monte, persuadido de que estar aquí supone entrar en contacto con una naturaleza precisa y exigente. Y así sé en qué lugar estoy. Me veo en la curva de este camino, bajando una vaguada cualquiera, pisando el barro que bordea un charco más. ¿Pero podría encontrarme a mí mismo?... ¿Podría saber que soy yo el que avanza, el que siente y se diluye con la vista en la calina de la tarde, o se recrea con un arco iris fabuloso?... Sí, puedo decir que soy yo, que estoy perdido y que no hay nadie que pueda encontrarme ahora mismo.                                                               



Me pierdo durante horas, en un desplazamiento que llega mucho más lejos con la mente que con el cuerpo, apenas dos barrancos, apenas varias laderas, no mucho más de tres kilómetros agrestes, sin embargo cómo ha viajado mi mente, cómo ha planeado por los cielos, cómo ha incidido en el mundo y cómo ha profundizado en mis recuerdos. Todo se queda en nada, eso no tiene solución, hay que convertirlo todo en una simple divagación honrosa, feliz. 
 
Andar, solo andar, solo un solo paisaje desierto es necesario para volar, incidir, generar y mortificarse, pero para lo que más utilizo su plenitud es para olvidar, o para ordenar recuerdos, mejor dicho; para establecer un orden en el pasado, y almacenar el compendio de emociones que se encasillan en apartados concretos, estructurando nuestra memoria como una grata biblioteca, silenciosa y pulcra, donde los estantes de libros están ordenados magistralmente. 

La Piedra del Reloj como paraje pétreo, solitario, profundo, está en una sierra aislada de las demás sierras, en medio de una extensión medular, bajo un cielo aplastante tan duro como la misma costra pétrea.  La soledad que se genera es un desierto de formas cortantes y azuladas en todas direcciones, entre raquíticos pinos, sabinas deshojadas y aceitosos lentiscos. Todo lo que se ve, está atado a la ficción de un imaginativo topónimo, Rellená, que define superficies que se interponen entre la luz del tiempo y la sombra de la tierra.


 Las simas son aquí orificios nasales por los cuales respiran cetáceos de piedra, cuyos esqueletos se hubieran fosilizado, perdiendo la grasienta carne de sus naturalezas para cambiarla por la materia inerte que constituye la roca caliza. A través de estas cavidades de extrema verticalidad, se accede a un submundo desierto, asfixiante y severo, solo digno del intrépido, del aventurero espeleólogo que se deja caer en tales profundidades, colgado de un hilo guía como una gran araña capaz de formar esa trampa donde capturar a la mismísima soledad para hacerla compañera, amiga y señora.   
        

La Piedra del Reloj da nombre a una delimitación rocosa de la Sierra de Benis, que aparece también en los mapas como Peña del Reloj, en la cual se explotaron canteras de mármol,
 

frente a la ladera que alberga la sima del Viento, cerca del otro paraje de la Rellená, que se extiende en una altura plana cubierta por un denso pinar, con un sotobosque de sabinas, chaparras y lentiscos, una vegetación reseca, donde medran piaras de jabalís que asaltan por las noches los almendros de la vecina finca de Casa Blanca, al otro lado de la rambla del Moro, o arrasan los sembrados del Ringondango y de la otra finca, que también le da nombre su casa, la Casa de las Monjas. A la zona se puede acceder desde Cieza, llegando a Ascoy y tomando la carretera que va hacia la Carrasquilla, una vez pasada la central de bombeo de la Comunidad de Regantes de Ascoy, se coge la pista forestal que va bordeando la sierra de Benis hasta el linde con Jumilla, hasta encontrar un tramo que asciende a la citada sierra, por el cual atravesaremos los parajes descritos.

        © Pedro Diego Gil López



viernes, 17 de febrero de 2017

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER, DONDE HABITE LA POESÍA



Jesús A. Salmerón Giménez


Tal día como hoy de 1836 nacía el gran escritor sevillano Gustavo Adolfo Bécquer. A modo de pequeño homenaje al poeta romántico, dejo aquí un breve pero hermoso, y hondo, texto, perteneciente a la obra Juan de Mairena de Antonio Machado:


"La poesía de Bécquer —sigue hablando Mairena a sus alumnos —, tan clara y transparente, donde todo parece escrito para ser entendido, tiene su encanto, sin embargo, al margen de la lógica. Es palabra en el tiempo, el tiempo psíquico irreversible, en el cual nada se infiere ni se deduce. En su discurso rige un principio de contradicción propiamente dicho: sí, pero no; volverán, pero no volverán. ¡Qué lejos estamos, en el alma de Bécquer, de esa terrible máquina de silogismos que funciona bajo la espesa y enmarañada imaginería de aquellos ilustres barrocos de su tierra! ¿Un sevillano Bécquer? Sí; pero a la manera de Velázquez, enjaulador, encantador del tiempo. Ya hablaremos de eso otro día. Recordemos hoy a Gustavo Adolfo, el de las rimas pobres, la asonancia indefinida y los cuatro verbos por cada adjetivo definidor. Alguien ha dicho, con indudable acierto: “Bécquer, un acordeón tocado por un ángel.” Conforme: el ángel de la verdadera poesía".

...Y un maravilloso poema, la rima LXVI, del gran poeta romántico del siglo XIX, en el que, en una espléndida reflexión sobre el destino del hombre, Bécquer se pregunta acerca de dónde venimos y a dónde vamos... y concluye, dolorosamente, que nuestro destino es la nada, la abrumadora nada, donde habita el olvido:

¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero
de los senderos busca;
las huellas de unos pies ensangrentados
sobre la roca dura;
los despojos de un alma hecha jirones
en las zarzas agudas,
te dirán el camino
que conduce a mi cuna.

¿Adónde voy? El más sombrío y triste
de los páramos cruza,
valle de eternas nieves y de eternas
melancólicas brumas;
en donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.

(Cien años después, frente al pelotón del exilio, otro poeta sevillano, habría de recordar el prodigioso verso “Donde habite el olvido”, y lo ascendería a titulo de otro excelente, y desgarrador, poema...Y medio siglo más tarde, nuestro cantautor de cabecera, el gran Joaquín Sabina, en su disco  "19 días y 500 noches”, se sirve del verso inicial de Bécquer y del poema de Cernuda para llevarlo al terreno de la canción popular)

DONDE HABITE EL OLVIDO, de Luis Cernuda.

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.



DONDE HABITA EL OLVIDO, de Joaquín Sabina

Cuando se despertó,
No recordaba nada
De la noche anterior,
demasiadas cervezas,
Dijo, al ver mi cabeza,
Al lado de la suya, en la almohada...
Y la besé otra vez,
Pero ya no era ayer,
Sino mañana.
Y un insolente sol,
Como un ladrón, entró
Por la ventana.
El día que llegó
Tenía ojeras malvas
Y barro en el tacón,
Desnudos, pero extraños,
Nos vio, roto el engaño
De la noche, la cruda luz del alba.
Era la hora de huir
Y se fue, sin decir:
llámame un día.
Desde el balcón, la vi
Perderse, en el trajín
De la gran vía.
Y la vida siguió,
Como siguen las cosas que no
Tienen mucho sentido,
Una vez me contó,
Un amigo común, que la vio
Donde habita el olvido. 



 © Jesús A. Salmerón Giménez